"Espinete, ¿te vienes a la panadería de Chema?"
Don Pimpón, 1985


1/14/2020

CONCURSO DE MIERDA PARTE IV

...y cuando al fin llegamos al colmado, Ruger nos recibió con una miradita que nos indicaba que de momento, la directora del centro no había parado de hablar sobre la nueva moqueta de la guardería y otras memeces.   
 Di un repaso a las personas que estaban en aquella trastienda del colmado, por cierto, un lugar cutre como ninguno, con humedades y aspecto de vivienda de duendes. Allí estaban, fingiendo que aquello era una tertulia literaria en lugar de un complot propagandístico: una chica de mi edad bastante fina, y me refiero a que era delgada como un hilo; un hombre con bigote a lo Galdós tan grueso que ocupaba todo el espacio extra que la primera dejaba libre; dos hermanas gemelas de edad indefinida, pero sin duda mayores de cincuenta años, con unas pecas que les daban aspecto travieso; una anciana encorvada de más de cien años que no sé por qué, servía cafés sin descanso; un último hombre que parecía de la Guardia Civil, porque iba vestido de Guardia Civil y llevaba un tricornio y una chapa en la que ponía Guardia Civil


Reunión en el colmado. La directora
se cree que es Simone de Beauvoir
 y el resto finge que se trata
de una reunión de intelectuales
existencialistas encabezados por Sartre.
 En realidad, mi contrincante sólo podía ser la chica fina. El resto no cuadraba con la franja de edad. La directora entró en bucle con las luces led de la guardería y el Pipas se hizo el gracioso pintándole cara a una pipa y poniéndola en media cáscara abierta, como si fuese un Moisés mínimo a punto de ser abandonado en el Nilo. Se lo pasó a Paqui, que aguantaba la risa, luego a mí, que les chistaba con la mirada divertida, y al fin yo se la pasé a Ruger, que al cogerla y verla, la tiró por los aires soltando un gritito en catalán, haciéndose mirar por los presentes y diciéndonos en bajo “cómo sois, con la grima que me dan los críos…” La tertulia se hacía enfermiza y yo ya me preguntaba si es que no habían invitado a ningún intelectual rancio para hablar de sí mismo, como en cualquier acto literario que se precie (véase Haroldo Amat), pero el hombre gordo del bigote galdosiano carraspeó, y otra vez lo hizo aún más fuerte, y otra más, de un modo que parecía que estaba en el excusado intentando no voy a explicar qué. 
Momento en que el hombre del
bigote carraspea hasta parecer
que va a hacerse caca
 La directora se calló por fin y todos le miramos horrorizados, entonces, el hombre aprovechó para dar las gracias por cederle la palabra y se puso a hablar de su obra, que eran tratados de tauromaquia y de cómo hacer kéfir, y cómo los había autoeditado con financiación del Estado (en serio, no pregunten). De pronto, se produjo una explosión. El Pipas había explotado la bolsa de pipas Facundo sin querer. Las gemelas traviesas reían a carcajada limpia y el Guardia Civil exclamó “callarse, coño”. Entonces, pasó un ángel y luego otro, las gemelas lloriquearon un poco y el del bigote dijo “qué vergüenza”. Ruger me susurró: “pero, ¿cuándo dan el premiet?” y la directora le oyó y dijo “primero leeremos el poema ganador del año pasado”. La chica fina se levantó con una hoja impresa y declamó:

Soy un hombre con sentimientos
y algunos vicios,
las tragaperras son mi fuerte, 
el chato de vino mi agua, 
la partidica de mus… 
pero me pusieron una guardería 
al lado de la oficina 
y ya sólo olía plastas de bebé 
y oía llantos constantes. 
Hice una broma Telefónica 
y dije que volaría el local 
si no se iban a otra parte… 
A cambio, pasé tres años en la cárcel 
y gracias a eso, 
ahora soy poeta.

