"Espinete, ¿te vienes a la panadería de Chema?"
Don Pimpón, 1985


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10/25/2018

Tortazo a gusto

Me habían llamado de un trabajo perfecto como guía de barrio para unos filipinos jubilados que iban a pasar unas semanas de vacaciones en el barrio de San Blas. Sólo tendría que llevarles a la mercería, al súper, a la licorería... muy compatible con mis tareas de escritora, con tiempo de sobra entre paseo y paseo  y con carnaza a manta para escribir la novela del siglo. 
También una amiga me había informado de que el Pipas había venido a Madrid desde Mirroque de Mar para hacerse una radiografía porque se había partido el dedo meñique tratando de rascarse un oído en el que padecía unas alergias tremendas. 
Todo me sonreía: iría al trabajo, quedaría con el Pipas, convertiría la jornada en un relato precioso y ganaría algún concurso. Fue aún mejor cuando mi viejo amor de verano me dijo que desayunaría conmigo antes de irme a San Blas, en la taberna de enfrente de casa, donde me esperaría.
Me levanté de la cama de un salto y empleé sólo dos horas en estar lista para sorprenderle. Habían pasado años desde la última vez que nos vimos en Albacete Capital jugando a la botella con sus compañeros de carrera. (Recuerdo que la mitad de ellos tenía un aliento fétido y que yo trucaba la botella para besar sólo a los que olían a Halls de eucaliptus). 
Panorámica de los pies del Pipas en el momento en que
yo aterrizaba con los dientes en el suelo.
Bajé muerta de hambre y allí le vi. Se había cortado el pelo, aunque conservaba las mechas californianas naturales, pero iba vestido tan informal como siempre y comía pipas tranquilísimamente. Llevaba una escayola en el meñique que no le impedía seguir dale que te pego con las semillas de girasol. Al mirarnos, nos sonreímos, y crucé el bulevar ciegamente, apresuradamente, ligeramente, tan estúpidamente, que tropecé con el bordillo de su acera, creyendo que llegaba a sus brazos y a sus pipas en un pequeño vuelo. Cuando quise darme cuenta de que no sabía volar, me había tragado parte de la acera, me habían saltado varios piños y éstos mismos me habían triturado el labio superior con una crueldad excesiva. Como avisadas por radar, cientos de viejas salieron de sus escondrijos preguntando si estaba bien, qué había pasado, qué horror, qué cuadro, pobre chica, madre mía qué estropicio, esta se queda para vestir santos... los comentarios eran abundantes en sólo unos segundos, así que me levanté tan rápido como pude, llorando como en regresión con una buena torta que me di en bici en la infancia, sacudí mis brazos para que me soltaran, y corrí a los del Pipas, que no había querido ni inmutarse, seguramente para no asustarme. 
Nos metimos en un taxi de camino al hospital mientras yo berreaba como un bebé y pensaba en cómo quedaría mi cara y mis dientes después de aquello, en lo perdidos que iban a estar esos pobres ancianos filipinos en San Blas y en la escayola tan exagerada que llevaba el Pipas, para tratarse sólo de un meñique.
Al llegar a urgencias me pasaron enseguida a maxilofacial, donde una doctora me durmió media cara y me cosió el estropicio, recomendándome que me buscase un buen dentista si quería volver a comer kikos alguna vez en la vida. Al salir de la consulta, dolorida, bordada y con media cara caída como un blandiblú, encontré a un agente de policía haciéndole preguntas al Pipas. Cuando llegué a ellos, me preguntaron si había sido él quien me había pegado. Yo no entendía nada. Luego caí en su superescayola. Me entró la risa, y no se me saltaron los puntos porque esa zona estaba dormida y sólo sonreía con el medio lado bueno. El Pipas era el ser más pasota de la tierra, no le haría daño ni a una pipa. "Que me he tragado un bordillo, señor agente" le dije sin poder parar de reír, secándome las lágrimas. 
El Ratón Pérez haciendo acopio de todos sus ahorros
para poder llevarse mis dientes aquella noche.
Salimos del hospital. El Pipas aún no había articulado palabra desde que nos habíamos visto, aunque sí había dejado de comer pipas un minuto antes. Estaba horrenda junto a él, tenía la dentadura de Mikel Erentxun y los morros de Yola Berrocal con pespunte añadido. Sin embargo, me miró como en el verano en que nos conocimos, me acarició con la escayola mohosa y grafiteada en el lado bueno de la cara y me dijo con su acento alicantino-californiano: "qué bien te veo, Mina Patuco".

