"Espinete, ¿te vienes a la panadería de Chema?"
Don Pimpón, 1985


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1/14/2026

La última performance de Pili Grossa

Hace unas semanas mi prima Pili Grossa compró una camisa hipster en una tienda de segunda mano y primera calidad en Almagro, Ciudad Real. El hombre de la tienda le aseguró que había pertenecido a su abuelo, y de ahí la etiqueta vintage. La convenció, y el primer día que se la puso observó que la gente la rehuía. Descubrimos que los sobacos de la camisa olían a rayo cósmico, más bien a sobaco de hace setenta años. La lavó con Norit, Ariel, Ecogel, Kalia, lejía y gasolina, pero el olor era más resistente que Putin, y decidió cortar ambas áreas sobaquiles en redondo. La camisa era lo más y se negaba a renunciar a ella. Y menos cuando había pagado 120 euros por la pieza. 

Pili Grossa con su camisa
demodé, marcando tendencia
Quedaron dos agujeros enormes que dejaban sus delicadas axilas al aire y le daban una libertad desconocida hasta entonces. Como está de moda el matojo, optó por dejar de depilarse aprovechando el espacio bajo el ala y aquellas matas sobresaliendo al ritmo al que se movían sus brazos comenzaron a crear tendencia y ahora tienen más que protagonismo en la noche de Malasaña y Lavapiés. Camisas recortadas con cabelleras sobresaliendo por todas partes. La gente no sabe de dónde ha salido la idea, algunos se la atribuyen, cuentan historias en redes... pero la realidad os la acabo de contar. Pili Grossa siempre marca tendencia.

9/17/2024

Mentiras arriesgadas o el retorno al pueblo de Pili Grossa

Ayer, mientras nos hacíamos la pedicura mutuamente, mi prima Pili Grossa filosofaba sobre el peligro de las mentiras, aun cuando son bienintencionadas. "Sin ir más lejos", me decía, "un vendedor de artilugios de cocina a domicilio con el que había flirteado me llamó después de ocho meses de venderme un cortacanapés eléctrico, y me ofreció una cita de 4 de la tarde a 10 de la noche."
Pili ni siquiera recordaba su rostro "solo algunas pecas traviesas", me dijo, y el hecho de que andaba liada con un polémico crítico cultural le hizo pensarse si quedar con él o no. "Como seis horas me parecían too much, le dije que lo ajustábamos a treinta minutens porque estaba viviendo ahora con mi tía Reme, la del pueblo. En el propio pueblo. Aunque tú y yo sabemos que nunca he salido de esta ciudad". Le propuso quedar a tomar una horchata junto a la estación de autobuses (que Pili no había utilizado en la vida) para volverse luego al pueblo que no existía. A cuidar a la Reme. Que tampoco. 
La conversación en torno a estas trolas se desarrolló de la siguiente manera:

Pili y el vendedor de utensilios durante la conversación en torno
a las trolas, donde Pili se cambia de modelo y peluca varias veces
Vendedor: Te llevaré luego al pueblo.
Pili: No, si está lejísimos.
Vendedor: No tengo nada que hacer.
Pili: Yo sí. Acostar a mi tía.
Vendedor: La acostamos juntos.
Pili: Debo ir en bus.
Vendedor: Soy tu chófer.
Pili: (en el pensamiento: tú lo flipas) Debo usar el abono, que caduca.
Vendedor: Lo renovamos.
Pili: Una horchata y ya otro día, si eso.
Vendedor: Como veas.
Pili: Cristalino como el agua. Media horita.
Vendedor: Ya veremos...
Se encontraron en la horchatería. El tipo casi se cae de culo al ver su bronceado y Pili se llevó una grata sorpresa. Era fornido y decía disparates sin parar, justamente su tipo. Hicieron gárgaras y se metieron pajitas por las narices al estilo gilipollas, practicaron el moonwalker recordando la infancia y hasta hicieron el "ay que sí, que no, que síiiiii" al ir a darle el dinero al camarero por las horchatas.
Por principios y más bien por ocultar su trola inicial, Pili se despidió fastidiosa para irse al bus. Él insistió con lo de llevarla al pueblo, pero ella, que no. (¡A dónde iba a llevarla!) "Pues te acompaño al autobús". Pili dudó si confesar que no había ni pueblo ni tía, pero su orgullo la hizo continuar hacia la plataforma cuatro, por decantarse por una. 
Paco y Pili, despidiéndose de modo informal
en la Estación de Autobuses de Moncloa

El cielete vendedor no se le despegaba "¿Es ese?", la preguntó, y ella asintió sin más. VILLAMANRIQUE DE TAJO. "Ese es, tú vete, que ya me subo yo". "Quiero decirte adiós y verte ir. Es romántico". Tenía una sonrisa encantadora, por algo le compró el cortacanapés en su día, que era un churro. 
Pili quería volver a verle, así que  siguió con el teatro por no quedar mal y tuvo que subirse al bus hacia Villamanrique, pagar cinco con diez, y ponerse en la ventana para que Paco la viese bien. 
El bus arrancó y ella mantenía una sonrisa de Gioconda que encerraba tacos muy fuertes y preguntas como "¿qué cojones hago aquí? o ¿Seré gilip...?"

5/24/2024

El galán de noche

 Hace pocos días Darío Pinneaple hizo una reseña apoteósica sobre una película titulada El galán de noche que me dejó entre hacerme acordeonista callejera o ver la peli chutada de calmantes y escondida detrás del sofá. Le telefoneé de inmediato, y estas son las frescas que intercambiamos:

-Darío, soy Mina.

-¿De lápiz?

-Siempre haces la misma gracia.

-Hola, mamuasel.

-He visto tu reseña.

-¿Por la calle? ¿La saludaste?

Silencio de mi parte, risitas comprimidas por parte de Darío.

-Me dejas de piedra. ¿Es tan chunga?

-Yo no he dicho eso. He dicho que deseaba que acabase desde el minuto 28, lo cual es en realidad lo mejor que podría ofrecer una película, hacía siglos que ninguna peli me producía emoción alguna.

-Ya... pero la emoción no era buena.

-Es la mejor película del mundo precisamente por eso, al menos sentí algo. Es diferente a todas. Me tenía absorbido y aterrado, me produjo picor en la nariz y en el bajo vientre.

-No sé cómo interpretar eso. No la veo, que paso miedo. 

-No es de miedo, solo desconcierto y sensación de carraspera. 

-Que no me la veo.

-Es más bien una peli angustiosa con poderes hipnóticos, te replanteas tu vida y la del vecino del quinto en cuanto acaba.

-Darío, basta. Quiero ir a ver la peli de los Planetas, si eso.

-Ni muerto me metes a esa. Yo recomiendo ver El galán de noche. Es lo mejor que he visto en el cine.

-¡Pero si la has visto en tu casa!

-Mejor me lo pones. El hecho de no tener galán de noche y contrastar mi casa con la de la peli, ese vacío junto a mi cama, llega a provocarme alucinaciones y me pregunto cómo he sobrevivido hasta ahora sin tener un lugar donde exponer mi ropa, usada o elegida para el día siguiente. Además, desde que la he visto, metabolizo mejor los guisantes. 