 La flaca se desinfló y agregó: Néstor Turado. Los aplausos ensordecieron la cueva, la verdad es que el poema era bueno, pero el poeta, claro está, no había sido un alumno sino el loco que hizo el aviso de bomba. 
 “Y ahora”, dijo la directora, “el ganador de este año es… ¡Bertín Osborne, por el poema Loco por la guarde!” El guardia civil se levantó y fue a por el premio “un set de cremas de Primor” anunció la directora haciéndole entrega. Los cuatro estábamos atónitos. Pero, ¿se trataba de otro Bertín Osborne?  ¿Era su representante? ¿Su colega? ¿Un farsante? Y sobretodo, fuese premiado uno u otro, ¿qué pintaban en mi franja de edad? El resto de los presentes parecían encantados, como si entendiesen lo que estaba sucediendo. Salí arrastrada por mis tres amigos y Ruger nos condujo a la tasca de al lado que tenía cierto glamour de barrio, donde nos confesó que había llegado conduciendo el AVE de Barcelona tres años atrás y que había desertado de la conducción de trenes desde entonces, dedicándose a vender aceitunas de Camporreal, su sueño de toda la vida. Poco a poco volví a la realidad, disfrutaba de mis amigos y tomaba notas mentales para mi próxima novela o poema, entendiendo que jamás ganaría un certamen literario... a no ser que lo convocase yo.

1/08/2020

CONCURSO DE MIERDA PARTE III


  No pensé que volvería a participar en un concurso literario después de aquella experiencia de concurso de barrio hace un par de años. Pero ocurrió. Volvía a ser algo como hecho para mí: un concurso de poemas organizado por la guardería de mi infancia, donde sólo podían participar “niños que hubiesen asistido a la guardería Cuchi Cuchi en el año 198…” Aquel era mi curso y los asistentes, sólo cinco niños más. Mi madre trabajaba cuidándonos en casa, pero decía que yo no le dejaba ver Falcon Crest (lo único que le motivaba a vivir en aquel entonces, rodeada de hijos sin saber ni de dónde habían salido).

 En Cuchi Cuchi me enseñaron a beber de la taza, coger la cuchara y comer solita sin macharme, e incluso cambiarme el pañal. Prácticamente salí criada y, al parecer, en aquel concurso, buscaban textos que hablasen de aquella experiencia, como bebé que alcanza la autonomía y está listo para pasar al jardín de infancia.

 Revisé bien las bases y pedían cosas muy concretas: que tuviese, como máximo, tres versos y como mínimo dos; que tuviese, como mínimo, doce palabras y como máximo treinta; que no dijese porquerías; que contuviese todas las vocales… y otra serie de chorradas que se me cansan los dedos de escribir.

Seleccionando volúmenes de la enciclopedia
para escribir el poema de tres versos
 Tras varios días, escribí algo que cuadraba con las bases: mencionaba a la profesora y la canción de Pepito Conejo y contenía los pensamientos de un bebé (yo) de aquel tiempo. No estaba mal para haber utilizado solo 29 palabras divididas en dos versos alejandrinos y otro verso huérfano de una sola palabra como cierre.

 Esperé nueve meses y medio (teniendo en cuenta que éramos, como mucho, seis concursantes) y finalmente un domingo a las seis de la tarde miro por casualidad el correo electrónico y leo: deberán acudir a la entrega de premios del concurso bla bla bla esta misma tarde a las seis y media en el colmado de al lado de la guardería bla bla bla si el ganador no se presenta, el premio, aún no revelado, pasará a ser propiedad de la guardería. 

 Me levanté de un salto y desperecé al Pipas, que había venido de Mirroque a verme aquel fin de semana, y bajamos a toda prisa por la escalera, donde nos encontramos a Paqui, mi vecina, que se ofreció a hacer de taxista. Atravesando los barrios del centro, saltándonos a la torera las restricciones, nos encontramos con dos manifestaciones: una contra el cambio climático y otra a favor de continuar destrozando el planeta para demostrar que sobreviviremos gracias a aparatos estilo buzo que podremos llevar los humanos para respirar y con los que seguiremos viviendo aunque haya desaparecido el ecosistema por completo. Nos entró la risa floja y la llorera en el coche, en parte por los modelitos de la gente, que cada día son más feos, en parte por la incongruencia social y el circo en general, en parte porque íbamos a llegar tarde y perdería la jugosa recompensa. El premio sólo podía ser mío. 

