El lunes por la
mañana recibí un misterioso mensaje de texto anónimo que decía:
MINA PATUCO,
ESTÁS INVITADA A LA FIESTA MONTAÑESA DE EVELYNE WILSON. NO PUEDES FALTAR. TRAE
MAROMOS.
Y a continuación,
la dirección de la fiesta en un pueblo llamado Tranca de Petanca en la
provincia de Segovia.
Qué intriga, qué
pereza, qué abrumador, qué apasionante, pensé, sin descartar que pudiera ser un
asesino en serie. Por eso llamé sin pensarlo a mi amigo Frederick y le hice
jurar que me acompañaría sin rechistar. Fred es el amigo más alto, friki y
fuerte que conozco y además está como un queso, por qué no aprovecharme de la situación,
aunque sea altamente maniático y me estuviera pidiendo datos sobre el evento
todos los días de toda la semana, pese a jurarle que no los tenía y que solo se
trataba de una misteriosa fiesta en la montaña, de alguien que no conocíamos, ¿qué
más necesitaba saber?
Pasó a buscarme en
su buga impoluto vestido como el Duque de Alba y oliendo a Old Spice brisa marina. “Wow chico, no tengo datos de la fiesta,
pero sabemos que es en la montaña y que no es una montería”. “Ah, ¿sí? Los maniáticos
somos también previsores” contestó pulsando un botón oculto en el maletero que abría
un compartimento de madera de haya con varias prendas almidonadas. “La camiseta
de Sugus de Suchard siempre ayuda a hacer amigos” y, como Birly Birloque, pasó
de ser Pocholo a convertirse en el Notas del Gran Lebowski.
| Fred llegando a la fiesta montado en otro de los inventos ocultos en su coche |
Llegamos a Tranca de Petanca al atardecer y alguien a quien no esperaba ni en sueños salió a recibirnos: Pili Grossa. ¿A ti también te han convocado? Le pregunté inocentemente. Pili soltó una carcajada que hizo que su sujetador se desabrochara, ya que sus pechos cambiaron de situación de golpe. “Puedes llamarme Evelyne” guiñó un ojo y entendí todo de pronto. Pili y los viejos acertijos que conducen a fiestas clandestinas…
Se aproximaron
unas ocho personas a ritmo de reggae y vestidas de negro para disgusto de Fred,
pues yo también iba de negro y él con una camiseta de un sugus de piña gigante
sobre fondo rosa fosforito. Sin embargo, los simpáticos asistentes nos
agasajaron con mojitos y agua de Valencia y nos diluimos en su jarana en pocos
segundos. Ellos eran mi prima Jarcha, que había llegado en autostop recogida
por Kimonos, otro invitado de Pili de origen griego al que acababa de abandonar
su mujer; Kimberty y Tato, una divertida pareja de australiana y getafense
afincados en Valdemoro; un georginao servicial que nos rellenaba el bebercio
sin pedírselo y su mujer Savana, que ya se encontraba durmiendo la mona; un japonés
bailador de jotas y su mujer, llamada Estrella.
La fiesta era
autentica alegría. Algunos lugareños trataban de colarse por las ventanas sin éxito,
el amigo servicial nos rellenaba las copas y el resto no podíamos para de
bailar y canturrear viejos temas del pasado. En un momento dado, Kimberly
extrajo un pan redondo del horno y comenzó a pasarlo en volandas de uno a otro
como si fuese un disco ardiente a ritmo de twist hasta que, sin querer, Tato tiró
mal y con todas sus fuerzas hacia la ventana donde un vecino mirón de más de 80
castañas nos espiaba, recibiendo un bestial panazo abrasador en la cara.
Llamamos a la ambulancia del pueblo, que era un carrito con un burro que lo acercó
a un hospital de campaña para veraneantes que montaban todos los veranos en la
plaza de toros.
Aquello nos provocó
bajón y decidimos jugar a beso, atrevimiento, verdad. Evelyne confesó que era Pili
Grossa. A Jarcha le tocó morrear al japonés delante de la novia, que le arreó
un bolsazo y luego la pidió perdón. Tato se atrevió a hacer el pino en bolas.
Kimonos confesó que trabajaba como profe de filosofía en la uni desde que
veinte años atrás se colara en una clase haciéndose pasar por profesor, cuando ni siquiera había terminado la scuola
secondaria. Kimberly confesó que a veces robaba vestidos caros en la sección
de la tercera edad de El Corte Chino,
y siguieron las perlas hasta que todos se durmieron como perros apaleados,
excepto Pili o Eevelyne, Kimonos, Fred y yo. Entonces, Evelyne puso una mueca
picaresca y sacó su mítico gong nepalí. “Pero Pili, que están ya todos
durmiendo” le dije. “Son las siete, y de todos modos, puse dormidina en todas
las bebidas, incluidas las nuestras, para que cuando caigamos dormidos no
tengamos que aguantar las excentricidades del resto” respondió, haciendo un guiño
y chascando la lengua como si se le hubiese pegado un tofe al paladar. Fred me envió
un mensaje, pese a tenerle a mi lado, que decía “tengo miedo de lo que una
mujer tan impresionante pueda hacer con un gong. PD: estas guapa incluso sin
dormir”. A parte de sonrojarme, le expliqué en otro mensaje que Pili utilizaba
el gong para convocar espíritus y pedir respuestas al más allá. Que un golpe de
gong era un sí, y dos, no. Y que, aunque era ella quien daba al gong, lo hacía
manejada por la fuerza del espíritu de turno. Vi en la cara de Fred que aquella
sencilla explicación no le reconfortaba.
![]() |
| Pili Grossa poseída por el espíritu de Richard Channing, dándole al gong |