-Mira, tío, no me gustan los galanes de noche, mi abuelo tenía uno y una vez lo metió en la cama con mi abuela para que pensase que seguía ahí mientras visitaba a la del tercero...

-Se han tratado temas parecidos, pero nunca el suceso inhóspito de El galán de noche. Es una cinta con la que llegas a sentir lo que podría pasarte sin que te pase nunca nada. Es que no te puedo contar más, que te desvelo la cosa en sí, que es lo más eso que nunca tal.

-Creo que voy a escribir sobre esto, Darío, empiezas a darme miedo. 

-Si eres honesta contigo misma, deberías ver la peli primero. Y por supuesto, te prohíbo que me cites en tu escrito. Si quieres una cita, eso es otra cosa. Podemos quedar para ver la peli. Solo tienes que verla, aunque no quiero estar relacionado si te causa un trauma de por vida, Eres tan maja, que sería una pena...

-Pero, ¿cómo puedes ser tan plasta?

-¡Pero si me has preguntado tú! No voy diciéndole a todo el mundo que es un filme agónico inexplicable, mucho menos que la vean si no están preparados. Hay casos de gente que ha muerto viendo un filme.

-Claro, Boris Vian, sin ir más lejos. Hicieron una peli sobre su libro Escupiré sobre vuestras tumbas sin tener en cuenta su parecer, y el pobre la cascó viendo proyectada aquella bazofia. ¡Y yo nunca veré El galán de noche, Pineapple, me niego absolutamente!

Darío Pinneaple esperando junto al Kebap,
haciendo alarde del título de su nuevo filme favorito
-Nadie debería cerrarse a sentir, y eso es lo que haces, Mina, cerrarte a abrir esa puerta que te ofrece El galán de noche y ver qué pasa. Puede que todo siga igual, puede que te conviertas en una ortiga, que te salgan pezuñas, o que no puedas volver a pegar ojo hasta los sesenta y tres. Ahí está la gracia

-Lo más parecido a un galán de noche que conozco eres tú, Darío, ya tengo bastante con eso. Creo que te debo una pizza o un kebap. Déjate de rollos.

Quedamos en la pizzería-kebap de la esquina y lo único que pudo frenar la incontinencia verbal de aquel auténtico galán de noche fue un atragantamiento y el rapapolvo de la trabajadora del SAMUR, que le recomendó no hablar al comer, ni siquiera sobre aquella película de culto que también ella conocía.



3/22/2024

Cartelera cultural: El largo viaje a Bordó

Título: El largo viaje a Bordó
Género: Histeria
Duración: el largo viaje
Director: Jesús Calleja
Idioma: español con subtítulos cuando habla gente local
Reparto: El mismo elenco que en La Casa de Papel
Banda sonora: Day tripper
Productora: S-ALSA

Rhonda y Klaus se conocen en la performance de un famoso performer y terminan performando juntos en una cama de 1'90. El encuentro los sume en una nebulosa de enamoramiento y se lanzan a ir de viaje a Burdeos en el puente de la Almudena. Sin embargo, Klaus pone una difícil condición: pronunciar Bordeaux como los franceses, es decir, "Bordó". Este duro reto no lo consiguen hasta el puente de mayo, porque Rhonda tiene dificultades con los idiomas y Klaus tiene frenillo en la lengua. 

El 1 de mayo a las 7 de la mañana cogen un autobús a Donosti que llega a su destino a las 8 de la tarde, después de parar en todas las gasolineras, pueblos y capitales de provincia del país. Rhonda está desfallecida pero Klaus la anima diciendo que quedan solo tres horas de camino y que a las 11 de la noche estarán performando en su apartahotel de Bordó. 

Rhonda y Klaus, en el primer área de servicio
a 1 km de San Sebastián, ignorantes de lo que se
les venía encima

La ilusión se desvanece cuando suben al nuevo autocar y descubren pegatinas del mundial 82 aún pegadas en las ventanas, asientos rajados de hace cien años, y olor máximo a humanidad. La carraca parte de la estación de autobuses y kilómetro y medio más allá se detiene a repostar en un área de servicio. "ARRETE" dice el conductor tan contento, indicando que se bajen todos a cenar. Los pasajeros bajan sin dar crédito y abren las tarteras a regañadientes. Dos hipsters pamplonicas se acercan a los protagonistas para felicitarles por su atractivo y confiesan que se apearán en Bayona. Klaus se  burla preguntándoles por qué no han ido directamente desde Pamplona, y ellos tienen que confesar que haciendo aquel cambio en Donosti ahorraban 7 euros. Rhonda pellizca a Klaus en la nariz por su arrogancia y su relación peligra durante unos minutos de película, hasta que vuelven al autobús y se reconcilian, acurrucándose entre niños que berrean y abuelas que reparten cuscús. 

Al rato, el autobús hace parada en un pueblo vascofrancés, Rillete de Goritzia, donde queda atascado en una callejuela del casco urbano. Varios tipos con chapela francesa salen a reconducir el vehículo, desmontando a pelo, para ello, parte de la carcasa delantera de 1986, que se queda de recuerdo en el pueblo. Tan campante, el bus destartalado parte de nuevo, para llegar a las dos de la madrugada a Bayona. Varias personas aplauden y los navarros bajan desesperados y besan el suelo, como el Papa. Klaus aún es capaz de soltarles alguna mofa por torpes y uno de los hipsters se venga, gritándole "hemos dicho antes que erais atractivos, pero la verdad es que solo lo es ella". Klaus se queda descompuesto y deja que Rhonda le consuele prometiéndole performances novedosas a su llegada a Bordó.

Rhonda y Klaus, aterrorizados en el
autobús del infierno,  pintados con acuarela
por el pasajero de delante
Cuando parece que ya solo queda ponerle música a un final redondo, el conductor del bus es incapaz de salir de Bayona, y vaga por sus calles tratando de encontrar la salida, generándose una nueva escena terrorífica: tira por un sendero que se estrecha y el bus vuelve a quedar atrapado en mitad de un enorme y frondoso bosque francés. Una mujer libanesa llama a sus papás para despedirse, dos hombres tratan de cargarse al conductor, los bebés -hay varios- vomitan al mismo tiempo. Rhonda y Klaus solo le dan al amor. Varias pasajeras vascuences bajan a resolver el tema, y acaban desmontando la carcasa trasera, lo que les da una nueva oportunidad de salir de allí. 

La escena final es la de un autobús con el aspecto de un amasijo de hierros llegando a Bordó a las siete de la mañana, lleno de gente deshidratada y en pánico. En los créditos finales, escenas de los navarros enrollándose en los parques de Bayona, Rhonda y Klaus teniendo un accidente de bicicletas de alquiler y performando incansablemente, la chica libanesa discutiendo con su anciano padre, el conductor siendo llevado con camisa de fuerza por las autoridades, y los protagonistas de nuevo volviendo, esta vez en avión, a la capital.

Tierna, aterradora, cansina, deshidratante y malolinete, esta película de género fluido podría quitarle la vida a cualquier enfermo del corazón.