Mina Patuco, el Pipas y un autoestopista que recogieron en la
manifestación, en la parte trasera del Renault 5,
presos de una nebulosa de idiotez generalizada
 Entre aquel histerismo contagioso dentro del Renault 5, surgieron un brainstorming de gilipolleces que me recordaron a mis mejores días en los cursillos de verano de Mirroque de Mar. Paqui se equivocaba de palabras como borracha y decía cosas como “me tiro un pedo” en lugar de “me pego un tiro”. El Pipas, con los nervios, se atragantó con una cáscara de pipa y exageraba diciendo “parad powr favowr que me ahogou” mientras nosotras dos nos moríamos de risa seguras de que era una de sus gracias, hasta el punto de ponerse morado y vomitar por la ventanilla para terminar de convencernos. Yo interpreté una canción de Dyango y Paqui hizo los coros con un sencillo “el premio será betún para los zapatos”. A punto de cumplirse la hora, estábamos aún lejos. Exageramos unos gritos por la ventanilla pidiendo clemencia, pero Paqui exclamó: “¿Y no vive por allí Ruger, el aceitunero de casa?” Me pasó su móvil y me obligó a llamarle para que se acercase en mi nombre y recogiese el trofeo. Ruger estaba terminando de ver Mogambo en la tele, tirado como una colilla, pero al explicarle el asunto, me aseguró que por encima de su cadáver perdería yo el premio de un concurso literario de guardería de barrio. Así lo dijo y así lo hizo, y cuando al fin llegamos al colmado, Ruger nos recibió con una miradita que nos indicaba…



Debo dejar el desenlace de esta historia para el próximo post, ya que éste sobrepasa la longitud máxima habitual, pero os aseguro que no decepcionará, en absoluto.

12/12/2019

Dospuntosnarizyboca, un encuentro extraordinario

¡Mina! ¡Mina Patuco! Me llamaban a mis espaldas, como si fuese alguien de confianza, tipo mi hermano o el pescadero. Al darme la vuelta, un rostro desconocido y simple como una vela. Pregunté con la mirada y  el chiquillo, sonriente y emocionado, continuó con lo que era para mí una farsa. ¡Mina Patuco! Por el amor de Dios... no tenía ni idea de quién era, pero ya me había plantado dos besos y preguntado qué hacía ahí.
–Pues ya ves que trabajo en el catering - le dije señalándome con la mirada la cofia y dándole a probar sushi de la bandeja que andaba pasando- soy escritora, y por eso...
El  tipo se rió como si acabase de contarle un chiste de Eugenio y al fin descifré la incógnita:
–¡Dospuntosnarizyboca! –exclamé sin poder controlarlo.
Fotografía de
Dospuntosnarizyboca
realizada por Mina Patuco
en la fiesta de Navidad
-¿Qué?- preguntó, con la falta de expresión que le caracterizaba.
"Dos-puntos-nariz-y-boca era un chico de mi clase del instituto. Le llamábamos así porque si pintabas dos puntos, una nariz y una boca en una hoja, aparecía su cara, ni más ni menos. Ahora fingía que no le sonaba el mote. No le quise decepcionar, ni borrarle la sonrisa tan maja que tenía, pero es que tampoco me acordaba de su nombre.
-Bobby... -me aventuré.
-Manolo - me corrigió. Había estado cerca. Le pregunté yo qué hacía en la fiesta de Navidad de PQM y me dijo "soy  consultor". Le di el pésame al pobrecito y me comí un escargot
a su salud, tan aliviada me sentí de no estar en su pellejo.  "Con lo simple que eras, Dosojosnarizyboca, y has acabado aquí, cuando podías haber sido perfectamente empleado de una papelería o taquillero de la Renfe; informático o técnico de laboratorio, cualquier oficio sin pretensiones, como  tu rostro", quise haberle dicho. Pero se ve que la elección de su  curro estaba relacionada con compensar precisamente aquella aburrida simplicidad. Una horita más tarde debía de seguir con el rollo de  compensar en la cabeza, porque inauguró el karaoke cantando nada menos que "Soy un truhán, soy un señor", de Julio Iglesias Senior, mirando directamente de sus ojirris a mis ojos. Yo hubiera esperado algo como Creep, que iba más  con quién era (o fue), pero al fin y al cabo, ¿por qué no iba a ser un señor? Al menos él no llevaba cofia.
Luego me lanzó un guiño desde el punto de su ojo y un beso con la palma de su mano que sopló y sopló hacia mí, tanto, que se mareó y cayó desmayado. Pude haberle rescatado y acompañado en su aventura karaókica igual que una vez estuvimos juntos en la palestra de clase de latín declinando el can, canis, pero pasé. Me esperaban dos horas de pasar bandejas y Dospuntosnarizyboca se disolvió en la fiesta, simplemente como uno más.