10/15/2018

Torremolinos'18 (Primera parte)

   Este verano tuve que aceptar un empleo como instructora de aquagym para un grupo del IMSERSO en Torremolinos. El viaje en bus con los abuelos me recordó muy poco a aquel a Mirroque de Mar con mis amigas en 1999, pero muchas de las ancianas y algunos de los abuelos me recordaron por diferentes motivos a mi querida amiga Gavilán, no sé si por la edad, las grandes narices, las gafas sucias o qué, pero era como viajar con cincuenta de ellas a la vez.
   No os aburriré narrando la odisea que fue conseguir que los abuelos, no ya que levantaran las patitas agarrados al borde de la piscina y chapoteasen como niños, sino que simplemente no se ahogasen.
   Tampoco voy a hablaros del affaire que hubo entre el coctelero murciano de 23 años del hotel y una de las ancianas más operadas de la excursión, ni de que varios de los pensionistas comenzaron a gritar en el museo de arte contemporáneo del pueblo que dentro de la escultura de un torero había una persona real, consiguiendo que el guardia de seguridad hiciese añicos aquel mármol decimonónico y fuese a la cárcel con una multa de seiscientos mil euros.
Loli (de azul) y yo (al fondo) pasándolo pipa en 
nuestro día de descanso, 
justo antes de soltar las lolas al aire.
   Me centraré en contaros lo que sucedió en la playa con Loli, otra artista sin trabajo como yo, a la que habían contratado para enseñar el chachachá a los dinosaurios.
   Loli es poeta y cantante de rock, le gustan los estampados de leopardo, las bambas victoria y los hombres pasados de 30 pero anteriores a 45. La primera tarde que tuvimos libre me animó a hacer topless “dicen que la brisa marina alisa la piel, endurece el músculo, frena la caída y redondea el globo. Y sabes…” Saber, saber, yo ni idea, pero era cierto que con el calor, cuanta menos tela, mejor, así que nos destapamos y dimos un paseo por la playa a la fresca.
   Cinco pasos más allá de que nuestros pechos hubiesen sido liberados, tuvo que aparecer Ataúlfo, el de la tienda de cómics frikis del barrio, un tipo sin gracia, sin figura, sin chispa y, al parecer, sin nada que hacer en Torremolinos. Loli también lo conocía porque había performado algunos poemas galácticos (sobre Star Wars) en su tienda y, aunque dice que fue lo más artificial que había hecho en su vida, había tanto friki que ganó dinero y todo.
La cara de Ataúlfo el friki 
mientras le hablábamos de arte pop
 justo antes de ser atacado. 
   Hablamos con él sobre el recital de Loli y la posibilidad de repetirlo, hablamos con él del mérito que tiene sacar un negocio como el suyo adelante; hablamos incluso de los abuelos del aquagym, pero en ninguna de aquellas conversaciones Ataúlfo parecía prestar atención alguna, porque no dejaba de mirarnos los pechos como si no hubiese visto unos nunca antes en su vida. Era tan molesta su mirada que si hubiese sido un láser, ya os digo yo que ahora llevaríamos dos carboncillos colgando. Movida por un impulso desconocido, le agarré de la nariz fuertemente, haciendo pinza con los nudillos índice y corazón, y le hice cantar la violetera y fumando espero antes de dejar que se soltase, se levantase del suelo y saliese zumbando en dirección desconocida.
   Loli y yo, lejos de dejarnos llevar por las molestias derivadas de aquella mirada tan intensa, nos tronchamos de risa y chocamos esos cinco de un modo adolescente que me recordó a Mirroque 99 y me hizo pensar que, al fin y al cabo, ni yo ni el resto de cosas habían cambiado en absoluto. (Continuará...)