3/09/2024

La cita circular con Stuart Wilson, el queso irlandés

Stuart, el queso irlandés, en COU
 Hace unas semanas contacté con Stuart Wilson. Mi prima Pili Grossa me dijo que había vuelto al país para dedicarse a criar ovejas y que estaba viviendo en Almagro, Ciudad Real. Stuart se puso contentísimo con mi llamada y me pidió que fuera a pasar el día al campo con él porque no podía dejar solas a sus ovejas. Claramente aquello era una cita porque, desde que vino a estudiar COU de intercambio hace veinte años, siempre nos habíamos gustado.

Me acicalé como nunca, recordando que le llamábamos "el queso irlandés" porque era apuesto y pelirrojo, aunque ambos adjetivos en principio sean opuestos, y me subí al tren de la mañana. El AVE iba lleno de gente dando palmas y armando barullo pero, al bajar en Ciudad Real, no había un alma ni una voz. Solo un tipo barbudo y cascado en un banco, con una enorme sudadera y pantalón de pana que no pegaban ni con cola. Al verme, dio un salto hasta mí. "¡Mina, Mina, Mina!" Pues parecía que era él, y me achuchó con desesperación. Me montó en una vieja vespino para irnos a sus tierras en Almagro, sin cascos ni nada, y, mientras me mantenía abrazada a él, busqué como loca en su cabellera castaña y canosa algún resquicio de pelo rojo, o alguna peca en su piel madura. Ni rastro. Solo su naricilla respingona me daba la pista de que era Stuart Wilson, el queso irlandés. 

Stuart en 2024, en la estación
de Ciudad Real

Después de una hora de paseo con sus ovejitas, que a penas nos permitían avanzar porque Stu les daba "chuches para perros" a cada paso, y ellas se lo sabían, nos fuimos a tomar algo a la plaza del pueblo. Mientras me contaba teorías sobre engordar a las merinas para sacar más lana, yo seguía buscando al viejo joven Stu entre la barba y el atuendo, y me daba cuenta de que oírle hablar me daba dolor de cabeza. Me agobié pensando que no tenía escapatoria y, sin saber cómo, me puse el móvil en el regazo y le envié este mensaje: 

ESTOY CON UNA CITA EN TU PUEBLO. RESCÁTAME. 

Al segundo se oyó un pitidito en su móvil y paró el monólogo, girándose para mirar disimuladamente y leer el mensaje que yo acababa de mandarle. "Me vas a perdonar, Mina, pero tengo que ir a socorrer a una amiga que está en apuros. Gracias por venir". Y se largó con viento fresco en su moto de pacotilla. Yo tuve el descaro de decirme en alto "qué sinvergüenza".


Al rato llegó él de nuevo, peinado para atrás, con la barba recortada y oliendo a jabón de Marsella, con otro atuendo más atinado. Abrió los brazos, nos besamos y me preguntó qué hacía allí. "No sabes bien, he quedado con un antiguo compi de instituto, uno que vino de intercambio. Desmejorado a tope, no callaba, y ahora le ha dado por ser pastor..." Comenzamos a recordar los tiempos del instituto y me llevó a un parque muy bonito y me contó que iba a clases de claqué. Trató de hacerme un pasito allí mismo, y al repiquetear los pies contra el suelo, se hizo un lío y se cayó de bruces. Tuve que levantarle con ayuda de dos mujeres de Cáritas que estaban con la hucha. Aquello fue demasiado y no me quedó otra que ponerle otro mensaje de socorro. Él lo miró a escondidas y se largó de nuevo para volver vestido de escalador, con bigote. Le conté todo lo ocurrido y me llevó al monte, donde me enseñó a hacer los nudos de escalada más importantes y cómo ponerme los pies de gato. A la media hora me dolía la cabeza con tanta teoría e hice de nuevo la jugada. Y otra. Y otra más. Él apareció vestido de hombre de negocios, en otra ocasión me presentó a su abuela, y en otra se plantó allí con un autocar lleno de jubilados. Consiguió aburrirme todas las veces y al final tuve que llamar al panadero de debajo de casa y decirle que me sacara de Almagro y de la provincia de Ciudad Real. Aquella cita circular me afectó seriamente porque el Stu de mis sueños era claramente el de mis sueños, y aquel Stu y todas sus versiones, no. Y el panadero, aunque se lo curró aquel día, tampoco. 

Stu, en su última versión,
como conductor de autocares Julià

2/29/2024

La misteriosa postal de Samantha Fox



 El otro día recordé con emoción que tengo un buzón para el correo, y fui directa a abrirlo impacientemente. Tenía la corazonada de que podría encontrar algo más interesante que publicidad de audífonos o de croquetas rellenas de pizza. Y la verdad es que me llevé varias sorpresas. 

La carísima muestra de crema
"Cutis de Ángel"
Por un lado, había unas muestras de crema milagrosa "Cutis de ángel" (emplearé otro post para relatar las consecuencias de impregnar tu piel con algo que tiene el aspecto de caca de ave). También había una factura del teléfono fijo, de 2017, que ha quedado súper vintage enmarcado en la pared de la entrada. Por último, me esperaba una postal muy atrevida de Samantha Fox en 1986, pero no dirigida a mí, si no a un tal Archie Lemur, de parte de Troy Williams, de Clevaland, Ohio. La carta me subió de veras los colores y decía así: 

Querido Archie, 

hace tiempo que no sueltas prenda sobre tu vida, me pregunto qué haces, viejo zorro, en esa ciudad mexicana que has elegido para vivir, Madrid. 

Troy y Susan junto a la cabaña,
después de haber inhalado helio,
hablando como Alvin y las Ardillas
(en la foto no se aprecian las voces)

Te escribo desde Rocky Creek, donde una mujer muy ardiente me ha traído a pasar unos días. Te confieso que me metí en una de esas aplicaciones de citas sin ninguna esperanza, con esta edad que tenemos, mi calvicie, la sordera y mis problemas de próstata. Pero hicimos match y nos encontramos en el parking del Mall de mi pueblo. Desde entonces, nada la ha detenido. Tiene solo cinco años menos que yo, pero la energía de todas las jovencitas que suman su edad (tres de veinticinco). Me lleva a hacer actividades sin descanso y he vuelto a tener agujetas por todo el cuerpo. Ahora me tiene aquí, desde el viernes pasado, en su cabaña de Rocky Creek, y hemos hecho cosas que pensé que no volvería a hacer en esta vida (inhalar helio, fumarnos un canuto y ya sabes qué... ¡Sí, ya lo sabes, viejo zorro amigo mío!)

Espero que me libere para participar en el campeonato de brisca canadiense del pueblo y encontrarme allí contigo si te animas a cruzar el charco para la ocasión. También está clarísimo que puedo morir entre tanto mambo number five, pero si muero, lo haré con una fina sonrisa de felicidad. 

Te quiere, 

Troy

Creo que la postal es de hace tiempo. No tengo ni idea de cómo llegó a parar en mi buzón, pero es lo más auténtico que ha caído en mis manos últimamente, entre tanta enajenación digital. Estoy tentada de escribir a Troy para curiosear, pero el panadero de abajo opina que no debo entrometerme. 