11/24/2019

Visitando al tío Toni

El tío Toni es ese hombre que venía de visita los domingos para sacarnos de paseo a mis hermanos y a mí. Era una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde porque tan pronto contaba unos chistes para mondarse como en un suspiro se ponía rojo como un tomate regañándonos a pleno pulmón por cualquier memez. Las ganas de verle eran contradictorias, pensando en la diversión y en las broncas a partes iguales.
El fin de semana pasado me acerqué a verle a él y a mi tía y me invitaron a un cocido de los de antes. Los comentarios fueron los de siempre: “por qué no te casas, búscate un trabajo serio, vete a misa…” Pero llegado el momento, el tío Toni se vino arriba y comenzó con su ristra de chistes, algunos groserísimos, como este que se inventó delante de mis narices, asegurando que se lo habían contado “ayer”:
El tío Toni con
tapones de botella
en los ojos, su gracia
favorita 
-A un hombre le regalan un espejo muy grande. Llevaba años sin tener uno en casa, así que se desnudó de inmediato y descubrió que tenía algo en el vientre, que no era otra cosa que el ombligo. Lo palpó y enseguida se hizo con un destornillador para empezar a desatornillarlo con gran curiosidad hasta que ¡CLONC!... ¡los huevos se le cayeron al suelo!

Mi tío soltó una gran carcajada, como si acabase de oír el chiste en boca de otra persona (probablemente se había sorprendido a sí mismo, ya que se lo había inventado); mi tía se llevó las manos a la cara y se tapó los ojos denegando con la cabeza y yo me mondé por su originalidad pero, sobretodo, por la imagen de ambos, cada cual en su papel. Al verme reír, se animó aún más porque su público favorito le acompañaba (casi seguro que la imagen de mis hermanos y yo desdentados, riéndole las gracias, le vino a la cabeza) y se aventuró en algo mucho más complejo que decía así:

