"Espinete, ¿te vienes a la panadería de Chema?"
Don Pimpón, 1985


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5/23/2019

Reafirmante infalible


Tras fracasar definitivamente en mi intento de hacerme deportista, no volví a preocuparme por mi salud física hasta que hace unos meses alguien –probablemente en la cola de la administración de lotería– pronunció las palabras flaccidez y edad en la misma frase.

Yo no sabía qué era lo primero, así que busqué en el diccionario y entré en pánico. ¿Era una amenaza real? Mi abuela y sus amigos del pueblo siempre me dicen que soy muy joven y creo que hablan con sinceridad, pero busqué en el espejo algunos signos de este nuevo término, ¡y vaya si los encontré!

Momento en que llegué a urgencias
La idea de intentar otra vez lo del deporte me parecía descabellado (sobretodo mientras Churros Manoli siguiese a diez metros de casa). No sabía a quién preguntar, no tenía referencias, y traté de pensar en alguien de mi edad con las carnes de una adolescente.  Enseguida apareció en mi cabeza B, que junto con su hermana M, rompen los esquemas conocidos, sólo mencionaré que a veces la policía para a sus parejas acusándolos de ir con una menor...

El precio del spray milagroso que me recomendaron fue tal, que lo transporté a casa en un maletín de seguridad esposado a la muñeca y, al llegar, lo contemplé algo turuleta, comprobando que era un frasco verde y blanco sin más. 

Al quitarme la ropa revisé qué partes atacaría y la verdad es que todo podía mejorar. Me embadurné de aquella pasta arriba y abajo imaginándome que en el plazo de una semana habría recuperado la firmeza que nunca tuve, ni con 20. Y, aunque no era facial, decidí también aplicármela en la cara, por si se producían milagros ahí también. 
El médico del hospi, diciéndome que
 estaba fuera de peligro y que no hiciera
más tonterías.
Enseguida se hizo notar el efecto calor y el regustillo me hacía imaginar que mis carnes se recomponían como por arte de magia y que mis muslos se convertían en los de Beyoncé. Aquello se alargaba y decidí mirarme en el espejo por si los efectos se hacían visibles de inmediato pero, cuál fue mi sorpresa, al encontrarme de un color barbacoa preocupante, como si me hubiese quedado dormida a pleno sol en Benidorm un día de agosto.

Busqué en las instrucciones por si aquel efecto era parte de lo que cabía esperar o por si, por el contrario, iba a morir reducida a cenizas. Era cierto que me inundaba un calor abrasador y entré en pánico, así que, no se me ocurrió otra cosa que pedir socorro por la ventana del patio interior. Gracias a Dios nadie me hizo ni caso, así que llamé a B. "El efecto calor es normal", me consoló, pero tras enviarle una foto, me dijo que pasaba a por mí para llevarme a urgencias enseguida, donde me aplicaron urbason y emplastes de diferentes hierbas y drogas, salvando partes de mi anatomía que daban por reducidas a cenizas. 

Los doctores quedaron muy satisfechos, después de todo, sigo pareciendo yo. Ya a toro pasado, las hermanas me confesaron que, además del spray, corren conco kilómetros seis veces por semana y bailan salsa por las noches siempre que pueden. Parece que tendré que rendirme al deporte si lo que quiero es firmeza y juventud, o matarme a píldoras como Sánchez Dragó.

3/05/2019

Técnicas de descontrol del maestro Yayee

El taller de Yayee en el momento
de hacer los ruiditos.
Mi prima Pili Grossa me invitó a un taller del maestro Yayee que consistía en reunir a una buena cantidad de gente en un local de venta de quesos, hacer una relajación pélvica y repetir cada uno un ruidito sin fin. Yo escogí "¡pum, pum!" para dotar de alarma y emoción la sesión, pero el intento quedó enterrado bajo el "riqui, riqui" de la chica preciosa, el "hip, hip, hip" del hombre de edad y de los ruiditos de las otras 17 personas vestidas de amigos de Picasso que estaban allí. Aquello se extendió 12 minutos. Fue demasié. 
Me desperté con la cabeza como una olla express con el pitorro escacharrado y tuve que ir al pediatra a que me recetara algo.
(Acudo al pediatra desde hace años porque mi centro de salud está desbordado y, dada mi juventud en aquel momento, me ofrecieron esa posibilidad. Por su parte Roberto, el pediatra, siempre está encantado de auscultarme por cualquier cosa.)
En la sala de espera es cuando comenzó todo. Apareció un chico de 13 años con su madre. Se sentó, sacó el móvil y se puso a jugar. La mamá sacó el suyo. No se hablaron ni miraron en todo el rato. 
Luego llegó un bebote berreando con el papá. El papá necesitaba al parecer atender algo muy urgente vía móvil (me pareció ver que ponía algo así como "Marca") pero el bebote quería atención, así que el papá sacó una tableta y le enchufó unos dibujitos que le hicieron callar al momento y se quedaron muy felices los dos ignorándose mutuamente.
En tercer lugar llegó una adolescente con su madre. Y otro más. Y otra. Los tres directos a sus móviles, a penas se echaron un vistazo entre ellos. 
Un sentimiento de pena se apoderó de mí. Aquellos cachorros sólo sabían compartir el aburrimiento con el peor de los amigos: el aparatico más idiota del mundo. Algo se infló en mi interior y, sin poder dominarme, ni con los consejos del maestro Yayee, me vi diciendo:
"Soy el oso Pololo, en un momento, verás cómo molo" al tiempo que me quitaba los zapatos y comenzaba a hacer malabares con ellos y cacareaba como un pollo (contrariamente al oso que era).
La consulta pediátrica antes de
mi actuación.
El bebote y otro pequeñín de unos 5 años soltaron los aparatos al segundo y comenzaron a reír y dar palmadas como locos. Los adolescentes se resistían, mirando de reojo como si estuviese tarumba (¡yo!). Tener vecinos universitarios me mantenía actualizada en tendencias a través del patio interior del edificio, por lo que sólo tardé seis cacareos más en idear qué llamaría su atención. Sin saber cómo, me encontré haciendo tuerquing, perreando y cantando "el anillo pa cuando" y os aseguro que funcionó. A uno de ellos se le cayó el móvil al suelo y ni lo recogió. Otro trató de hacerme una foto para el instagram pero le hice un gesto de amenaza a la altura del cuello que entendió perfectamente, apagando y guardando ipso facto. Me fui animando y mezclé aquel número con el anterior y el oso Pololo cacareaba la canción mientras perreaba y tiraba zapatos por el aire. Algunos padres taparon los ojitos a sus hijos como si aquello fuese peor que darles una tablet. ¿No sabían apreciar el arte en directo? Al parecer se me fue de las manos el volúmen y al fin salió la enfermera y me llamó: "MINA PATUCO". Fue como pincharme siendo globo. Los malabares al suelo y yo callada y modosa. Me puse los zapatos y desaparecí tras la puerta de la consulta del doctor, no sin antes advertirles a todos, en un tono de voz precioso: "olvidaos de esas mierdas". Y al bebé le traduje, señalando el aparato: "Caca. Pupa." Para cuando entré en la consulta, el dolor de cabeza había desaparecido. Pobre Roberto.

