"Espinete, ¿te vienes a la panadería de Chema?"
Don Pimpón, 1985


5/23/2019

Reafirmante infalible


Tras fracasar definitivamente en mi intento de hacerme deportista, no volví a preocuparme por mi salud física hasta que hace unos meses alguien –probablemente en la cola de la administración de lotería– pronunció las palabras flaccidez y edad en la misma frase.

Yo no sabía qué era lo primero, así que busqué en el diccionario y entré en pánico. ¿Era una amenaza real? Mi abuela y sus amigos del pueblo siempre me dicen que soy muy joven y creo que hablan con sinceridad, pero busqué en el espejo algunos signos de este nuevo término, ¡y vaya si los encontré!

Momento en que llegué a urgencias
La idea de intentar otra vez lo del deporte me parecía descabellado (sobretodo mientras Churros Manoli siguiese a diez metros de casa). No sabía a quién preguntar, no tenía referencias, y traté de pensar en alguien de mi edad con las carnes de una adolescente.  Enseguida apareció en mi cabeza B, que junto con su hermana M, rompen los esquemas conocidos, sólo mencionaré que a veces la policía para a sus parejas acusándolos de ir con una menor...

El precio del spray milagroso que me recomendaron fue tal, que lo transporté a casa en un maletín de seguridad esposado a la muñeca y, al llegar, lo contemplé algo turuleta, comprobando que era un frasco verde y blanco sin más. 

Al quitarme la ropa revisé qué partes atacaría y la verdad es que todo podía mejorar. Me embadurné de aquella pasta arriba y abajo imaginándome que en el plazo de una semana habría recuperado la firmeza que nunca tuve, ni con 20. Y, aunque no era facial, decidí también aplicármela en la cara, por si se producían milagros ahí también. 
El médico del hospi, diciéndome que
 estaba fuera de peligro y que no hiciera
más tonterías.
Enseguida se hizo notar el efecto calor y el regustillo me hacía imaginar que mis carnes se recomponían como por arte de magia y que mis muslos se convertían en los de Beyoncé. Aquello se alargaba y decidí mirarme en el espejo por si los efectos se hacían visibles de inmediato pero, cuál fue mi sorpresa, al encontrarme de un color barbacoa preocupante, como si me hubiese quedado dormida a pleno sol en Benidorm un día de agosto.

Busqué en las instrucciones por si aquel efecto era parte de lo que cabía esperar o por si, por el contrario, iba a morir reducida a cenizas. Era cierto que me inundaba un calor abrasador y entré en pánico, así que, no se me ocurrió otra cosa que pedir socorro por la ventana del patio interior. Gracias a Dios nadie me hizo ni caso, así que llamé a B. "El efecto calor es normal", me consoló, pero tras enviarle una foto, me dijo que pasaba a por mí para llevarme a urgencias enseguida, donde me aplicaron urbason y emplastes de diferentes hierbas y drogas, salvando partes de mi anatomía que daban por reducidas a cenizas. 

Los doctores quedaron muy satisfechos, después de todo, sigo pareciendo yo. Ya a toro pasado, las hermanas me confesaron que, además del spray, corren conco kilómetros seis veces por semana y bailan salsa por las noches siempre que pueden. Parece que tendré que rendirme al deporte si lo que quiero es firmeza y juventud, o matarme a píldoras como Sánchez Dragó.

3/19/2019

CARTELERA CULTURAL: ¿José, papá o el Papa?

Título:¿José, papá o el Papa?
Género: Míxtico (en cuanto a que es un tema mixto: sobre padres y Pepes)
Duración: Dos horas de padre y muy señor mío
Director: Pepe Paterfamilias
Productora: Joselillo Rica, S.A.
Idioma: castellano antiguo
Actores: Pepi Nacho Radas, Paco Pepe Dazo, Pepón Telo y Josefina Damos, sólo para empezar. Pepín Reles como sirviente y Pepi Caronna como suegra de Josefi.
 