El tío Toni vestido
como un chiquillo
moderno, leyendo
Gavilán Palomo 
-Un hombre trabajaba en una fábrica de agujeros… - mi tía se levantó fingiendo que iba a hacer café, la cosa se ponía crítica. El tío Toni tiene una vertiente mucho más allá de lo groserísimo y es la surrealista, la que termina de sacarle de quicio a mi tía- El hombre tenía un camión, y cargó un gran agujero en el vehículo para llevarlo a un cliente. A mitad del camino, siente cómo se le abren las puertas de atrás y suena un gran estruendo. El hombre para el camión para ver lo que ha pasado y al llegar atrás no le da tiempo a ver nada, porque se cae por el agujero.
Llegados a este punto, mi tío llevaba un cogorza humorística que no había quien lo frenase, a pesar de que el chiste es, aunque a mi juicio muy bueno, de un humor tan elevado que pocos lo reirían. Sin embargo, no pude evitar partirme y pedir otro mientras mi tía seguía refugiada “con el café”. Animado por los buenos resultados, se lanzó con un tercer chiste:
-Un tipo entra en un bar y pide una ración de mejillones. El camarero se hace el remolón y trae sólo la bebida. El cliente le pregunta: “oiga, ¿y los moluscos?” a lo que el camarero contesta “MOLUSCOMÍ”.
La magia se evaporó y a la tía se le cayó el café por el camino. Fue como un jarro de agua fría. El tío Toni arrancó a reír pero yo no lo conseguía y él tampoco acababa de creerse su propia risa. Entonces, le vi arrugar la narizota, un gesto que avisa de que la bronca-cabreo se avecina.  Sabía que, hiciese lo que hiciese, me caería la bronca del siglo. Así que me aventuré a decir “parece que estas nuevas elecciones…” y entonces me cortó y me cayó la del pulpo, puso verdes a “aquellos cinco payasos” y y echó la culpa a mi generación, rojo como un boniato y a punto del colapso cardíaco. Yo me acordé de Michael Jackson y de su moonwalker y me puse de pie mientras recibía la bronca (que me traía entrañables recuerdos) y me iba alejando marcha atrás, hasta que alcancé la puerta y salí por patas.
Adoro al tío Toni, y olvidé decirle que le quiero antes de irme y por supuesto, estoy deseosa y aterrada – a partes iguales- de volver a verle pronto.

10/07/2019

CARTELERA CULTURAL: Frustración en Paguí

Título: Frustración en Paguí
Género: Nouvelle Vaga (que no Vague)
Duración: Dos hogas y tgese minutes
Director: Ann Fanterrible
Idioma: español y francés de los bajos fondos (mec, putain, flic, etc)
Reparto: Tuque Sabes, Johny Dea, Apu Esnada y B.T. Yah. Cameo de Quique Sanfrancisco haciendo de galerista ciego de la calle Rochefort (galería de alimentación).

Argumento: Paula sueña con ir a París y en una tómbola benéfica le toca una batidora con ticket regalo de El Corte Inglés. Al ir a cambiarla por algo más práctico, le devuelven mil eurazos, con lo que se decide a sacarse unos billetes low cost y reservar los 800 restantes para le voyage, de 4 días.
Su sueño es cortarse el pelo a lo garçon, comer filet mignon y crème brûlée y llamar a les flics desde el Bois de Boulogne diciendo que se ha perdido.

Nada más llegar, descubre que los 800 euros que lleva no le durarán ni 24 horas y que cucú se dice igual pero se escribe diferente. Ilusionada por ir directa a Montparnasse a descubrir por qué Simone de Beauvoir se enamoró perdidamente de Jean Paul Sastre, que era espantoso, se decide a coger le métro desde su hostal en la Rue Perignac, donde le ocurren dos cosas extraordinarias: una, se encuentra por casualidad a su amor de verano de veinte años atrás y dos, al irse a saludar, el chico tropieza y se rompe le peroné. Los cuatro días siguientes los pasa la pobre Flora (su nombre ya era una fatalidad) acompañando a Elmer (sí, Elmer) a los distintos despachos médicos donde requiere tratamiento, sin poder tomarse ni un café en el Flore, cantar la Marsellesa o ver la tumba de Jim Morrison. 
Despedida Flora-Elmer 
antes del gran bofetón
Pasados los cuatro días, Flora se despide del pobre Elmer junto al Sacré Coeur, quien le dice inocentemente: “han sido unos días idílicos, he disfrutado de Paguí aún yendo en la silla de ruedas, y qué bien la has empujado” a lo que Flora, hasta el moño de guardar las formas, le atesta un solemne bofetón y le empuja Montmartre abajo, escaleras incluidas, mientras la imagen se funde de negro al grito de un NOOOOOOOOOOOO difuminado.
Elmer al aterrizar en el
Carrousel de Saint-Pierre, aún vivo.
Reveladora, reivindicativa y crítica con las personas que tienen accidentes domésticos sin pensar en los demás. El sindicato de vendedores de castañas asadas subvenciona la película, apareciendo de fondo en muchas de las imágenes del film.
Si uno se queda hasta el final de los créditos, se rompe la incertidumbre de si Elmer sobrevive o no al accidente: Chicago, 2023, una oficinista parece mirar con amor a un compañero de trabajo, que al fin se le acerca y la pide salir. Es Elmer, algo canoso, que da pequeños saltitos de alegría al recibir un sí, pero que tropieza fatídicamente con la impresora y se parte la clavícula, dejando a la chica espantada y regalándole al espectador un final abierto y emocionante.