8/31/2023

La dentadura estival de Agatha Christie

Nativos de Mirroque peleando por llevar mis maletas
Hace unos días estuve a Mirroque de Mar, donde pude volver a sudar como un pollo almidonado y bañarme en agua caldosa como sopa de ese mismísimo pollo. Qué agradable sensación volver allí, lejos de mi rutina como negra literaria a tiempo parcial. Llegué en el autobús de la mañana y varios jóvenes nativos se abalanzaron a ayudarme con la maleta, haciéndome sentir como si tuviese quince años menos. En seguida descubrí que se trataba de simples taxistas del pueblo que querían sacarme la pasta. Eché a rodar cuesta abajo a pie, camino de la pensión Mimbrerroque II, en cuarta línea de playa. Iba tan asfixiada por el camino que algunos pequeños gritaban desde sus frescos balcones: "¡Un pollastre andando al caloret!" 

Llegué a la pensión, dejé la bolsa sobre la cama de mimbre y bajé a refrescarme al patio-bar, donde una mujer bella, mayor, teñida y algo pícara, parecía esperarme providencialmente. "Aló" susurró, echando humo de un pitillo allongé. "Soy Mina" le dije, "¿Mina Patuco?" respondió. Asentí y arqueó las cejas, yo mostré sorpresa y ella suspicacia, luego yo curiosidad y a continuación, ella misterio. "¡Déja ya el diálogo facial, por Dios!" la espeté, "¿se puede saber quién eres?" "Me llamo Agatha Christie" Por supuesto, Agatha mentía. Como mucho, se llamaba Asun, pero no la quise contrariar.


En tan solo varias horas de la tarde, me habló de su vida de artista no definida, y de cómo había llegado hasta Mirroque, tratando de sacar adelante un gran proyecto. "¿Cuál?" le pregunté, y me contestó que no podía explicarlo, dadas las dimensiones del mismo. "Es tan grande, que no se puede expresar con palabras". El misterio la rodeaba, pero era divertida y cada vez que yo soltaba una gracia se tapaba la boca como una japonesa, como si practicase una timidez que os aseguro no ejercía de ninguna otra forma. "Soy la reencarnación de Patti Smith" me dijo. "Pero si está viva" le aclaré. Y se tronchaba de nuevo a la japonesa.

El vendedor de sandías
vasco despidiéndose con
un acalorado agur
Aturdida por tanta conversación me fui hacia la playa. Por el camino, compré media sandía a un nativo, solo porque era el tipo más atractivo que había visto en mi vida y le habría comprado chocolate caliente a cuarenta grados si me lo hubiese ofrecido. "No te engañes" susurró una voz a mi lado que reconocí casi enseguida. Era Agatha Christie, a la que había dejado hacía diez minutos en el hostal. Su cara hipermaquillada me desató el hipo. "Ese chico parece nativo, pero es solo uno de esos vascos que vienen buscando el caloret". Volvió a reír traviesamente y a taparse la boca a su modo japonesil. Al alejarnos, miré de nuevo al vasco, tratando de encontrar alguna pista que confirmara aquella información, y ciertamente aquellas cejas y su enorme nariz, así como un bucólico "agur" lo hicieron ipso facto. 



Agatha después de ser
abofeteada por una ola
Llegamos a la playa con la sandía, y Agatha tardó cinco segundos en quedarse en monokini y hacerme ver que las mujeres, a los 45, aún tienen cuerpos atractivos. Yo parecía una ternera blanca y blanda a su lado, así que corrí a esconderme en el mar, seguida de la artista pureta. "Podemos jugar a Marco Polo pero con mi nombre" me dijo. Aquello fue el colmo del descaro, pero acepté y pasamos la siguiente media hora con el "¡Agatha!" "¡Christie!" a ojos cerrados, a lo cucú-tras acuático, hasta que pude capturarla. Entonces, volvió a mondarse de risa, esta vez sin darle tiempo a taparse la boca porque una olaza le abofeteó la cara. Al reponerse y hablarme de pronto sobre el nuevo alcalde de Mirroque , algo en ella había cambiado.  No vocalizaba bien y descubrí que tenía varios huecos en la boca donde antes había dientes. "¡Ay, su padre, que el mar se ha llevado mis puentes!" Nos lanzamos como locas a la búsqueda de las piezas dentales, con mucho más ahínco que jugando al Marco Polo de Agatha Christie, pero sin ningún éxito. Luego le volvió la carcajada como un calambre y me dijo que su gran proyecto le cubriría aquello y mucho más, dejándome mucho más tranquila. Era fácil estar tranquila con Agatha al lado, al tiempo que era absolutamente imposible creer una sola palabra de las que salían de su sensual e incompleta boca de artista.

6/28/2023

La Perla más fuerte del mundo

Hace no más de un siglo pero sí menos de un lustro conocí, en Mirroque de Mar, a la mujer más fuerte del mundo. Era una figura colosal aunque espigada, rígida aunque tierna como un pan bimbo. A veces se echaba la mano a la frente haciendo visera y aumentaba la visión hasta varias casas más allá gracias a unos rayos cósmicos que disparaban sus ojillos verde aceituna y, si en una de esas veía a quien le parecía suficiente, gritaba: "¡perla!"

Baltasar sentado en la mecedora,
haciendo un descanso
de camino a la playa

 
Había establecido su fuerte en el porche de la casa de la playa de ciertas personas a las que había hipnotizado hacía tiempo -con esos mismos rayos cósmicos- y que la adoraban, porque les cocinaba lentejas y vainas con patatas con una frecuencia inusitada. Comía aceitunas sentada en la mecedora del porche, con una batita de flores, y comentaba la jugada de los que pasaban por allí. "Cándida, tu nieto se ha puesto de buen año", "Baltasar, que se te cae la sombrilla, ¡ay, Baltasar!, si al menos fuese ese tu verdadero nombre..."

Iba a la peluquería y se pintaba la raya antes de acostarse  porque decía que en sus sueños podía aparecer cualquiera y que a ella no iban a pillarla ni por esas. Lo mismo te gruñía que te echaba un piropo, y contaba las historias que le daba la gana sin dejar que le pudieras cortar ni media palabra. Esta vez no eran los rayos cósmicos. Es que era realmente graciosa. 

Un buen día comenzó a levitar. Al principio lo hacía sutilmente, cuando nadie la veía. Luego, algunos de sus compañeros del club de encurtidos, donde solía pasar los días previos al verano, la descubrían pegando pequeños patinazos en las alturas, y ella argumentaba que una de sus finas y fuertes piernas le dolía, y que aquello le divertía y le aliviaba el trago. Hasta que hace unos días, recién despertada, su compañera de celda la vio desdoblarse y salir disparada, dejando una nota junto a su cuerpo dormido, perfectamente peinado y maquillado. "Os dejo aquí mi armadura", decía la nota, "que ya me estaba pesando para llegar a donde quiero".

La Perla más fuerte del mundo
utilizando sus rayos, pintada por Cándida

Todas las perlas que la rodeaban sintieron un pequeño vacío, aunque menos de lo esperado, de tanto que las había llenado.