1/17/2019

La no despedida

La semana pasada abrí la puerta de casa y me encontré a C. agazapada en las escaleras. 
—¿Qué haces aquí? 
—Tengo que irme a alguna parte el fin de semana —dijo con desesperación.
—Puedes quedarte aquí —me ofrecí. 
—No, me refiero a irnos nosotras, las chicas, de despedida de soltera.
—Pero si ya estás casada.
— Me preguntaba si tú y el Pipas tenéis planes de boda, para irnos a celebrarlo. 
—El Pipas y yo llevamos años jugando al cu-cú tras, así que no sueñes. Seguramente me casaré antes con el hombre de los encurtidos que con él. 
C. comenzó a llorar desesperada.
—Necesito una excusa para dejar a los niños con mi marido y largarme con viento fresco a donde sea...
Me apenó tanto verla así... recordé cómo solíamos ir a bailar y a ligotear en Mirroque de Mar aquel verano del 99, y lo mucho que habían cambiado las cosas. Estaba desbordada con sus dos criaturas, que a menudo le untaban las paredes de crema facial o comían sales de baño con una naturalidad excesiva. 
—Cuenta conmigo –le dije sin pensarlo.
Llamamos a N., a M y a B, con quienes no habíamos hablado desde hacía tiempo, pero quienes, curiosamente se aferraron al plan como si no hubiese un mañana. Estuvimos horas haciendo skype  para decidir a qué lugar lejano iríamos, qué deportes de riesgo haríamos, en qué clubes de renombre bailaríamos... pero finalmente hicimos cuentas y no teníamos ni para coger un autobús a Talavera de la Reina. Nuestro presupuesto era tan ridículo, que ofrecí mi casa para esconderlas de sus familias aquel fin de semana de despedida.
C. embadurnada de crema Cien de Lidl.
N propuso contratar a su vecina esteticiene para que nos diese crema de Lidl y nos pintase las uñas y así empezar a caldear el ambiente. A parte de la reacción alérgica que tuvo C, todo fue de perlas y la vecina, de 16 años, nos dijo que admiraba nuestro espíritu juvenil porque nos comportábamos como "las más pavas" de sus amigas. 
Continuamos la tarde visualizando Bridget Jones uno, dos y tres en mi pc de 1997 y reímos, lloramos, bebimos vino barato y comimos kikos tumbadas en la esterilla del salón, como en los viejos tiempos, cuando quedábamos para ver Sensación de Vivir. N se hizo pis de risa en un momento dado y, aunque nuestra intención era salir a liarla parda, nos quedamos dormidas de una forma penosa hasta la mañana siguiente, en que, para colmo, madrugamos. 
B se restableció como pudo y nos echó la bronca, diciendo que no quedaba de nosotras ni un ápice de aquellas jóvenes salvajes que habíamos sido en algún momento, y nos preguntó si no nos daba vergüenza. Bajó sin decir nada a la calle y volvió con una bolsa gigante de Humana, donde estaba todo a 1 euro, y comenzó a repartir chalecos, botas de flecos, pantalones raídos y otras prendas que nos obligó a vestir al momento. No sé si parecíamos más jóvenes pero por descontado parecíamos algo cochinas, en el sentido tal cual de la palabra. 
—La verdad es que, doce horas lejos de casa y ya no me acuerdo del nombre de mis hijos —afirmó C triunfante. Entonces dio un grito por la ventana y se bebió un té de roibos de un trago, como si fuese tequila. 
C. bailando Chimo Bayo
con un desconocido




Lo que siguió a eso fue música de radiocasette, cigarrillos, espaguetis con orlando y salida al centro. Los bares a los que solíamos ir habían sido sustituidos por tiendas vintage, así que nos metimos en el primer local que encontramos, que era una cafetería vegana. Unos adolescentes nos miraron  espantados y huyeron al instante y el camarero nos advirtió que no tenía alcohol, así que pedimos cinco cafés vieneses, a los que N añadió whisky de una petaca que contenía lo suficiente para salir bailando la conga del local. Hicimos el limbo rock ocupando la calle y algunas almas perdidas nos condujeron a un bar clandestino donde se bailaba salsa lo mismo que Chimo Bayo y cuyo dueño era un egipcio de dos metros llamado Rashid. Bebimos margaritas y mojitos y gentes venidas de la calle se asomaban a ver el espectáculo: cinco chicas de edad indefinida disfrazadas de una mezcla entre Patti Smith y Bárbara Rey, dándolo todo en un bar de muerte. 
Domingo en la Casa de Campo
perseguidas por un enjambre de abejas
Saber cómo llegamos a casa y cómo alguien nos había puesto el pijama fue un misterio hasta que vimos salir del cuarto de baño a una mujer que hablaba con acento brasileño y que nos preguntaba si habíamos dormido bien y quién le iba a pagar la lectura de tarot que nos había hecho a las cinco de la mañana.
Me alargaría demasiado contando los detalles y la jornada del domingo, sin embargo, destacaré que mis amigas llegaron a sus casas en un estado diferente y con energía renovada hasta la próxima despedida que nos tengamos que inventar.
*C. tardó sólo unos minutos en recordar el nombre de sus hijos y el de la madre que los parió, o sea, el suyo propio.