7/01/2019

El Maestro Yayee y la estelar chaqueta de Guy Pierrot

Muchos seguidores del blog me han preguntado en los últimos meses por El Maestro Yayee, un personaje de quien hablé hace un par de posts (Técnicas de descontrol del maestro Yayee) y a quien no dí mayor relevancia. Sin embargo, miles de fans clandestinos de este blog no han podido, o querido, olvidarle. He decidido relatar el episodio en que conocí a este personaje, para que os hagáis una idea de su procedencia y de sus facultades como maestro.
Hace tres meses me encontré por casualidad a mi prima Pili Grossa al llamar al timbre de su casa. Esperaba encontrarla sola y haciendo petit point, que es a lo que dedica las tardes, pero se puso roja como un tomate al abrir, por lo que supe ipso facto que escondía un hombre o un animal herido.
"¿Tienes un hombre escondido?" me la jugué, desechando la otra posibilidad. "Yo no escondo nada" me contestó mientras me dejaba pasar al salón para encontrar a un hombre de dos metros y cierta corpulencia vestido -exclusivamente- con una chaqueta de lana estilo pastor hasta los tobillos y abierta de par en par.






Mina Patuco al ver al Maestro Yayee
Yoooooo... fui a decir, y me quedé atascada en la O durante largo rato, cuando lo que quería decir era que me iba y que ya volvería en otro momento. El coloso me palmeó la espalda para poner fin a mi ruido gutural, que se alargaba demasiado, y luego me abrazó diciendo: "encantado, querida, soy el maestro Yayee".
Yo cerré los ojos durante el abrazo para que el momento pasase rápido. Pili estaba encantada y fue a preparar un té mientras Yayee se echaba en el suelo como un tigre de Bengala, con medio cuerpo recostado y, como os digo, a chaquetón abierto, y me contaba que se dedicaba a encontrarle sentido a la vida y al juego del Risk, que era muy complejo y, según él, sin alma. También me dijo que había aprendido hipnosis en el Tíbet y a jugar al mús en la facultad de filosofía y letras en 1989. Pili le miraba admirada ante todos sus comentarios. "Cuéntale la historia del sayo" le animó, con un aire misterioso y juguetón. "¿Esta bagatela?" dijo él, quitándole hierro a aquel tejido incómodo de lana de mohair, "lo encontré en el cubo de la basura del modisto Guy Pierrot después de que fracasara con él en un desfile de Milán". Me quedé bastante chafada con la historia, y pregunté en bajito a Pili dónde le había conocido. Ella me respondió en alto "esta mañana en la cola de la mercería, ¿no es genial?" Yo estaba admirada de tanta naturalidad."
El Maestro paseando su chaqueta por París 
¿Se puede saber por qué eres maestro?" le pregunté sin rodeos, buscando respuestas. "Soy maestro porque ENSEÑO". Y al decir esta última palabra, en un tono especial, abrió aún más la pantorrilla desnuda, y me quedó muy claro qué era lo que enseñaba.
A Pili le hacían chirivitas los ojos y yo me puse en pie de un salto, sintiéndome como atrapada en un film dirigido por Jean Luc Godard y Mariano Ozores a la vez.
"¿Te vas, queridaaaa?" me gritó Pili sin moverse del sofá. "Tengo claquet" respondí huyendo a toda pastilla.
Al salir a la calle me sentí algo confusa. Podía olvidar aquel cuerpo bien nutrido, presentado como una pieza de carne fresca en la carnicería, podía olvidar el abrazo, la conversación... pero no podía olvidarme de aquella prenda singular, aquel chaquetón de "maestro". Habría más encuentros e, indudablemente, estudiaría más de cerca el material y composición de la prenda, y  el maestro que ésta contenía.