11/11/2022

CARTELERA CULTURAL: REGRESO AL PASADO

Título: Regreso al pasado
Género: acción y reacción
Duración: dos horas que se hacen doce
Director: el mismo del colegio
Idioma: español de Madriz
Reparto: Esperanza Roy, Concha Velasco y Marisa Paredes
Banda sonora: Forever young
Productora: Green, Graff, Speakeasy, Far West y Keeper. Minor producers: La Pepita

Sinopsis: Chuchi Mercader y sus compañeras de curso acuden a la reunión de 25 años del cole más pijo de la capital, temerosas de que los convocados perciban el paso del tiempo en sus rostros y figuras. Sin embargo, lo que encuentran allí actúa en ellas como un dardo regenerador sin precedentes.

El filme comienza con Carlota Hermida asomándose a la capilla del colegio y comentando “aquí no es, esto es algo del IMSERSO”. Extrañadas, Regina Paso y Chuchi meten las narices “el calvo es Josechu Alicante, me enrollé con él en tercero, y mira, Jonás Gutiérrez, nos dimos el filete a escondidas en los ejercicios espirituales de segundo”. “Son ellos” reconfirma Chuchi, “es solo que han envejecido mal”. Es un momento tensísimo y, a punto de huir a sus casas, aparece Tomás Manrique “Tomy” y las abarca a las cinco con sus brazos de seis metros “preciosaaaas”. “Está arrimando cebolleta” comenta Carlota espantada, y consiguen separarse de él como pueden.

Tomy se enrolla como las persianas y comienzan a salir de la misa nuevos yayos. Entre la marabunta, sale Matilde Risrás, la tímida de la letra C reconvertida en diosa griega, y corre hacia las chicas a refugiarse “pero en el cole no había uniforme, ¿por qué van todos igual?” Las chicas miran a su alrededor y comprueban que están rodeadas de 97 pantalones beiges, 80 chalecos de papi y 60 pares de zapatos castellanos, de los que hacen pupa (el resto, de ante). “Pero esto qué es, ¿el juego de encuentra la diferencia? ¡Pues vamos a perder!” El fotógrafo lo ve claro y decide hacer foto solo a uno de los chicos para multiplicarlo luego con Photoshop y enviarles a casa el resultado que, total, va a ser el mismo.

El rebaño se dirige al comedor, donde Joaquín Merlo hace de puerta pidiendo los 85 euros que cuesta el encuentro “ya veréis qué bufet”. Al ver a las chicas al fondo, pega un silbido “¡Eh, guapas, aquí como en los tiempos de Graf, vosotras gratis y sin esperar la cola!”

En el bufet, las viejas cocineras del cole, apesadumbradas, pasean bandejas de empanadillas Pescanova, sanjacobos, montaditos de mortadela y coliflor a la vinagreta. Al comprobar que el banquete es una estafa, Peyo Alcántara, antiguo grunge reconvertido a hípster, la lía parda venga a quejarse, y los otros tratan de reducirle y le obligan a tomarse un Lexatin “(¡sindicalista, que eres un sindicalista, ya te vale!”

Peyo Alcántara "el hípster", siendo reducido por sus
compañeros antes de liarla parda por el timo del buffet
Las chicas siguen admiradas con los estragos que ha efectuado el tiempo mientras Ruy del Monte y Ramiro Pencas se las acercan y confiesan a Lina Gaitán que siempre estuvieron enamorados de ella. Lina se finge sorprendida, aunque lo sabía desde el año de la polca y aparece Julio Calvete haciendo honor a su apellido y al muñeco de Michelín y les muestra cómo hacer un clavel con una servilleta, añadiendo que es el director de recursos humanos de ese banco francés tan oui oui. Ellas le dan la enhorabuena y aprovechan para darle a los pepinillos en vinagre y chequear sus móviles. 

El fiestón comienza a irse de madre y deciden trasladarse a Green (que ahora es un Panaria) a darlo todo a las 4 de la tarde. Al llegar, los más cascados comienzan a pegarse por los cuatro sofás, y el resto se queda de pie, fastidioso. Un hombrecillo de dientes pequeñitos a los lados saluda a las chicas, sabe sus nombres y anécdotas sin que ellas consigan recordar quién es, así que Matilde le dice “¿eres uno de los profesores?” El tipo se trinca su mojito de golpe y el de la propia Matilde, y se va haciendo el ruido de una sirena de policía, a saber por qué. 
Matilde Risrás "la Diosa" con Joaquín Merlo
hablando de cuando se enrollaron en 1994

Un hombre interesantísimo que las había intrigado toda la noche, se acerca por fin a ellas “hola tías”, les dice. Ellas le sonríen con cara de póker. “Soy Rosa Panadero, ¿os acordáis de mí?” El mejor especímen de la reunión resulta ser su amiga Rosa, reconvertida en Koldo. Aprovechan para abrazarle como locas y tocarle de arriba abajo comprobando el buen trabajo que han hecho los cirujanos y el gimnasio.

Comienza el baile y las confesiones se multiplican “que si a mí me gustabas tú, que si me lié con la profe de lengua, que si los dos tíos más pijales son pareja, que si en Nueva York robé en un supermercado…” Los que eran guapos están para ir al taller, los feos están que crujen, los gordos flacos, los flacos gordos, calvos unos cuantos, viajados a Turquía otros, pringuis interesantes, tirados que ahora son magnates, listillos a los que no hay quien aguante, los de los tics que van mucho al baño… 

El film finaliza de una forma memorable: en el bareto suena la canción de “life is life” y todos se ponen a coro como si estuviesen escuchando a los Rolling Stones y ellas, aburridas de lo de siempre y bastante pedo, huyen espantadas -con Koldo- al Burger King al grito de “porque yo lo valgo” y “Virgencita, que me quede como estoy”.

Una profunda reflexión sobre la vida y la muerte, el negocio de las ortodoncias, la inflación y los zapatos de piel.

10/26/2021

CARTELERA CULTURAL: PIERNAS ENSANGRENTADAS

Título: Piernas ensangrentadas
Género: erótico-festivo
Duración: lo que dura un kiki
Director: Rosa Lidorra y R. Gillette
Idioma: esperanto moderno
Reparto: Borja de Ante, Kati Jeritas, Tina Tural y Karra Surarte.
Guión original: Isabel Pantoja (la directora de cine, no la folclórica)
Banda sonora: Alaska y Víctor Manuel

Rosi Manrique lleva 40 años viviendo con sus padres y, tras el confinamiento, estos deciden largarse a vivir a Benidorm. Rosi no puede creer la suerte que tiene de comenzar a vivir sola tan joven y decide soltarse la melena y traer al fin un chico a casa para pasar un buen rato. 
Los padres de Rosi yendo a Benidorm
Los padres de Rosi saliendo
para Benidorm