6/04/2018

Fracaso deportivo

El otro día me reuní con mis antiguas compañeras de la clínica podológica y quedé impresionada al ver que habían reducido de talla visiblemente. La sorpresa continuó cuando, en lugar de charlar sobre los pies de la gente del barrio o poner a parir a mi ex jefa, como solíamos hacer, no callaron en dos horas hablando de su nuevo interés: EL DEPORTE.
Me sentí desplazada y totalmente “out” porque intercambiaban información sobre objetos y aplicaciones desconocidas para mí, como contar los kilómetros recorridos, pasos dados, calorías quemadas al practicar sexo o rascarse la nariz, saturación sanguínea... Hablaban de pistas de runners, spinning, paddle nocturno, kickboxing, mayas viscoelásticas, bragas compresoras y sujetadores especiales para deporte (por cierto que esto último ya ni lo necesitan, dado el nuevo tamaño de sus cuerpos y pechos).
Angustiada por las nuevas circunstancias, salí a la mañana siguiente a correr a las siete de la mañana con la energía de un rinoceronte enfurecido (eso sí, en bambas victoria, a falta de otro calzado más deportivo). A los pocos pasos noté que me ahogaba, tenía flemas de medio litro y tosía sin parar como un anciano. El corazón también me iba a mil, así que me senté en el banco de la esquina de casa y, aún ahogada y sudorosa por aquel minuto de infierno, levanté la cabeza y leí en el cartel de Cafetería Manoli:  HOY CHOCOLATE CON 5 CHURROS, PRECIO ESPECIAL.
La oferta de Manoli incluía un vaso de agua.
Menos mal que había cogido el monedero con algo suelto. Me comí los churros y el chocolate como si no hubiera un mañana y luego, como estaban tan ricos, otra media ración. Me sentí más vieja que nunca, fracasada en los deportes y comiendo aquella bomba calórica servida por un maldito camarero que me confundió con una SEÑORA.
Llegué a casa con sensación de irrealidad, probablemente el azúcar, la grasa, o las dos cosas; y rendida de la carrera de cincuenta metros, así que me eché un par de horas.
Mina Patuco cayendo en efecto
tirachinas de las cintas
elásticas, en su casa.
Al despertarme, saltó de nuevo mi alarma interior y enganché unas cuerdecitas elásticas con argollas que me había prestado la vecina, también enferma de deporte, a unos clavos donde normalmente cuelgo las macetas. Me puse un vídeo de un tal Rocko Tough, y traté de hacer lo que se me indicaba. Estiré las cuerdas con las manos, dejando caer hacia delante todo el peso de mi cuerpo, pero entonces se salieron los clavos disparados de la pared a través de la ventana y, después de caerme de bruces contra el suelo, las argollas de las cuerdas me golpearon la cabeza como si fuese una chica mala recibiendo su castigo. Me puse a llorar como un bebé y me di cuenta de que el deporte no era lo mío, que lo aborrecía y me daba pereza emocional y depresión crónica. Me quité rabiosa toda la ropa deportiva y salí al descansillo para devolver a la vecina su material. Me felicitó por tener un desnudo aceptable sin necesidad de hacer deporte y corrí a casa a vestirme porque no me había dado cuenta ni de que iba en pelotas. Hice acopio de ropa suelta y sedosa, una libreta de contabilidad obsoleta, y fui caminando hasta el parque como se hacía antiguamente, a escribir un nuevo best seller.








2/19/2018

Falsas apariencias

   Se acercó a mi y me dijo que se llamaba Minie Argensola y que queria depilarse la zona del bigote. Por más que quise, no vi ningún pelo. 
—No se deje llevar por las apariencias –me dijo–, simplemente soy rubicunda. 
Y así era. En cuanto Minnie se sentó, traje una lupa y comprobé que la mata de bigote era digna de estudio. Era increíble la suerte que tenía de ser rubia, rubia rojizo, y es que rojizo era también el color de su piel.
—¿Está segura de que se quiere depilar el moustache? Cuando nazca el nuevo pelo será probablemente negro y duro. 
Minnie se echó atrás enseguida y me dijo sin más rodeos: 
—Déjalo, ¿necesitas un plan de pensiones? 
—No –me sinceré–, ¿por qué lo pregunta? 
  Era evidente que trabajaba para Gallega de Oriente, la gran compañía de seguros y planes de pensiones. Lo del bigote había sido una excusa barata (cobramos sólo 3 euros por hacer la cera en el área moustache) para vender su producto. Pero ahí no terminó la cosa:
La preciosa Minie en una foto 
un poco forzada,
pintando uno de sus cuadros 
—También trabajo para Avón y vendo la "Termomics".
Además, llevaba pulseritas de cuero que entretejía en sus ratos libres, aunque los modelos estaban pasados de moda.
—No necesito nada de lo que me ofrece, sin embargo, sus profesiones me disgustan tanto como la mía propia, admiro su fortaleza humana y le ofrezco mi amistad.
—Me conformaría con un 10% en depilado de cejas.
—Sin problema.
  Así nos conocimos hace ya cuatro años y, desde entonces, hemos sido siempre amigas (aunque ella es mucho mayor que yo). 
  Hace unos meses le robaron el maletín con las pulseras, los seguros, los cosméticos y el último modelo de "Termomics", y perdió todos los trabajos de un plumazo. Sin embargo, le alquiló el trastero a sus padres y, como yo, trata de salir al paso como artista. Pinta cuadros con frutas y verduras orgánicas. 
  Esta misma mañana he pasado a verla por una exposición que ha montado con otros artistas en una casa ocupa donde algunos iluminados creen que Bob Dylan pasó su infancia.
Pendientes a base de mocos, del artista
Cachi Quechí. 
—Dejemos que cada uno crea lo que le dicta el corazón –me ha comentado mientras me enseñaba el edificio que, para colmo, se construyó en 1983.
—Ya, Minie, yo sólo dudo a veces de que vayamos a llegar a ningún sitio. Mira a esos que exponen contigo: ¿en serio crees que a todos nos mueve los mismo? Hay uno que vende pendientes hechos con mocos.
—Se lleva lo natural. No te dejes llevar por las apariencias, recuerda –me ha dicho guiñándome un ojo mientras se estiraba su bigote invisible, como símbolo eterno de las falsas apariencias –confía en ti, Mina, sigue adelante...
Quién nos iba a decir, aquel día en que nos conocimos, que podíamos llegar a ser más pobres aún de lo que éramos y que Minie volvería a fumar hierba pasados los cuarenta.




3/23/2017

Psiquiatría barata a la hora del té II

Llevo días enganchada al agujerito ese de la pared por el que espío al psiquiatra de mi edificio. Es mucho más interesante que la programación televisiva e incluso que los vídeos de animalitos torpes de youtube. La paciente estrella es la mujer de la que os hablaba el otro día... ahí os dejo otras dos perlas para la colección:

15/03/2017
–Doctor, me he dado cuenta de que, cuando nadie me ve, le evito
–¿Que me evita usted?
–No, no, que LEVITO. Noto una especie de airecillo por la zona de los pies, y se levantan como solos.
–Nunca he oído nada igual. ¿Está segura?
El psiquiatra de mi edificio, escuchando atentamente
a su paciente.
–Claro que estoy segura, doctor. Por eso vengo aquí a tratarme, su consulta es muy cara, pero merece la pena si al final consigo entender que no floto o, si lo hago, por qué lo hago. ¿Entiende, doctor?
–Claro que lo entiendo, es usted muy razonable. Y muy inteligente. Y muy valiente por invertir el dinero que no tiene en averiguar qué le pasa.
–A veces lo he comentado con las amigas. Les gusta que se lo cuente, nos reímos muchísimo, me dicen que soy fantástica y que debería estar contentísima de tener ese don. Luego hablamos de banalidades, fumamos cigarros, criticamos a nuestras parejas y a veces bailamos a Lou Reed embriagadas de algo.
–Qué gran error... no se debe banalizar con estas cosas. Profundicemos en ello...


22/03/2017
–Doctor, sueño con que nunca seré madre.
–¿Y?
–Que nunca podré amamantar hijos hasta los cinco años como hacen las madres de ahora.
–¿Y?
–Que me hace sentir maravillosamente bien.
–¿Pensar en ser madre y amamantar durante años?
–No. No querer hacerlo.
– Uhm... eso hay que tratarlo...

