No os aburriré narrando la odisea que fue
conseguir que los abuelos, no ya que levantaran las patitas agarrados al borde
de la piscina y chapoteasen como niños, sino que simplemente no se ahogasen.
Tampoco voy a hablaros del affaire que hubo
entre el coctelero murciano de 23 años del hotel y una de las ancianas más
operadas de la excursión, ni de que varios de los pensionistas comenzaron a
gritar en el museo de arte contemporáneo del pueblo que dentro de la escultura
de un torero había una persona real, consiguiendo que el guardia de seguridad
hiciese añicos aquel mármol decimonónico y fuese a la cárcel con una multa de
seiscientos mil euros.
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| Loli (de azul) y yo (al fondo) pasándolo pipa en nuestro día de descanso, justo antes de soltar las lolas al aire. |
Me centraré en contaros lo que sucedió en
la playa con Loli, otra artista sin trabajo como yo, a la que habían contratado
para enseñar el chachachá a los dinosaurios.
Loli es poeta y cantante de rock, le gustan
los estampados de leopardo, las bambas victoria y los hombres pasados de 30
pero anteriores a 45. La primera tarde que tuvimos libre me animó a hacer
topless “dicen que la brisa marina alisa la piel, endurece el músculo, frena la
caída y redondea el globo. Y sabes…” Saber, saber, yo ni idea, pero era cierto
que con el calor, cuanta menos tela, mejor, así que nos destapamos y dimos un
paseo por la playa a la fresca.
Cinco pasos más allá de que nuestros pechos
hubiesen sido liberados, tuvo que aparecer Ataúlfo, el de la tienda de cómics
frikis del barrio, un tipo sin gracia, sin figura, sin chispa y, al parecer,
sin nada que hacer en Torremolinos. Loli también lo conocía porque había
performado algunos poemas galácticos (sobre Star Wars) en su tienda y, aunque
dice que fue lo más artificial que había hecho en su vida, había tanto friki
que ganó dinero y todo.
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| La cara de Ataúlfo el friki mientras le hablábamos de arte pop, justo antes de ser atacado. |
Hablamos con él sobre el recital de Loli y la
posibilidad de repetirlo, hablamos con él del mérito que tiene sacar un negocio
como el suyo adelante; hablamos incluso de los abuelos del aquagym, pero en
ninguna de aquellas conversaciones Ataúlfo parecía prestar atención alguna,
porque no dejaba de mirarnos los pechos como si no hubiese visto unos nunca
antes en su vida. Era tan molesta su mirada que si hubiese sido un láser, ya os
digo yo que ahora llevaríamos dos carboncillos colgando. Movida por un impulso
desconocido, le agarré de la nariz fuertemente, haciendo pinza con los nudillos
índice y corazón, y le hice cantar la violetera y fumando espero antes de dejar
que se soltase, se levantase del suelo y saliese zumbando en dirección
desconocida.
Loli y yo, lejos de dejarnos llevar por las
molestias derivadas de aquella mirada tan intensa, nos tronchamos de risa y chocamos
esos cinco de un modo adolescente que me recordó a Mirroque 99 y me hizo pensar
que, al fin y al cabo, ni yo ni el resto de cosas habían cambiado en absoluto. (Continuará...)