El agraciado es Quino Aguirre, un antiguo compañero de oposición (a correos) al que de vez en cuando acompaña a entregar las cartas (ya que ella no aprobó). Rosi no se anda con rodeos y comienza una cadena de whatsapps ardientes como una bomba: "Ay que ver qué nombrecito tiene la de Arenal 14" "Ya me gustaría verte a ti si te hubiesen puesto Vanessa" "Uy, uy, las cosas que me dices, Quino" "No lo pillo" "Esta noche a mi casa" "¿Y eso? Tengo que prepararme los tuppers de la semana" "Me da lo mismo. Vente cuando acabes" "Oleré a cocido" "No importa" "Pero, ¿a qué voy a ir?" "Mambo number five".
Rosi se parte el pecho en el sofá de mimbre de sus padres viendo first dates y fantaseando con ir al programa mientras desconfía de que Quino vaya a aparecer, y se queda dormida con Carlos Sobera en la retina. 
A las 3 am suena el telefonillo. Es Quino. "Abre, Rosi, que subo". Rosi finge que es una anciana sin conocimiento, pero al ver que a Quino no le hace gracia, pulsa el botoncito mientras se da cuenta de que lleva una camiseta de Curro de la Expo'92 y que tiene las piernas como un oso. "Aprovecharé los ocho pisos de ascensor de Quino para pasarme la cuchilla" se dice astutamente.
Cuando abre, se ha depilado y posa sugerente con una sexy camiseta de Rick Ashley. Quino sonríe y, al pegarle un repaso con la mirada, sufre un mareo y exclama, señalando las piernas de Rosi con horror "ay, ay, pero, ¿qué te has hecho, tía?" Rosi no entiende nada hasta que descubre que las piernas le sangran chorros. "¡Ahí va, la que me he liado!"
Las piernas sangrantes de Rosi
momificadas con Scottex

La protagonista se emplasta las piernas de papel higiénico al estilo momia y limpia el riachuelo de sangre mientras Quino se tumba en el sofá con hielo en la cabeza. Rosi le dice, para que recupere el ánimo: "en el cuarto de mis padres hay un colchón muy apañado. Traigamos aquí el colchón, que ahí hay un crucifijo que no me mola nada". Un Quino aún aturdido y la momificada levantan el colchón de aquella manera y se hacen tal lío tratando de pasarlo por las tres puertas que lo separan del salón, que acaban aplastados por el mismo y encajonados en pleno pasillo.
"No sabía que era de agua" grita Quino sin aliento, peleando como un escarabajo bajo el matresse, "¡la madre que te trajo, Rosi!"
 Se hace un silencio sepulcral, solo ajado por la gata del vecino, que está en celo. Quino no respira, a ver si pasa el momentazo. "¡Con mi madre no te metas, que está en Benidorm!"
Quino llegando al portal
Este grito desgarrador es la clave de la película, que encierra todos los secretos y todas las segundas lecturas que uno le pueda hacer del film, que son muchísimas. Una música dramática, por lo menos de Víctor Manuel, termina de machacarnos mientras Quino consigue salir de debajo del colchón de aguas a rastras y huye lloriqueando, no sin antes pincharlo sin querer con el tirador de su bragueta, que nunca llegó a deslizarse a manos de aquella Rosi motivada, y provocando una hecatombe acuática que lo arrastra, divertidamente, los ocho pisos abajo, hasta el mismísimo portal.

"Un reflejo de la sociedad de folliamigos en que vivimos, que nunca funcionará". Telmo Jigatto, de COPE Nague.

"Indiscutiblemente esta historia pone en tela de juicio la seguridad de los colchones de agua". Marta Rada de la revista "Consumidor exigente"

"Cuando una mujer quiere echar un kiki, ni una depilación fallida ni un crucifijo cotilla pueden con ella". Almu Jerona, de Féminas determinadas. 

10/06/2020

ABUELO DESCONFINADO

A punto de ponerme al fin al frente de un nuevo post de Gavilán, encuentro este otro que escribí durante la fase 3 del desconfinamiento, y que había quedado enterrado entre mis papeles… pronto tendremos novedades, mientras tanto, os invito a leer este pedazo de realidad:

Mi vecina, la del 4D, me había invitado a su patio a tomar la sombra y yo había aceptado. Ella y su hermana prepararon limonada a la menta y un tablero de parchís/oca para pasar la tarde. Sobre las 8, bajo un calor asfixiante, llamaron a la puerta. “Qué raro” dijo Pétula, que es la menos habladora de las dos, “si sólo te habíamos invitado a ti”.

“Serán de Amazon” les dije, tratando de hacerme la moderna. “Antes muertas que comprar por Internet. Está pasado de rosca”, me acortaron sin pensárselo, no sé si por vanguardistas o por carcas.

Las tres nos aproximamos a la puerta y Tomasa -la más habladora y avispada- preguntó tímidamente:

–¿Quién es?

El abuelo a su llegada 
Al otro lado, una voz procedente de alguien nacido antes de la Guerra Civil, contestó:

–Abre Tomasa, anda, rica, abre…

Lo siguiente fue vernos ante un yayo casi centenario, con pelo blanco asomando por los hombros, barba desorbitada asomando de la mascarilla, cejas crecidas a modo de araña por la frente, ropa polvorienta y extrema delgadez, presentándose ante nuestras narices retostadas.  “¡Papá! Gritaron Pétula y Tomasa emocionadas. Yo, conmovida, hice como en eco sin saber por qué: “pa…pá”.

Fueron a abrazarlo y besarlo como locas instintivamente, pero enseguida aquella momia las chistó, manteniendo el soniquete tanto como hizo falta para apaciguarlas y alejarlas a su conveniencia “schshhhhh”, consiguiendo transformar aquel impulso visceral en un ridículo choque de codos.

–Hay que joderse –dijo el yayo–, las gilipolleces que se han inventado para saludar. Pero es que, si cojo el bicho, me voy a la tumba por el atajo.

Al minuto, el anciano descuidado se encontraba sentado en una mecedora primorosa mientras Tomasa le colocaba una toalla sobre los hombros y comenzaba a cortarle la melena. “Vaya pelos, papá”.

–Pero coño, que llevo desde el 12 de marzo sin salir de casa, ¡a ver qué quieres!

Luego pasó a recortarle las cejas-araña. El tipo se sintió tan relajado que se quitó unas zapatillas larguísimas de rejilla que llevaba, haciéndonos enmudecer: varios manojos de percebes desorbitados se retorcían en el lugar donde debían estar sus dedos.

–¡La Lirio! –exclamó Pétula–, eso habrá que cortarlo con alicates.

Pues córtalo, hija, si he tenido que venirme con los zapatos de tu tío Remigio, que en paz descanse, porque los míos no me cabían.

Pétula llenó un barreño de agua para reblandecer aquellas cáscaras, y como yo tenía experiencia de la clínica podológica, al final tomé la batuta y la eché a un lado, responsabilizándola del recorte de las uñas-cucharón que le habían brotado en los dedos de las manos, mientras yo me ocupaba de aquello con una segueta de bricolaje.

El yayo largándose a toda  prisa, ya
aseado, con la mascarilla en la cabeza
Aquel hombrecillo de mirada clara, que había aparecido como un fantasma con cierto aire aterrador en el umbral de la puerta de sus hijas, parecía ahora un personaje de García Márquez, agasajado y aseado por mujeres bajo un insoportable calor que bien podía ser el de Macondo. Sólo la segueta y los alicates que usamos Pétula y yo, así como los gritos que le sacamos al anciano, rompían aquel aire de realismo mágico colombiano.