3/15/2017

Psiquiatría barata a la hora del té


Como en aquella película, he descubierto que al otro lado de mi pared está la consulta del psiquiatra del 3C. Hay una mujer que acude con frecuencia a la hora del té, y a través de un agujerito que descubrí detrás de un póster de Isabel Pantoja que dejó la inquilina anterior, puedo espiarla tranquilamente. Me parece muy interesante conocer más sobre el ser humano y la sera humana. Aquí va lo que pude captar esta mañana:

La paciente, despidiéndose del psiquiatra antes de irse.
Doctor, he vuelto
–Ya lo veo
–Usted cobra 120 euros la hora por estar aquí, y ni siquiera tiene diván
–Ahá
–No consigo entenderme. Gano 900 euros al mes. 600 van al alquiler y 240 van para usted porque vengo dos veces al mes. ¿Qué me queda?
–60 euros para comida y champú.
–Pero, ¿hago bien, doctor?
–Hombreeeeee, mujeeeeeeer...
–Me quedo mucho más tranquila entonces, doctor. Es usted un sabio.

3/03/2017

Concurso de mierda Parte II

   La invitación a la entrega de premios me la dio el propio Alfredo cuando pasé por delante de su portal. "Toma, son meras formalidades" me dijo mirándome ahí mismo y al balcón a la vez, y entregándome un post it con las palabras "entrega de premios en el Bajo 1 esta tarde a las 7" escritas con una letra que ni el niño de cuatro años al que cuido. 
Subí a casa y comencé a prepararme para la ocasión. Como la casa que alquilo pertenece a una anciana que vive en la habitación del fondo, me decidí a hurgar en sus armarios, porque si quería parecer una poetisa no podía ir vestida de Primark, así que encontré un vestido victoriano que me daría el toque para parecer, por lo menos, Virginia Woolf o Emily Dickinson (me daba lo mismo una que otra), vinculándolo con el presente a través de mi melena Cleopátrica y unas bambas victoria que aún conservo de 1992.
Momento del ensayo ante el espejo,
poco después me aflojé el corsé
porque hacía pupa.
   Ensayé un pequeño discurso frente al espejo embadurnada de polvos de talco: "Queridos vecinos del portal 58: el poema lo compuse una noche en que me entró un payaso barbudo al que no pude decirle nunca que, a pesar de haberle besado con pasión en la puerta del Caprabo, no me interesaba. He limado demasiados callos y he trabajado en tantas cosas para llegar aquí, que no puedo creer que vuelva a Mirroque de Mar gracias a ustedes..." Era perfecto, y yo toda una dama.
   Llegué a las 6 al Bajo B, un pequeño local adjunto a la portería para juntas de vecinos. En la puerta colgaba un cartel: "VELADA LITERARIA". Dentro, las nueve personas que había me miraron admiradas y sin conocimiento "anda, el traje de luto de la Reme" le oí decir a Anastasia, la señora de la perrita raquítica del anorack, "y esta, ¿de dónde ha salido?" se atrevió a soltar Alfredo. "Es Mina, la del 5
4" contestó Carmensica, la presidenta, con cierta complicidad hacia mí. 
El atractivo perfil de Haroldo Amat
mientras chupaba un Strepsils
La primera faena fue que aquel conjunto de muermos leyeron el acta de la reunión de vecinos anterior, que duraba 16 páginas, leído por Alfredo, quien releía a veces lo mismo al retomar, sin quererlo, la lectura con el ojo pipa, que le llevaba más arriba una y otra vez. Luego discutieron si arreglar o no el montacargas, y si las propinas de Alfredo se contaban como parte de su sueldo. Todo aquello me quitaba la energía y me reportaba cierto bochorno. Entonces, Alfredo presentó a Haroldo Amat. "Aquí tenemos al famoso escritor novelístico y poeta, Haroldo Amat, más conocido como Harold". Todos aplaudieron rabiosamente, como si la palabra famoso les hubiese sacado de su atontamiento. Harold, que tenía 70 años, cuerpo de 50, cara de 60 y pelo de 80, y que llevaba boina, nos mandó callar y nos hizo una presentación de sus doce últimos libros, un paseo por su vida, sus gustos, sus habilidades y sus frasecitas de vida durante más de dos horas. Luego le entró la tos y   Alfredo le quitó la palabra porque era ya la una y media de la mañana, y anunció que el ganador del concurso era el propio Haroldo. Me pilló casi dormida y recé para que hubiese pasado como en los óscars. "¡Lée bien la tarjeta, Alfredo!" exigí. "No hay tarjeta, Mina, yo soy el jurado, y me sé quien ha ganado. Ha sido él".  Haroldo recogía los billetes de Alsa frente a mis narices empolvadas mientras se introducía un strepsils en la boca. 
   De camino a casa con picor por todo el cuerpo a causa de la naftalina, me entró un ataque de risa y comprendí que aquello era sólo el comienzo de una larga aventura, y que me sentía más fuerte que nunca. El lunes prometo deleitaros con la publicación de Hipster de Turno, el poema con el que no gané. 

3/01/2017

Concurso de mierda Parte I

El mes pasado me enteré de que, en esto de la escritura, existen los concursos. Concursos literarios a los que cualquiera puede presentarse, y el premio puede ser desde un vale descuento de Fairy hasta crema andina para el vello corporal o, incluso, dinero. Tina, la de la tintorería, me lo dijo claramente: "hay un concurso de poesía donde te dan un viaje a Mirroque de Mar con todos los gastos pagados en temporada baja". Aquello tenía que ser el destino. Literatura y Mirroque de Mar de nuevo reunidos en mi vida, era claramente una señal. "El que lo sabe es el portero del 58" dijo, y fui a enterarme. 
Alfredo es el portero del 58 y el tío da pereza, porque tiene un ojo pipa y el que tiene bueno lo dirige siempre al mismo lugar en las mujeres, una vecina de su edificio incluso le empujó en una ocasión por las escaleras por guarro, pero luego se lo perdonan todo. Al preguntarle, sin dejar de apuntar con un ojo al balcón de arriba y con otro donde os digo, me contestó: "La comunidad de vecinos organiza el concurso. Escribes un poema, haces 25 copias tamaño A5, las encuadernas en espiral que no canutillo, cuerpo de letra 11 en fuente sin serifa, y me lo haces llegar por correo certificado bajo seudónimo con plica y ante notario, sin remite ninguno". "¿Es en serio?" "Muy en serio", me aseguró. 
Yo tenía que ganar aquel premio, ni siquiera había trascendido más allá de la manzana donde vivo, ¿qué otro vecino podría ganar? Yo tenía que ser la única escritora decente, porque no podía imaginarme a ningún otro de la zona escribiendo con la pasión con que yo ando haciéndolo últimamente. Fui a casa y puse patas arriba el salón, todos los poemas escritos a mano en diferentes soportes (papel higiénico, contraportada de libro de sudokus, tickets de compra aprovechados por detrás, servilletas de bares... ) los colgué por las paredes o por el suelo
En el acto de escoger poemas,
junto a la impresora láser de alta definición
tirados, comparando unos con otros, sopesando, cavilando, descartando... me sentía como Rimbaud a tope de absenta, o como Paris Hilton teniendo que decidirse entre miles de zapatos esparcidos por su vestidor. Al final, tuve que escoger entre "Calla, calla, calla", "Hipster de turno", y "Gases extremadamente tóxicos, ¡Babúm!", y consultando con varios amigos por teléfono, me quedé con "Hipster de turno". Cuando creí que ya estaba casi todo hecho, llegó la segunda parte: ¿veinticinco copias? Portada y poema, o sea, cincuenta páginas impresas para un concurso de un poema de nueve líneas. Tuve que comprar tóner y cuartillas de A5, y a imprimir. ¿Alguien pensó que imprimir en A5 es fácil? Nooooooo. Entonces, otra sorpresita: encuadernar en espiral dos páginas, ¡veinticinco veces! Pago a tocateja en la papelería de enfrente. Dos euros por encuadernación, la encuadernación más ridícula que jamás hayas visto. Eso sumaban 50 euros más otros 40 del toner y los folios. Entonces vino el episodio de la plica y el pseudónimo, Dios mío, llevaba ya cuatro días preparando aquel poema para ese concurso de mierda, pero el premio sería mío, yo lo sabía. Al fin metí todo en un paquete y pagué algo más de quince euros por ir hasta la oficina de correos más cercana, a ocho manzanas, y enviar el manuscrito multiplicado certificado y con acuse de recibo al portal de al lado, entonces, recordé lo del p*** notario. Me flaqueaban las fuerzas y estaba a punto de tirar la toalla, cuando el propio empleado de correos me informó de que tienen servicio de notario allí mismo en Correos, y que por 70 euros me ponían también la apostilla de La Haya. Así que cedí, arruinada y esperanzada al mismo tiempo, era como comer cerdo agridulce, por la mezcla de sensaciones y eso.