5/23/2019

Reafirmante infalible


Tras fracasar definitivamente en mi intento de hacerme deportista, no volví a preocuparme por mi salud física hasta que hace unos meses alguien –probablemente en la cola de la administración de lotería– pronunció las palabras flaccidez y edad en la misma frase.

Yo no sabía qué era lo primero, así que busqué en el diccionario y entré en pánico. ¿Era una amenaza real? Mi abuela y sus amigos del pueblo siempre me dicen que soy muy joven y creo que hablan con sinceridad, pero busqué en el espejo algunos signos de este nuevo término, ¡y vaya si los encontré!

Momento en que llegué a urgencias
La idea de intentar otra vez lo del deporte me parecía descabellado (sobretodo mientras Churros Manoli siguiese a diez metros de casa). No sabía a quién preguntar, no tenía referencias, y traté de pensar en alguien de mi edad con las carnes de una adolescente.  Enseguida apareció en mi cabeza B, que junto con su hermana M, rompen los esquemas conocidos, sólo mencionaré que a veces la policía para a sus parejas acusándolos de ir con una menor...

El precio del spray milagroso que me recomendaron fue tal, que lo transporté a casa en un maletín de seguridad esposado a la muñeca y, al llegar, lo contemplé algo turuleta, comprobando que era un frasco verde y blanco sin más. 

Al quitarme la ropa revisé qué partes atacaría y la verdad es que todo podía mejorar. Me embadurné de aquella pasta arriba y abajo imaginándome que en el plazo de una semana habría recuperado la firmeza que nunca tuve, ni con 20. Y, aunque no era facial, decidí también aplicármela en la cara, por si se producían milagros ahí también. 
El médico del hospi, diciéndome que
 estaba fuera de peligro y que no hiciera
más tonterías.
Enseguida se hizo notar el efecto calor y el regustillo me hacía imaginar que mis carnes se recomponían como por arte de magia y que mis muslos se convertían en los de Beyoncé. Aquello se alargaba y decidí mirarme en el espejo por si los efectos se hacían visibles de inmediato pero, cuál fue mi sorpresa, al encontrarme de un color barbacoa preocupante, como si me hubiese quedado dormida a pleno sol en Benidorm un día de agosto.

Busqué en las instrucciones por si aquel efecto era parte de lo que cabía esperar o por si, por el contrario, iba a morir reducida a cenizas. Era cierto que me inundaba un calor abrasador y entré en pánico, así que, no se me ocurrió otra cosa que pedir socorro por la ventana del patio interior. Gracias a Dios nadie me hizo ni caso, así que llamé a B. "El efecto calor es normal", me consoló, pero tras enviarle una foto, me dijo que pasaba a por mí para llevarme a urgencias enseguida, donde me aplicaron urbason y emplastes de diferentes hierbas y drogas, salvando partes de mi anatomía que daban por reducidas a cenizas. 

Los doctores quedaron muy satisfechos, después de todo, sigo pareciendo yo. Ya a toro pasado, las hermanas me confesaron que, además del spray, corren conco kilómetros seis veces por semana y bailan salsa por las noches siempre que pueden. Parece que tendré que rendirme al deporte si lo que quiero es firmeza y juventud, o matarme a píldoras como Sánchez Dragó.