3/08/2018

Recuerdos apestosos que no hay que olvidar

Anoche cenaba con Paqui, mi querida amiga de la infancia, a quien no veía desde hace siglos. Lleva mucho más tiempo que yo queriendo hacerse un hueco como escritora mientras alterna con otras subtareas para ganarse la vida (cría de mejillones en el hogar, paseo de bestias peludas, profesora de ganchillo, repobladora de pelo para la calvicie masculina...). Tuvimos la siguiente conversación:
—Yo creo que no voy a ir a la manifestación de mañana. Hago de recepcionista en un curso de tantra a esas horas.
—Pues deberías.
Paqui vestida de Wonder Woman en los carnavales
de Almendralejo, con la bandera de la Comunidad 
de Madrid de fondo.
—No exageres. La verdad es que he tenido suerte de no haber sufrido nunca discriminación.
—¿Ya no te acuerdas de cuando te quedaste embarazada de Paquito?
—Uf, calla, qué disgusto me llevé. Tenía 26 años y mucha vida nocturna. Me costó tanto encajarlo...
—No me refiero a eso. Trabajabas en una agencia de publicidad por la mañana y como pasante de guionista en una productora de moda por las tardes.
—¡Madre mía! ¡Es verdad! Qué tiempos...
—Me acuerdo perfectamente de que estabas hecha polvo por lo que te dijo el jefe de la agencia al enterarse, mientras tomabas un café en la cocina y él se acercaba a hablarte por primera vez en los seis meses que llevabas trabajando allí.
—Mina...
—Te dijo "así que estás embarazada..." tú asentiste y te soltó: "la semana que viene ya no vas a estar trabajando aquí".
—¿En serio?  ¡Qué cerdo!
—Eso no es todo, Paqui. Tu sueño de hacerte guionista estaba ahí, a la vuelta de la esquina, tenían preparado para ti un hueco en una nueva serie, en la productora. Habías estado trabajando sin cobrar un duro por las tardes para ellos, dando ideas y escribiendo drafts mano a mano con dos mujeres con las que te llevabas de miedo.
—¡Me acuerdo! ¡Qué simpáticas! ¡Como me gustaba hacer aquello!
—Cuando les contaste que estabas embarazada... me hablaste de los caretos espantados o apurados, o las dos cosas al mismo tiempo, de aquellas DOS MUJERES. Le dieron el puesto a otro y no volvieron a contar contigo...
—Vaya... no recordaba que hubiese estado tan cerca. Bueno, la serie les salió horrenda y la quitaron.
—Luego fuiste al paro a pedir que te apuntaran en el programa de búsqueda de empleo y la muy kjspdtsf de la funcionaria te dijo que con aquel bombo cómo ibas a encontrar curro. Me llamaste llorando aquel día.
No solemos hacer dramas de nada Paqui y yo, por la corriente literaria a la que pertenecemos de humor absurdo del más allá, así que empezamos a reírnos como locas.
La abuela de Paqui haciendo un corte
de mangas al pescadero que la había 
tocado el culo, en 1942. 
—Suelo recordar más a menudo –me dijo- que en la compañía para la que trabajé como recepcionista eventual, antes de la agencia, se enteraron de lo que había pasado y me llamaron para ofrecerme un puesto como asistente de marketing, de tal modo que cubrieran mi baja. Cuando di a luz vinieron a casa a verme y me ofrecieron otro contrato de jornada reducida para que pudiese estar con Paquito. No lo acepté porque nos fuimos a vivir fuera los tres. Era gente maravillosa a la que nunca olvidaré. —Paqui me miró a los ojos convencida– ¿A qué hora quedamos mañana para ir a la manifestación? El tantra sobrevivirá sin recepcionista.