Si pensáis que terminaría la historia hoy, no lo he hecho. La emocionante entrega de premios en la sala de juntas de la Comunidad de vecinos, la intervención de Harold (Haroldo Amat), el famoso escritor, y todo lo demás, os lo cuento mañana, que va para largo. Por supuesto, Hipster de Turno podrá leerse también en el próximo post.

1/14/2017

Poema inverosímil

Amaranto es un amigo nuevo que me he hecho. Es poeta y asesor fiscal, y el tipo no ha superado cumplir los cincuenta, tiene una espinita clavada de los 80 o así, que le hace empeñarse en cosas como las que él mismo expresa en el siguiente poema:

Fas fas fas
¿quién anda ahí?
¿Ratones?
Nadie responde.
Silencio
y la voz del vendedor de lotería
entrando por la ventana
¡de la once para hoy!
Frisky frisky frisky
¿Cómo? ¿Qué sucede?
¿Es acaso la vecina espiando?
Silencio de nuevo,
canturreo Camela porque puedo
y nadie me oye.
Ñi ñaaaac  ñi ñaaaaaac
busco como asustado,
¿es una señal divina?
¿Debo engrasar las puertas?
Comienzo a sudar
y llaman al timbre,
cu-cúu me dice Roldán,
el portero,
al otro lado.
Al correr a abrirle
otro ruido me persigue:
Chíiiiiiiis chíiiiiiis.
–Roldán, Roldán, ¿oyes eso? 
Viene como de por aquí abajo...
Roldán me mira las piernas
y el empaquetado,
y responde
con su acento de Segovia:
–¡Pero cómo no van a sonar 
esos pantalones de cuerazo
que te aprietan que estás morao?
Adiós, sueño
              de mi vida...
y una pregunta bucólica
queda en el aire:
¿cómo lo hacía
                        Miguelito
                                    Ríos?
El cuerpo de Amaranto embutido en los pantalones,
mientras éste busca por toda la casa la procedencia
del chirrido que hacen sus pantacas de cuerazo
friccionando.


10/24/2016

EXPOSICIÓN ATÓPICA

La semana pasada recibí una llamada de un viejo amigo que, después de haber trabajado durante años como abogado, había decidido sentar la cabeza y hacerse artista de vanguardia. Me comentó que inauguraba una exposición  en el herbolario "A la rica Tila", que por lo visto es un lugar puntero en el lanzamiento de nuevos artistas. Q. añadió: "dile a la pandilla de verano que venga contigo".
Aparecí allí con Mariví, que acababa de llegar como cooperante de una ardua misión en Estocolmo; con Chus (Jesús Alberto), que era el gracioso de la pandilla; con Mica(ela) y Maca(rena), las hermanas más sexys de la pandilla que seguían conservando el título después de haber parido nueve hijos entre las dos; y con Ron(erto) y Rod(rigo), otro par de hermanos que no se parecían entre ellos. Al vernos después de quince años lloramos emocionados lo que se dice quince segundos, para quedar bien, y decidimos entrar a ver lo que Q. nos tenía reservado.
En la entrada había un cartel que decía en letras hechas con regalices pegados:
  
EXPOSICIÓN ATÓPICA

y dos pasos más allá, una anciana con el emblema del herbolario zurcido en el delantal nos recibía con una copa de champán llena de algo blanco y cremoso, diciéndonos lo siguiente: "no lo beban, que es crema de yoyoba para pieles atópicas. Úntenselo por cara y extremidades. Todo le resultará realmente ATÓPICO".
A continuación, sonó una música como de peli de Stephen King y, efectivamente, lo siguiente iba a ser tan misterioso como inesperado. Rob gritó: ¡Cuidado! y, a punto de pisarlo, encontramos una vomitona tiesa en el suelo con un cartelito al lado en el que ponía: BOTELLÓN EN TRIBUNAL'97
Técnica de avellanas con crema de puerros en Thermomix.
Aquello nos provocó sentimientos encontrados entre la nostalgia y el asco y, sin darnos tiempo a decidir entre uno u otro, un hombre con un batín abierto y por lo demás totalmente desnudo, se nos cruzó patinando mientras tocaba una pandereta navideña. "Pero si aún es octubre" exclamó Mariví, que era la más lista de todos. Las hermanas Mica y Maca señalaron la siguiente obra de arte, que era un cartel escrito por la mano derecha de alguien zurdo:

AQUÍ ESTÁ SENTADO EL HOMBRE INVISIBLE. NO TRATES DE TOCARLE, PORQUE SE APARTARÁ.

Chus alucinó y comprobó que, efectivamente, el hombre invisible se había retirado de allí cuando él pasaba la mano. Nos quedamos boquiabiertos mientras la música de Expediente X nos perseguía y el de los patines mojaba sus deditos en nuestras copas de crema y nos untaba las caras sin cuidado, como para recordarnos lo atópico que era todo, incluidas nuestras pieles.
Las luces se apagaron y más invitados se amontonaron junto a nosotros. Un foco iluminó a Q. al fin, que llevaba un kiki justo encima de la frente y un micrófono en la mano, y que dijo: "Gracias por estar aquí. Espero que todo esto os parezca una mierda gigante" y acto seguido tiró el micrófono violentamente al suelo y se lo cargó, claro. El sonido estridente típico de los micros cuando no funcionan nos destrozó los oídos, y Q. aprovechó para coger una comba y saltar mientras cantaba: "A la comba, combita, combita, combaaa..." al tiempo que luz desaparecía de nuevo y su voz se esfumaba como con eco. Al volver la luz aparecimos frente a un espejo gigante que nos hizo saltar a todos del susto, y mucha gente aprovechó para retocarse el colorete. Unas flechas luminosas  brotaron en el suelo y el de los patines las seguía frente a nosotros, guiándonos ya sin batín siquiera, y llevando escrito en los cachetes:

SÍGUEME HERM (y una flecha que señalaba a su ANO completaba el mensaje).