Una vez se vio bien aseado y satisfecho, y después de contarnos cómo se apañaba en su pequeño apartamento del centro para sentirse a salvo del bicho (una vecina guiri de veintipocos le hacía la compra y se la ponía en una cesta que él bajaba y subía por el balconcillo), le entró una prisa enigmática, como si le hubiese picado un tabardillo, y se largó con viento fresco a su casa, sin dar más explicaciones a “las niñas”.





5/31/2020

Vuelve la psiquiatría barata

 Todo estuvo muy parado durante el confinamiento, y una de las cosas que más eché de menos fue espiar a mi vecino psiquiatra y a sus peculiares pacientes (véase uno de los posts sobre este tema aquí). Sin embargo, en medio de tanto silencio, una mañana oí barullo al otro lado de la pared y, al asomarme por el hueco de siempre, pude espiar, para mi sorpresa, a un mujer muy pequeña que se había saltado el confinamiento porque no podía más. A continuación, su calvario, su conversación con mi vecino, el psiquiatra estafador de mujeres, y su frase final, que me devolvió la esperanza en el ser humano:

—No podía más sin venir a verle.
—No se preocupe, para eso estamos. Ajústese bien la mascarilla, quédese ahí, en ese rincón, los 120 euros encima de la mesita, y cuénteme mientras yo me zampo un café con magdalenas. Comprenda que me ha pillado de sorpresa.
—Qué sabiduría, alimentarse para estar al cien por cien…
—Eso siempre.
—Ay doctor, que mi marido ya no viaja y hemos pasado más tiempo juntos que en toda nuestra vida.
—Alguna vez tenía que ser.
—Qué razón tiene. Sin embargo, el hombre es un pesado.
—Póngale a régimen.
—Lo está. Pero es a parte. Pasa el tiempo libre hablándome de la política de Gorvachov.
—¡Pero si eso está demodé! La Perestroika ha pasado a ser vintage. Claro que, hablar de Putin es sinónimo de decir un taco cada vez que se le menciona… (risita de autofelicitación a su locuacidad).
El psiquiatra agachándose a recoger las migas de las magdalenas
—Y que lo diga, doctor, qué razón tiene: yo no puedo pronunciarlo sin sentirme malhablada.Put... ¡no puedo!
—¿Qué otros problemas tienen? Comprenda que tengo cosas que hacer…
—Contar con él para elegir serie, tener que cerrar la puerta del baño cuando ya se imagina, escucharle canturrear la Macarena a todas horas, las tapas del champú abiertas…
—Mujer, lo de las tapas es algo entrañable.
—Usted es muy sabio, pero en este caso... Ah, ya comprendo, ¡jajaja!, ¡es una broma! El humor como terapia, ¡es usted supremo!
—Aaaaammmmm
—¿Está usted pensando?
—No, señora, es que las magdalenas son muy tiernas y, para que no se escapen, he de abrir la boca así: ¡Aaaaaaaam!
—Ay, doctor, si tan sólo ese inútil comiese magdalenas como usted lo hace… el muy patán remueve el café con tenedor.
—Parece sí, bastante imbécil. Pero mírele el lado bueno: nunca le será infiel porque, ¿quién puede aguantarle?
—Le diría que es usted un genio de nuevo pero es que, en realidad, lo que quiero es que alguna tonta me lo robe.
—Robe… Robe Lowe.
—Me voy doctor. Es usted subnormal de veras.

5/20/2020

POEMA DEL CONFINAMIENTO

Gente que, inexplicablemente, parece conocer este blog, me hace llegar pequeños escritos y poemas por debajo de la puerta de casa. Aquí mismo reproduzco el que más impacto me ha causado, totalmente desgarrador:

–¡Pim! ¡Pam!¡Pum!
–¿Qué es eso?
–Nada, la puerta del baño.
No te hagas ilusiones,
que la que no suena
es la de la calle.
–Mecachis...
–¡Siempre la misma palabra!
¿No podrías soltarme un taco?
–No me pidas eso,
estudié en los Agustinos...

           TELÓN

–Ras, ras, ras
–Y ahora, ¿qué?
El protagonista del poema, muy
preocupado durante su encierro

¿Es que hay ratones?
–Déjate de sueños,
me estoy rascando
las pelotas
–¡Papá!
–Ni papá ni leches.
Estoy en un ERTE
y yo estudié
en el instituto de mi barrio.

2/18/2020

CENA DE YAYOS Y PRETENDIDA MODERNIDAD

Mis vecinos comentando que
la lasagna se ha retostado
Los padres de los niños a los que cuido, mis vecinos, me invitaron a cenar a su casa con unos amigos suyos de corte guay. Pedí al Pipas que me acompañase porque no termino de encontrarme del todo cómoda con gente con hijos, por mucho que esa gente afirme tener mi edad.
La fiebre viejoven es aún más aguda –si cabe- entre los que tienen hijos y mientras el Pipas y yo aparecíamos en vaqueros y vestido de flores respectivamente, mis vecinos iban vestidos con los pantalones de culo de pera que se han rescatado de finales de los ochenta y hombreras de un cuarto de lo mismo, sin favorecer la figura de ninguno de los dos. Pero quién era yo para hacérselo ver, si tenían espejos por toda la casa. Los amigos eran una parejita más cercana a los cincuenta pero con un atuendo tan juvenil que el siguiente paso habría sido ponerse un baby de preescolar. Él llevaba una gorra con la visera al revés, que no se quitó en toda la noche, luego mi vecina me aclaró que llevaba calvo veinte años. Sus atuendos parecían sacarnos ventaja juvenil, pero cuando confesamos a qué nos dedicábamos, les ganamos a todos: el Pipas trabajaba de profe particular y yo sólo aceptaba trabajos basura para poder seguir escribiendo, al estilo de los artistas neoyorkinos. Aquello los hizo trizas y se sintieron totalmente viejunos, estaba claro, además, el añadido era que no teníamos hijos. Ese último detalle hirió sin duda sus intentos desesperados por rejuvenecer a base de Botox y la moda retro de Zara. Los zapatones negros y la falda victoriana de la invitada pasaron a ser como las extensiones de pelo de Ana Obregón después de los 45: excesivos.
Ya que no podían ocultar lo que eran (padres), decidieron hacer gala de su modernidad en materia de educación: los colegas guays presumieron de que su hijo mayor, Junco, había sido al fin destetado (el chaval tenía nueve años…) y de que le acababan de regalar un móvil para que pudiese salir solo a la calle con un geolocalizador a través del cual los modernos papás le indicaban por dónde ir, si torcer en la esquina o seguir derechito hasta la panadería, a diez metros exactos de casa. “Es maravilloso que vaya a tener tanta libertad gracias a que monitorearemos cada uno de sus pasos” dijo el orgulloso papá, que se movió preso de un escalofrío. A mí también me dio un escalofrío, pero de miedito.