12/02/2016

La enseñanza de la croqueta

Las últimas semanas he estado realmente ocupada con mi nuevo trabajo: me han contratado para enseñar a las gentes de varios lugares de la ciudad a decir la palabra "croqueta" correctamente. 
En 2015 varios científicos de la Universidad de Cuenca hicieron un estudio sobre las palabras mal dichas en castellano en la Península Ibérica, y la palabra croqueta (o cocreta, mal dicho) fue la ganadora, acercándose ésta en persona (en palabra) a la Universidad a recibir el premio (35 euros en vales de Mercadona).
Este hecho concienció al Ministerio de Educación y Cultura de que era necesario hacer algo de inmediato y, muy eficientemente, se han destinado treinta millones de euros para pagar a profesores como yo (he hecho un cursillo) a enseñar a decir CROQUETA correctamente por todo el territorio nacional. 
El cocinero bengalí haciendo los ejercicios
de pronunciación "CROOOO"
"Es importante que el término COCRETA desaparezca antes de que la RAE lo admita en su circense diccionario, como lo ha hecho ya con ALMÓNDIGA, ASÍN, o NORABUENA. Estamos dispuestos a sacar las armas si es necesario" llegó a declarar un alto cargo del Ministerio en un ataque de pasión lingüística inexplicable. Aseguró que otras necesidades educativas en el país podían esperar.
Y en eso estoy. Mi alumno estrella es un bengalí que lleva treinta años de cocinero en una de las cavas de la Plaza Mayor, y que nunca antes había oído el término bien pronunciado. Estoy utilizando con él diversas técnicas pedagógicas para que se olvide de las cocretas y se pase a la croqueta de verdad. Le obligo a hacer la rana diciendo CRO más de quince mil veces seguidas en una mañana (le propongo saltar también como una rana, para amenizar la clase y motivarle). Aún queda QUETA, pero creo que en eso dará menos trabajo. 
"Tampoco lo veo tan grave" me dice Reme, que es la yaya de unos chiquillos que viven a la vuelta de mi casa. Se niega a aprenderlo a decir bien y cree que si deja de decir cocreta, esas ricas masas empanadas no sabrán igual.

8/07/2016

Gavilán ataca de nuevo: La presentación

Tuve que tragarme el orgullo y acudir a mi Antigua jefa, Joe Wang, de la clínica podológica, para pedirle que me dejase su local de 5 metros cuadrados para hacer la presentación de Gavilán Palomo, la Novela.
Lo primero que me chocó es que después de haber trabajado para ella durante cuatro años, limándole los callos a las viejas del barrio, no se acordase de mí. Cuando le expliqué que había sido su empleada ilegal más duradera me dijo sin miramiento que si quería volver a trabajar allí tendría que hacer prácticas durante los dos primeros años, porque así lo decía el nuevo convenio de los contratos ilegales.
Le paré los pies y le dije que me había propuesto ser una escritora famosa de la noche a la mañana, y que necesitaba su local de 10 a 12 de la noche un sábado para presentar la novela. Joe me miró por un segundo mientras le serraba el callo al portero del 19. “Vale” me dijo sin más. Quizás recordó de pronto la cantidad de pies repelentes que saneé en aquella cueva clandestina.
La presentación estaba programada, el público convocado, los pinchos de salami y el vino en brick preparados. El sábado a las 9.45 Joe Wang me dejó la llave, y en ese cuarto de hora China y yo limpiamos el lugar de callosidades y porciones de pie, y logramos envolver el decorado con papel pinocho azul que hacía una doble función: por un lado, ocultar las herramientas antidurezas más insospechadas y, por otro, evocar el mar, escenario permanente en mi novela. Negri quiso colaborar y se plantó uno de esos trajes de cerillera de cabaret con cofia, con una bandejita llena de ejemplares que vendería al personal  mientras yo daba un pequeño discurso sobre Mirroque de Mar y su background como pueblo bohemio del Levante.
La cara de incomprensión del
pequeño Rafael Walterson,
uno de los invitados a la
presentación, al leer que ésta
se pospondría hasta septiembre
Cuando andaba ensayando mi discursito sin fundamento, se escucharon unas palmadas desde el fondo (a 25 centímetros de mí) de la sala. Un foco que salía del fijador de mechas me apuntaba a la cara y no me dejaba ver la silueta de la que procedía el sonido. “Todo eso está muy bien, Mina Patuco, pero deberías contarles quién tuvo el valor de ponerse en manos del Mago Carrasco, o quién  aguantó la visita de aquellos americanotes en su habitación…” Sus palabras resonaron en mi cabeza como el renacer de una pesadilla olvidada. “¡Loreto!” exclamé apretándome las sienes deslumbrada, “Loreto, ¿eres tú?” Negri consiguió apagar el foco, pero para entonces ya era tarde. En lugar de Gavilán, había unas cuartillas fotocopiadas con la siguiente información:
“LA PRESENTACIÓN DE GAVILÁN PALOMO, LA NOVELA, TENDRÁ LUGAR FINALMENTE EN SEPTIEMBRE. LARGO DE AQUÍ”.
Observamos que el escaparate estaba forrado con aquellas cuartillas, y que nadie había esperando fuera. No pude creerlo. Gavilán me la jugaba de nuevo, y esta vez había actuado a su conveniencia. ¿Habría algún motivo para que quisiera que la presentación se celebrase en septiembre? ¿Tendría algo preparado? ¿Iría tal vez a hacer uno de sus numeritos de claqué improvisado?