Uno de los chimpancés que trabajan mano a mano con Q. ,
dando una clase práctica de pintura con acrílicos en la facultad
de Bellas Artes.
Le seguimos por unos pasillos laberínticos a través de los que se oían risas de personas de la tercera edad, seguramente sacadas del público de algún programa de María Teresa Campos. Una cebra-globo gigante con un puro en la boca se nos cruzó volando, y un eructo en off trajo de nuevo el silencio. La anciana de la entrada nos rellenó las copas de crema, y dos chimpancés llegaron trayendo ante nosotros un precioso cuadro multicolor de una belleza sorprendente. "Ooooooohhhh" exclamó todo el mundo.  "Los que no vayan a comprar la pota o el cuadro, que se larguen ya" dijo la voz en off, que era seguro la misma que había eructado. 
Tardamos tres segundo en desaparecer. "Pues chica, yo la pota la habría puesto de centro de mesa si no fuera por los niños, que se la comen seguro" dijo Maca mientras Rob y Rod no le quitaban el ojo. 
Llevo toda la semana repasando una y otra vez la exposición y sus partes. Realmente atópica...

9/14/2016

Brote artístico irracional

Beltrán es un skater de 40 años que tiene el síndrome de no-maduración o, lo que es lo mismo, miedo a que te llamen Señor. Suele ir enseñando los calzones por arriba del pantalón y luciendo media melena, y le encanta acudir a eventos culturales en la ciudad al estilo “swing y concurso de engullir huevos crudos” o “grabación de un corto sobre perritos monos”. Por todos estos méritos y por estar más perdido que Mick Jagger en el festival de Benidorm, decidí llevarle a la mansión de mimbre de mi prima Pili Grossa, que acaba de convertir en el Bed and Breakfast más ligero de la ciudad. 
 "Gavilán Palomo Picassiano",
 obra resultante del brote artístico
a base de fruta y verdura del
Carrefour. 130x180cm.
Aquella mañana Pili tenía dos inquilinos: Charly, un rapero andaluz de diecinueve años a su paso por la aventura más alucinanre de su vida: conocer Chinchón; y Rodrik, un galán nórdico cuya dentadura era tan blanca como para utilizarla de bombilla si saltaban los plomos. Ambos se acoplaron en el salón de Pili Grossa con nosotros y participaron de una animada conversación que comenzó con el tema “¿Recordáis a Concha Velasco presentando Viva 87 aquella nochevieja?” y terminó con “¿qué hacer si a los 65 tengo piorrea y tienen que sacarme los piños?” Todo fue, por tanto, muy bohemio: el ambiente, los temas, los altramuces, Pili Grossa en bata de seda, Camela de fondo, Beltrán, Charly y Rodrick rodeándonos y haciendo bulto… todo aquel halo me hizo entrar en erupción, ir a la cocina a coger una lombarda fresca y yogur griego, esparcirlo por el suelo con movimientos espasmódicos, agregar pétalos de un geranio medio muerto que colgaba por el balcón, y gritar “cha, cha cháaaaaa” al mismo tiempo. Mis cuatro acompañantes llamaron a Mari, la vecina del quinto, que es psicóloga y trabaja en los servicios sociales. Tardé muy poco en recuperarme y me defraudó su actuación, tan sensata, de llamar a Mari en lugar de participar en aquel brote artístico irracional, especialmente por parte de Beltrán, que era mi invitado. Mari me dio una pastillita mágica y me hizo comprender que tengo el estrés propio del escritor que va a presentar su libro más descarado “prepara bien ese acontecimiento y, por lo demás, déjate de gilipolleces”. Qué palabras tan sabias…

8/07/2016

Gavilán ataca de nuevo: La presentación

Tuve que tragarme el orgullo y acudir a mi Antigua jefa, Joe Wang, de la clínica podológica, para pedirle que me dejase su local de 5 metros cuadrados para hacer la presentación de Gavilán Palomo, la Novela.
Lo primero que me chocó es que después de haber trabajado para ella durante cuatro años, limándole los callos a las viejas del barrio, no se acordase de mí. Cuando le expliqué que había sido su empleada ilegal más duradera me dijo sin miramiento que si quería volver a trabajar allí tendría que hacer prácticas durante los dos primeros años, porque así lo decía el nuevo convenio de los contratos ilegales.
Le paré los pies y le dije que me había propuesto ser una escritora famosa de la noche a la mañana, y que necesitaba su local de 10 a 12 de la noche un sábado para presentar la novela. Joe me miró por un segundo mientras le serraba el callo al portero del 19. “Vale” me dijo sin más. Quizás recordó de pronto la cantidad de pies repelentes que saneé en aquella cueva clandestina.
La presentación estaba programada, el público convocado, los pinchos de salami y el vino en brick preparados. El sábado a las 9.45 Joe Wang me dejó la llave, y en ese cuarto de hora China y yo limpiamos el lugar de callosidades y porciones de pie, y logramos envolver el decorado con papel pinocho azul que hacía una doble función: por un lado, ocultar las herramientas antidurezas más insospechadas y, por otro, evocar el mar, escenario permanente en mi novela. Negri quiso colaborar y se plantó uno de esos trajes de cerillera de cabaret con cofia, con una bandejita llena de ejemplares que vendería al personal  mientras yo daba un pequeño discurso sobre Mirroque de Mar y su background como pueblo bohemio del Levante.
La cara de incomprensión del
pequeño Rafael Walterson,
uno de los invitados a la
presentación, al leer que ésta
se pospondría hasta septiembre
Cuando andaba ensayando mi discursito sin fundamento, se escucharon unas palmadas desde el fondo (a 25 centímetros de mí) de la sala. Un foco que salía del fijador de mechas me apuntaba a la cara y no me dejaba ver la silueta de la que procedía el sonido. “Todo eso está muy bien, Mina Patuco, pero deberías contarles quién tuvo el valor de ponerse en manos del Mago Carrasco, o quién  aguantó la visita de aquellos americanotes en su habitación…” Sus palabras resonaron en mi cabeza como el renacer de una pesadilla olvidada. “¡Loreto!” exclamé apretándome las sienes deslumbrada, “Loreto, ¿eres tú?” Negri consiguió apagar el foco, pero para entonces ya era tarde. En lugar de Gavilán, había unas cuartillas fotocopiadas con la siguiente información:
“LA PRESENTACIÓN DE GAVILÁN PALOMO, LA NOVELA, TENDRÁ LUGAR FINALMENTE EN SEPTIEMBRE. LARGO DE AQUÍ”.
Observamos que el escaparate estaba forrado con aquellas cuartillas, y que nadie había esperando fuera. No pude creerlo. Gavilán me la jugaba de nuevo, y esta vez había actuado a su conveniencia. ¿Habría algún motivo para que quisiera que la presentación se celebrase en septiembre? ¿Tendría algo preparado? ¿Iría tal vez a hacer uno de sus numeritos de claqué improvisado?