El Pipas había desconectado desde el minuto uno porque ni la tecnología ni la crianza enfermiza eran lo suyo. Era sólo un yanki que comía pipas y seguía llevando los mismos pantalones Dickies diez tallas más grandes que hacía veinte años. Sin embargo, denegó con la cabeza en silencio de un modo que yo no le había visto nunca mientras escuchaba aquel espanto. Mis vecinos tampoco iban tan lejos ni con la teta ni con la tecnología infantil. 
El Pipas y yo haciendo la
performance de Tip y Coll

Acabada la cena, haciendo gala de su gran modernez, se pusieron a hablar de Netflix y de que Stranger Things era su serie porque se sentían totalmente identificados con Eleven y Mike. Yo les miré sin poder aguantar más. Ellos eran los yayos de Eleven y Mike, que se dejasen de tonterías. Quisieron entonces subir a Instagram varios vídeos en directo de la velada, pero yo dije que no y me atreví a confesarles que era tan moderna que sus móviles me parecían una mierda y que no había nada más coñazo que todo lo que estaba en la red. El Pipas sacó un cigarrillo de manzanilla y yo un tarot y enseguida hicimos un gag de humor al estilo Tip y Coll. Aquello los dejó p´allá. Luego traje un radiocaset de casa y pinché una cinta grabada en la que ponía “verano mix 94”  y me puse a bailar con Arturo, el vecino. A continuación, borrachos de Dolce Vita, el Pipas recitó un poema de Emily Dickinson en inglés de Massachussets, el más sórdido de todos, y después hicimos una lista de palabrotas y proclamamos ganadora a “cojones en vinagre”.

Los invitados tuvieron que admitirlo con un aire de humildad: la juventud no estaba en sus atuendos ni en su botox, no estaba en sus móviles ni en su Instagram. Estaba en la capacidad de hacer el imbécil sin vergüenza ninguna y de poder imitar al Gran Wyoming aunque te falte fealdad para conseguirlo.
Al despedirnos nos dieron uno de esos abrazos modernos que se dan ahora, como si uno conociese al de enfrente de toda la vida y tuviese que aguantar el olor a hamburguesa de sus axilas a la fuerza.
El Pipas se quedó a dormir en casa; estuvimos toda la noche viendo pelis antiguas que en su día habían sido muy modernas.

1/14/2020

CONCURSO DE MIERDA PARTE IV

...y cuando al fin llegamos al colmado, Ruger nos recibió con una miradita que nos indicaba que de momento, la directora del centro no había parado de hablar sobre la nueva moqueta de la guardería y otras memeces.   
 Di un repaso a las personas que estaban en aquella trastienda del colmado, por cierto, un lugar cutre como ninguno, con humedades y aspecto de vivienda de duendes. Allí estaban, fingiendo que aquello era una tertulia literaria en lugar de un complot propagandístico: una chica de mi edad bastante fina, y me refiero a que era delgada como un hilo; un hombre con bigote a lo Galdós tan grueso que ocupaba todo el espacio extra que la primera dejaba libre; dos hermanas gemelas de edad indefinida, pero sin duda mayores de cincuenta años, con unas pecas que les daban aspecto travieso; una anciana encorvada de más de cien años que no sé por qué, servía cafés sin descanso; un último hombre que parecía de la Guardia Civil, porque iba vestido de Guardia Civil y llevaba un tricornio y una chapa en la que ponía Guardia Civil


Reunión en el colmado. La directora
se cree que es Simone de Beauvoir
 y el resto finge que se trata
de una reunión de intelectuales
existencialistas encabezados por Sartre.
 En realidad, mi contrincante sólo podía ser la chica fina. El resto no cuadraba con la franja de edad. La directora entró en bucle con las luces led de la guardería y el Pipas se hizo el gracioso pintándole cara a una pipa y poniéndola en media cáscara abierta, como si fuese un Moisés mínimo a punto de ser abandonado en el Nilo. Se lo pasó a Paqui, que aguantaba la risa, luego a mí, que les chistaba con la mirada divertida, y al fin yo se la pasé a Ruger, que al cogerla y verla, la tiró por los aires soltando un gritito en catalán, haciéndose mirar por los presentes y diciéndonos en bajo “cómo sois, con la grima que me dan los críos…” La tertulia se hacía enfermiza y yo ya me preguntaba si es que no habían invitado a ningún intelectual rancio para hablar de sí mismo, como en cualquier acto literario que se precie (véase Haroldo Amat), pero el hombre gordo del bigote galdosiano carraspeó, y otra vez lo hizo aún más fuerte, y otra más, de un modo que parecía que estaba en el excusado intentando no voy a explicar qué. 
Momento en que el hombre del
bigote carraspea hasta parecer
que va a hacerse caca
 La directora se calló por fin y todos le miramos horrorizados, entonces, el hombre aprovechó para dar las gracias por cederle la palabra y se puso a hablar de su obra, que eran tratados de tauromaquia y de cómo hacer kéfir, y cómo los había autoeditado con financiación del Estado (en serio, no pregunten). De pronto, se produjo una explosión. El Pipas había explotado la bolsa de pipas Facundo sin querer. Las gemelas traviesas reían a carcajada limpia y el Guardia Civil exclamó “callarse, coño”. Entonces, pasó un ángel y luego otro, las gemelas lloriquearon un poco y el del bigote dijo “qué vergüenza”. Ruger me susurró: “pero, ¿cuándo dan el premiet?” y la directora le oyó y dijo “primero leeremos el poema ganador del año pasado”. La chica fina se levantó con una hoja impresa y declamó:

Soy un hombre con sentimientos
y algunos vicios,
las tragaperras son mi fuerte, 
el chato de vino mi agua, 
la partidica de mus… 
pero me pusieron una guardería 
al lado de la oficina 
y ya sólo olía plastas de bebé 
y oía llantos constantes. 
Hice una broma Telefónica 
y dije que volaría el local 
si no se iban a otra parte… 
A cambio, pasé tres años en la cárcel 
y gracias a eso, 
ahora soy poeta.

 La flaca se desinfló y agregó: Néstor Turado. Los aplausos ensordecieron la cueva, la verdad es que el poema era bueno, pero el poeta, claro está, no había sido un alumno sino el loco que hizo el aviso de bomba. 
 “Y ahora”, dijo la directora, “el ganador de este año es… ¡Bertín Osborne, por el poema Loco por la guarde!” El guardia civil se levantó y fue a por el premio “un set de cremas de Primor” anunció la directora haciéndole entrega. Los cuatro estábamos atónitos. Pero, ¿se trataba de otro Bertín Osborne?  ¿Era su representante? ¿Su colega? ¿Un farsante? Y sobretodo, fuese premiado uno u otro, ¿qué pintaban en mi franja de edad? El resto de los presentes parecían encantados, como si entendiesen lo que estaba sucediendo. Salí arrastrada por mis tres amigos y Ruger nos condujo a la tasca de al lado que tenía cierto glamour de barrio, donde nos confesó que había llegado conduciendo el AVE de Barcelona tres años atrás y que había desertado de la conducción de trenes desde entonces, dedicándose a vender aceitunas de Camporreal, su sueño de toda la vida. Poco a poco volví a la realidad, disfrutaba de mis amigos y tomaba notas mentales para mi próxima novela o poema, entendiendo que jamás ganaría un certamen literario... a no ser que lo convocase yo.