China, Negri y yo aprovechamos lo que quedaba de la velada para hacernos los pies.

5/27/2016

ME LARGO (de nuevo)

No llegué a contaros los motivos por los que dejé la clínica podológica donde trabajé (entre otros) hasta hace un par de meses, y hoy he encontrado este relato, que escribí muy confiada después de mandarlo todo a paseo. Dice así:

Al fin reniego de mi trabajo de lunes, martes y viernes. La podología no es lo mío, ni la "estetiSIÉN" tampoco. Llevaba algo de tiempo tratando de decirle a Joe Wang, mi jefa, que quiero largarme de aquí. Me sentía mal, culpable, como si le fuese a hacer la faena del siglo. Pero al fin se lo dije: "Joe Wang, que quiero dejar esto". Joe me clavó su mirada profunda y oriental y me dijo: "¡Claro! ¡Haz lo que te venga en gana!" Luego eructó y dijo "¡salud!". Entonces, tentada por la idea de recular en mis palabras, vista la poca importancia que me brindaban después de darlo todo durante los tres últimos años, entró un albañil de 67 tacos, recién llegado de enyesar, grueso y con un olor corporal similar a una Wopper XL, y exclamó: "Hohe, he vengo de la hohra, tengo loh pieh ahí ahí, me loh laváih y alicatarme lah uñah y eho".
Lijadora con la
que mi compañera
Ani, la arquitecto,
lijó los pies del
albañil.
Se quitó las zapatillas de estar por casa y se dejó ver dos cocodrilos momificados, o lo que era lo mismo, sus pies. Joe Wang me miró y entendí que era un regalo para mí. Entonces me sentí reafirmada en mi decisión y me largué, dejándole a mi compañera Ani aquel marrón. Mi abuela dice que hay cosas peores que mi trabajo, y no lo dudo. Pero es hora de hacerme entender a mí misma que podría haber otro futuro. Sobreviviré trabajando en la pastelería vegana los miércoles y jueves y como canguro de esos pequeños hijos de la vecina. Lo que más me anima en estos momentos, hoy en concreto, en mi primer día de libertad, en que me he apuntado a un curso presencial de ganchillo, arte floral y poemática, tres en uno, en Bar Manolo. 

El curso de Bar Manolo no fue para tanto. Pero he sobrevivido hasta ahora. Os seguiré informando.

1/20/2016

SUSTITUCION OFICINESCA


La semana pasada he estado sustituyendo a mi amiga Mona, que se ha roto una pierna, en su trabajo de oficina. Algo aburridísimo, sobre todo en lo referente a perseguir a clientes para que paguen lo que deben.