China, Negri y yo aprovechamos lo que quedaba de la velada para hacernos los pies.

3/30/2016

Pascua inesperada en los USA

Morgan es una estudiante de arte norteamericana que solía venir a hacerse los pies a la clínica podológica. Enseguida nos hicimos íntimas, y creedme que ser su amiga implica diversión, glamour, y estar a la última en lo referente al arte. Solía llamar a mi telefonillo a horas sin sentido para pasear por la ciudad en chanclas bajo la lluvia mientras bebíamos un capuccino en vaso de plástico y me conducía a galerías de arte clandestinas donde, por ejemplo, un hombre acuclillado en pelotas –el artista- cascaba nueces con el culo.

Hace unas semanas me escribió desde Baltimore y me dijo que recibiría por email un billete de ida y vuelta para pasar con ella las vacaciones de Semana Santa. Lo más cerca que yo había estado de América fue cuando tuve aquel affaire con el Pipas en Mirroque de Mar en 1999.

No puedo alargarme tanto en un post, tendría que postear durante 30 días seguidos para contarlo todo, pero os haré un resumen de lo que he visto y vivido allí, confiando en vuestra paciencia:

-Llegué al aeropuerto Internacional de Dulles (Washington DC) a las 4 pm mientras Morgan por lo visto me fue a buscar al de Baltimore (olvidé deciros que Morgan fuma bastante, pero no tabaco)
-Dejé el móvil en Madrid porque Orange amenazó con cobrarme 12 euros por un minuto de datos, y no quería arriesgarme.
-Me di cuenta de que no tenía el teléfono ni la dirección de Baltimore de Morgan. 24 horas después de esperar, también me di cuenta de que no vendría a buscarme. Esperé otro día más con alguna esperanza, y conocí a varias personas allí, entre ellos un poli enrollado que me llevó al centro de la ciudad para que buscase un hotel (yo no tenía ni un duro). Después de ver la Casa Blanca (menuda cosa) y 5 museos Smithsonian gratuitos, subí al zoo en Connecticut Avenue e intercambié miradas de solidaridad con los orangutanes. Nuestra sensación de soledad era la misma.
-Durmiendo en un banco tuve una revelación, y por la mañana puse un puesto callejero con mis camisetas de Zara compradas a 2 euros en rebajas, sacando más de 300$ sólo por tres de ellas.
-Crucé el Potomac en barco y llegué a Alexandria, en Virginia, vestida con un traje nuevo de 3$ del JCPenney. Allí conocí a un muchachote que creyó que era pariente de Sofía Vergara, y me pidió matrimonio.  Le dije que no, pero sí acepté un viaje al día siguiente al Maryland profundo, cerca de la bahía de Chesapeake, para conocer a su familia. En el coche, me quité la camiseta y grité por la ventana sólo por honrar a los beatniks, y fuimos detenidos.
-Al sheriff del condado le gustó mi planteamiento, y por lo visto era pariente muy lejano de Allen Ginsberg, por lo que nos soltó. Llegamos a un lugar llamado Crisfield, donde la familia de Nick tenía un flea market (tienda de segunda mano). A pesar de que en ese pueblo no se le entendía nada a nadie, pude conseguir otros 300 $ por unas bambas Victoria que llevaba en la maleta, dinero con el que pagué un autobús nocturno a Nueva York, a donde llegué con unos Levi’s de segunda mano que me habían costado un dólar.
Fotografía totalmente improvisada
de los camareros del diner griego en
Nueva York
-En NY me desorienté y aparecí en Lexington Avenue, donde tomé un brunch en un diner griego. Trabajé unas seis horas en una tienda china de uñas cerca de Union Square haciendo los pies. Aunque me querían hacer fija, cogí mis nuevos 100$ y decidí volver a Washington, llegando allí en tren a las 9 pm. Me fui derecha a una taberna española en Dupont Circle que estaba muerta, donde todos los camareros eran latinos y la tortilla de patata era empanada de cangrejo. Al reconocer mi acento, el dueño (que tenía una entrada especial al comercio porque pesaba media tonelada) me ofreció 500$ si fingía bailar sevillanas al modo más pueril. Aunque me parecía un timo en toda regla, hice un numerito que me recordaba a uno que les hice a mis abuelos con 5 años, pero funcionó y llené el local. Ver a Lola Flores en la tele había servido de algo. Amanecí en un banco de la taberna, y me largué con mis 500$ en el bolsillo y una nueva oferta de trabajo fijo.
-Me tropecé con alguien y, al levantarme, sucedió algo impensable: estaba frente al Pipas, 17 años más tarde, pero era él. Ésta vez comía cacahuetes orgánicos y su aliento era más dulce. Nos abrazamos largamente y luego me preguntó quién era yo. Se lo perdoné porque estaba desesperada, y le conté lo de mi viaje entre lágrimas. Él se alegró de recordarme finalmente, y me explicó que estudiaba el doctorado en una universidad afroamericana, con una beca por ser blanco.
-Rememoramos el verano del 99 y unas horas más tarde me llevó al aeropuerto porque había llegado la hora de irse. Intercambiamos los emails e hicimos algo de drama gratuito.

Al llegar a Madrid recibí un email de Morgan que decía así: “Mina, ha sido genial pasar estos ocho días contigo en Baltimore.” No quiero imaginar a quién coj… se llevó aquella tía a su casa, pero ya se lo he perdonado. Y el Pipas volverá por vacaciones de verano.

3/08/2016

viaje en dirección opuesta

La pasada noche Morfeo vino a mí para mecerme en sus brazos oníricos y luego abofetearme bien fuerte. Pero eso sólo fue la primera parte del sueño. Yo lo interpreté como un aviso, una metáfora de lo que me esperaba: un sueño si no malo, al menos inquietante. 
Yo misma en mi sueño
(donde aparecía como un
hombre robusto), hablando
con mi prima, Pili Grossa.
Me encontré de pronto en la estación de Atocha esperando un tren hacia Lisboa, una de mis ciudades favoritas (a parte de Madrid y Chinchilla, poco más conozco). Yo parecía emocionada con mi viaje, y mientras hacía tiempo sentada en un sillón de esos que te dan un masaje por 50 céntimos, vi pasar primero a Mark Ruffalo y después a varias tortugas en fila india salidas del estanque artificial de la estación. Una de ellas me miró y me dijo que era mi prima, Pili Grossa, y que si nos íbamos de compras a Humana, que había descuentos en prendas interiores. Salí huyendo asustada, no por que Pili fuera una tortuga, sino porque tenía la voz de Quique San Francisco. Al llegar a mi andén apareció un ser peludo y enano a mi lado que me decía: "¿Y si coges el tren en dirección opuesta? Vamos, cambia de aires. Vamos, atrévete. Vamos, confía en mí. Vamos, échale valor. Vamos que nos vamos, ¡otra muñeca chochona!" Y en ese instante en el que el tono de la frase se convertía en el de un feriante de tercera, me desperté sudorosa en la litera de mi buhardilla-estudio. Ya debajo de la litera, en la chiki-cocina, tomando leche con Eco y recomponiendo el sueño, me di cuenta de algo que me erizó el vello de los muslos: justo en dirección opuesta a Lisboa se encontraba Mirroque de Mar.

2/15/2016

NOTICIA DEL DÍA: Sobredosis de gotas de azahar.

Mujer sufre un ataque severo debido a una sobredosis de gotas de azahar.
  La mujer, que frecuentaba las clases de yoga y era adicta a los talleres de patch work adaptado al reiki, había recibido recientemente el apoyo espiritual de una pitonisa del Canadá que, entre otras muchas cosas, le había dicho: "una mujer muerta te acompaña en todo momento, te preocupa tu relación con un hombre, y debes aprender a decir que no".
Al fingir el desmayo, Candelaria Ortiz
cayó por fortuna sobre una pelota de
pilates que acababa de escaparse a la calle
por una ventana del gimnasio de al lado.
  Quedando altamente impactada ante estos augurios, aludiendo que "sin duda se refiere a mi abuela, a mi marido y a mi inseguridad", y siguiendo los consejos de la guía espiritual o pitonisa, compró un geranio orgánico para tenerlo en casa y un frasco de gotas de azahar de 2 ml para administrárselo en 3 gotas diarias, una después de cada comida. 
  Siguiendo estas indicaciones, la mujer comenzó a sentirse mucho mejor y, en un arrebato de ansiedad por ser más y más feliz, procedió a echarse al cuerpo el ml que quedaba en el bote así, a cascoporro. Consciente de que había ingerido una sobredosis, aunque fuese de azahar, la mujer se echó al suelo como desmayada, se rasgó el vestido aposta, cantó akuna matata con voz de ultratumba, llamó a la prensa, y actuó de modo melodramático, teniendo la poca vergüenza de contarles lo ocurrido a los trabajadores del SAMUR, que venían a rescatarla. 
  Ante tal panorama, Candelaria Ortiz fue redirigida a las urgencias psiquiátricas de la clínica "FREUD-Y-ANO" donde reconocieron enseguida su síndrome, "gilipollitis mística", que por lo visto está ahora muy de moda. 

10/19/2015

Confesión poética


Recientemente me he inscrito en un centro de voluntariado municipal donde estoy impartiendo un cursillo "la confesión a través del poema espontáneo". Una pareja se ha lucido, ella es vendedora de bolsos en el rastro, y él rejonero. Os dejo una hermosa carta-poema que ella le dedicó a él este sábado en clase, la noche antes de perderse en el rastro y desaparecer para siempre:

Querido Adam (Adamasio)

Me encantas de día,
pero sobretodo
de noche con la luz apagada.
De ese modo
puedo imaginar que eres otro,
Bolso gallináceo, en el que se cree
que huyó la autora del poema.
Fue comprado por la mismísima Tina
Turner, que estaba de turista por Madrid.
de ese modo
puedo soñar que Brad Pitt
es quien ronca a mi lado
y no me toca un pelo
desde hace siglos…

Adam de mi alma,
rejonero mío
ni el toro ni la vaca
te hacen daño
pero a mí sí me lastima
tu vestimenta
a lo Bertín Osborne;
cuando lo veo,
daría el suelto de mi monedero
por caber en uno de mis bolsos
artesanales,
y por el arte
de Bilry-Birloque
desaparecer dentro

Adam, querido,
quiero ser sincera
como una vela
consumida (sin-cera)
y decirte a la cara
que te tengo cariño
pero no me pones
nada
nada
ada
dada
dubi
dubá


Analía J. Rimsey

6/22/2015

VUELVE DAMIAN EL VASCO


Ya os hablé de Damián, el Vasco, hace varios años en el poema del hombre apaleado. Cumplía cuarenta y cinco y ahora ya ronda los 50, y sigue manteniendo un gran parecido físico con Sergio Dalma.

Lo que ha hecho Damián el Vasco alias Cuñaaaaaooooo, este fin de semana, ha sido una de esas travesuras con las que todo hombre sueña, y que desempeña como si no hubiera un mañana: escaquearse de los quehaceres familiares, del colecho conyugal, de los partidos del nene…. Para irse un fin de semana entero con sus amigos pasados de fecha y hacerse un torneo de pádel, camisetas equipo-peña y algunas otras atrocidades carrociles propias de la edad.

El de la tienda de ultramarinos,
sobrino de la Jacoba, quiso hacer
también una exhibición de sus
habilidades, dejando a los del
padel muy desanimados.
Llegaron a Talamanca de los Motriles el viernes, y les cayeron 40 grados a la sombra. El hotel con spa que habían comprado en gruponzon.com  resultó ser la casa de la tía Jacoba, tal cual, sita en el centro del pueblo, con literas de campamento y un redil para la burra. ¿Habéis traído los sacos de dormir? Les preguntó la señora, que llevaba una pañoleta negra en la cabeza, pero que sabía manejar el whatsapp. La pesadilla continuó cuando las pistas de pádel eran, sencillamente, el aparcamiento del ultramarinos, donde les esperaban los tres únicos niños del pueblo, y los dos únicos adolescentes, éstos últimos siameses, con pancartas que decían “que gane equipo 1” los unos, y “que gane equipo 2” los otros. Además, el resto del pueblo descansaba en sillas plegables bajo una sombrilla de Amstel que les había dejado Ovidio, el del bar. Las posibilidades de huir sin ser presos de garrotazos eran tan pocas, que se pusieron a jugar con las camisetas equipo-peña, que llevaban la silueta de una tía en pelotas, y los más ancianos estaban encantados.

Aquello terminó como el rosario de la aurora: Damián el Vasco y dos más (de los seis que iban) en las urgencias más cercanas, a unos 60 km del pueblo, por deshidratación, falta de riego y, como indicó el doctor de la comarca en el informe: “indicios de vergüenza suma y desilusión máxima”. También añadió de viva voz para la radio local “creo que estos individuos habían puesto demasiadas esperanzas en un fin de semana, y siento decir que la realidad es la realidad, y esto no es Marbella”.

A la ratona de los rizos (como llaman en el barrio a la esposa de Damián, por su tacañismo y su melena imposible) no le hacía gracia que yo lo contara, pero hay que dar cuenta de lo que los cuarentones se empeñan en hacer en ciertos momentos de crisis de identidad, para que no les pase como a Julito Iglesias, que tropezó dos veces con la misma piedra(subidubá), aunque mal, mal, a él no le ha ido.