Os retrato una conversación real por teléfono, tratando de contactar con la gestora de pagos de unos conocidos grandes almacenes:

-Holaaaaaaa! ¿Está Consuelo?
-Y con Pared. Qué gracia, ¿no?
-¡Hombreeeeeeeeeeeeee! ¡Raúuuuul!
-¿Quién llama? ¿Es una broma?
-No, soy Mina Patuco. La que no es Mona. La de la PLAC S.A., los fabricantes de fajabragas, que no tenemos nada que ver con PLAXA S.A. aunque suene parecido...
-¡Si, sí! Por favor, basta, ya lo he entendido.
-Si no hay nada que entender, hijo. Bueno, ya me estás poniendo con Consuelo.
-Ya lo pillo. Es por ella por quien preguntas.
-Qué locuaz.
-Un momento a ver si no está en el servicio  ni en el desayuno ni en la comida ni haciendo algo por lo cual no pueda atenderte.

Se cree que desconecta, pero se oye todo:
"Se oyen patatas crujientes en
la boca de Consuelo mientras habla".

-Consu! Es la plasta de PLAC. Una de las dos. ¿La mando a tomar por culo según el plan acordado A o el B?
-¡El B, por favor! El A ya se lo saben.
Se oyen patatas crujientes en la boca de Consuelo mientras habla.

Retomando el teléfono, Raúl:

-Hola Mona.
-Es Mina.
-Eso, Maura. Está vomitando, que hoy le han sentado mal los entremeses.
-Ok, pobre... Pues que me llame cuando se acabe las patatas.
-Sí, claro, enseguida. 
-Pero que lo haga, ¿eh?

-Que sí, que sí, hasta pronto Mica…

Mi sustitución ha terminado, y Consuelo nunca llamó de vuelta. Le deseo suerte a Mona, así como que le toque pronto un pellizco en la lotería para largarse de allí cuanto antes.



12/01/2015

SILENCIOSO CUMPLEAÑOS

Sigo poniendo orden en mi buhardilla exterior, archivando todos los papelotes de mi pasado, lúdicos y profesionales. He encontrado esta perla, este poema feroz que escribí en mi cumpleaños de los 23 (hace sólo tres años), cuando trabajaba en aquella oficina apestosa pero con un buen porcentaje de gente guay:


SILENCIOSO CUMPLEAÑOS

Quise mantenerlo en secreto
ante toda la oficina,
ya que el año anterior
las orejas escocidas
de tanto tirón
¡Ay, ayyyyy!
gritaba con todas mis fuerzas,
pero no me oían
aunque la que me quedaba sorda a tirones era yo.

Cumpleaños feliz
      me susurró el jefe
              mientras pasaba
  chasqueando los deditos
en dirección al baño.

Gracias
quise decirle esta vez,
pero él ya estaba fuera de mi alcance
Esperé
     y esperé
         y esperé
                   …
                      …
                         …
Hasta que media hora más tarde
y con el periódico 
bien doblado 
bajo la axila
Mi antiguo jefe,
el día en que quiso felicitarme
salió el jefe
del aseo de caballeros

Gracias
repetí
esta vez ante él.
Y él
quiso extenderme la mano
para felicitarme con honores.
Entonces
no pude contenerme:

LA MANO DESPUÉS DE ESTAR MEDIA HORA CAGANDO NO TE LA DOY

Y con esta frase
gloriosa,
directa,
atrevida,
le dejé
          rojo como un tomate
                    ante toda la oficina


Imagino que sabréis lo que vino después. Hice mi cajita de recuerdos y salí de allí en busca de un nuevo trabajo. Lo mejor que me ha pasado nuca.

7/07/2011

Entrevista en Parla

Me sentía como una inmigrante cogiendo un autobús y cruzando caminos que nunca había recorrido... hasta que al fin llegué al polígono industrial de Parla donde me entrevistarían para ser la nueva responsable de algo -aún no sabía qué. Me presenté allí, frente a Mary Cruz, la chica de recepción, quien se fue a anunciar a Milagros, la de RRHH, que ya estaba allí. Esperé pacientemente de pie, mientras Mary Cruz me ignoraba y hablaba por teléfono con personas que le hacían mucha gracia.
Al fin me metieron en una habitación moderna y grande, como la sala de reuniones en la que nos metieron en mi ultimo trabajo para anunciarnos a todos el despido colectivo. No había nadie. Solo una tele gigante. Una voz muy diferente a la de Dios, pero proce
dente del más allá me dijo "Mina Patuco, encantada, soy Mila, te hablo desde Alpedrete!"
Me pregunté si alguno de mis conocidos tendría medios para gastarme una inocentada de tales dimensiones, sin embargo, era que no: Mila me hablaba por videoconferencia desde Alpedrete. Tres minutos más tarde, me encontraba más comoda, contestando a sus preguntas. "Y ahora, entrará Geronyme, tu futura jefa, la gerente de la nave". Geronyme era francesa y muy contundente. "Te quedarás a cerrar hasta las ocho, espiarás al personal, harás reportes de lo espiado, hablarás inglés y francés, actualizarás la web, recepcionarás a los
clientes, estarás encargada del jardín, vigilarás a los de la limpieza, cuando yo no esté te pondrás esta máscara y deberás pasear por los pasillos cinco veces al día para que todos piensen que estoy en la oficina, me lavarás el pelo tres veces por semana, te encargarás de hacer las compras de material y de los rollos de papel higiénico, y no tendrás ni un solo día libre hasta que al menos hayas cumplido tres años en la compañía".
Soy Mina Patuco. Podría haberle dicho que conocía a las raposas de su especie, que trabajé con algunas, que olisqueo a otras en el metro, o que me llamase cuando encontrase a una
esclava que se prestase a todo aquello allí, en su poligono de Parla, por tres duros. Sin embargo me despedí como una verdadera profesional, y salí al polígono a coger el autobús de vuelta, donde hacía 40 grados a la sombra.
Me acorde de Gavilán Palomo en Mirroque, y volví a preguntarme cómo habría conseguido su cómodo trabajo como activista de CCOO. Luego, conté cuantas copecas me quedaban en el bolsillo, al estilo de Raskolnikov, algunos sabéis de quién se trata, y me fui a casa a limpiar el polvo.

(En la foto, las modernas instalaciones del centro de trabajo)

12/01/2010

Interviú de veras

Ayer mismo fui a la famosa interviú. La única que se ha dignado a aparecer en mi vida desde que la alfarería me anunció que prescindía de mis servicios.

Llegué allí con la tranquilidad con que mi peinado a lo Cleopatra suele permitirme, con una estampita del Dalai Lama en el bolso, y sin grandes esperanzas. Entonces apareció Charo. La jefa de recursos humanos de la empresa SIBIDES, que es la que me había citado. Después de hacerme un par de sencillas preguntas profesionales como “ ¿Eres buena escribiendo?” y “ ¿eres capaz de hacer un informe económico interno que concluya con un balance comparativo con otras siete empresas del mismo sector?”, me dijo: AHORA, POR FAVOR, DESNÚDATE.


Creía que era una broma. Pero ni mucho menos. La empresa SIBIDES no tiene otro lema que SIéntete BIen DESnuda. Se dedican a temas muy variados de consultoría y bollería industrial, pero quienes trabajan para la empresa, deben andar siempre en pelotas por la oficina, en reuniones, etc. La verdad, después de que Charo se despelotase delante de mí mientras me explicaba que “no pasa nada”, accedí, “estamos en crisis”, pensé, “y por esta tontería de no querer trabajar en bolas no voy a perder una oportunidad”, así que me despeloté enfrente de Charo, ya desnuda, y fingí que aquello era muy natural, sin poder dejar de pensar en qué tipo de cirujano había visitado la entrevistadora para tener los pechos tan turgentes. Entonces se me ocurrió preguntarle cuánto pagaban por el puesto de nueve horas diarias con horario partido de 9 a.m. a 9 p.m., trabajando las mañana de los sábados, y un domingo al mes, sin cheques de comedor, temporal por nueve meses, y sin posibilidad de incorporación. Entonces me dijo aquello. 10.000 euros anuales. Luego me preguntó que dónde me veía yo misma dentro de seis años. Mientras me vestía a toda pastilla le contesté que me veía en pelotas, pero en la cama con un millonario, porque en este país era imposible ganarse la vida de un modo menos decente que ese… en fin, algo tenía que decirle antes de animarla en su búsqueda para encontrar el ejecutivo de cuentas de su ridícula empresa de bollería apestosa…