Argumento: Josefi se ha quedado encinta de Pepillo el de la funeraria. Es 1916, Mancheguillos de la Sarasa, provincia de Ciudad Real. Son la única pareja de novios del pueblo que se ha atrevido a mantener relaciones sensuales y sexuales antes del matrimonio, con tan sólo 33 años de edad. Pepillo aún está esperando enterrar a su padre (el oficio será gratuito, como puede intuírse) para heredar y poder casarse con la Pepi (que es como llaman a Josefi sus allegados). 
Pepi no sábe cómo darle la noticia al chaval, y decide hacerlo el día de San José, de una astuta manera: felicitará a Pepillo, sin especificar si es por su santo o "por el día del padre". Este inteligente plan se materializa la mañana de San José, llegando a la funeraria como un pincel, y diciéndole a su novio "felicidades, Pepillo". 
Josefi a punto de felicitar a Pepín por San José
Pepillo le da las gracias y un casto beso en la mejilla delante de sus padres. Pepi carraspea, como queriendo que él reflexione, y repite pacientemente: "felicidades, Pepillo". Los padres de Pepillo, bastante más espabilados, reflexionan sobre el tono de la frase. La mamá del lechón no encuentra nada, y se mete en la casa, aburrida de reflexionar. El papá frunce los labios y mira a Pepi entornando la mirada, mientras ésta asiente, como si se entendiesen ellos dos. Pepillo juguetea con unas tabas. El padre del chico se da cuenta de la noticia y muere ipso facto de un jamacuco, pensando en la verguenza que en aquellos años rodeaba un escándalo semejante. El drama quita el protagonismo al secreto de Pepi, quien se va a su casa decepcionada. 
En el entierro del futuro-ya-no-suegro, Pepi está decidida a dar la noticia sin rodeos, pero Pepillo la pide matrimonio, animado por la herencia que acaba de recibir, así que ella decide esperar a la noche de bodas para recordarle que lo que van a hacer ya lo han hecho, que la consecuencia es el embarazo, y que el bombo le ha quitado las ganas de que la toque un pelo hasta nuevo aviso. 
En un arranque de sofisticación, los guionistas del film deciden cerrar la historia con dos detalles significativísimos: uno, la última frase de Pepi en la cama nupcial, revelando su secreto y añadiendo "no me pongas la mano encima, Pepillo, que te la pillo"; dos, la cámara retrocediendo y haciendo panorámica de la habitación, donde hay una foto del Papa, Benedicto XV, presidiendo la escena y completando esta compleja red de José-Pepe-papá-Papa que abarca la película.

3/05/2019

Técnicas de descontrol del maestro Yayee

El taller de Yayee en el momento
de hacer los ruiditos.
Mi prima Pili Grossa me invitó a un taller del maestro Yayee que consistía en reunir a una buena cantidad de gente en un local de venta de quesos, hacer una relajación pélvica y repetir cada uno un ruidito sin fin. Yo escogí "¡pum, pum!" para dotar de alarma y emoción la sesión, pero el intento quedó enterrado bajo el "riqui, riqui" de la chica preciosa, el "hip, hip, hip" del hombre de edad y de los ruiditos de las otras 17 personas vestidas de amigos de Picasso que estaban allí. Aquello se extendió 12 minutos. Fue demasié. 
Me desperté con la cabeza como una olla express con el pitorro escacharrado y tuve que ir al pediatra a que me recetara algo.
(Acudo al pediatra desde hace años porque mi centro de salud está desbordado y, dada mi juventud en aquel momento, me ofrecieron esa posibilidad. Por su parte Roberto, el pediatra, siempre está encantado de auscultarme por cualquier cosa.)
En la sala de espera es cuando comenzó todo. Apareció un chico de 13 años con su madre. Se sentó, sacó el móvil y se puso a jugar. La mamá sacó el suyo. No se hablaron ni miraron en todo el rato. 
Luego llegó un bebote berreando con el papá. El papá necesitaba al parecer atender algo muy urgente vía móvil (me pareció ver que ponía algo así como "Marca") pero el bebote quería atención, así que el papá sacó una tableta y le enchufó unos dibujitos que le hicieron callar al momento y se quedaron muy felices los dos ignorándose mutuamente.
En tercer lugar llegó una adolescente con su madre. Y otro más. Y otra. Los tres directos a sus móviles, a penas se echaron un vistazo entre ellos. 
Un sentimiento de pena se apoderó de mí. Aquellos cachorros sólo sabían compartir el aburrimiento con el peor de los amigos: el aparatico más idiota del mundo. Algo se infló en mi interior y, sin poder dominarme, ni con los consejos del maestro Yayee, me vi diciendo:
"Soy el oso Pololo, en un momento, verás cómo molo" al tiempo que me quitaba los zapatos y comenzaba a hacer malabares con ellos y cacareaba como un pollo (contrariamente al oso que era).
La consulta pediátrica antes de
mi actuación.
El bebote y otro pequeñín de unos 5 años soltaron los aparatos al segundo y comenzaron a reír y dar palmadas como locos. Los adolescentes se resistían, mirando de reojo como si estuviese tarumba (¡yo!). Tener vecinos universitarios me mantenía actualizada en tendencias a través del patio interior del edificio, por lo que sólo tardé seis cacareos más en idear qué llamaría su atención. Sin saber cómo, me encontré haciendo tuerquing, perreando y cantando "el anillo pa cuando" y os aseguro que funcionó. A uno de ellos se le cayó el móvil al suelo y ni lo recogió. Otro trató de hacerme una foto para el instagram pero le hice un gesto de amenaza a la altura del cuello que entendió perfectamente, apagando y guardando ipso facto. Me fui animando y mezclé aquel número con el anterior y el oso Pololo cacareaba la canción mientras perreaba y tiraba zapatos por el aire. Algunos padres taparon los ojitos a sus hijos como si aquello fuese peor que darles una tablet. ¿No sabían apreciar el arte en directo? Al parecer se me fue de las manos el volúmen y al fin salió la enfermera y me llamó: "MINA PATUCO". Fue como pincharme siendo globo. Los malabares al suelo y yo callada y modosa. Me puse los zapatos y desaparecí tras la puerta de la consulta del doctor, no sin antes advertirles a todos, en un tono de voz precioso: "olvidaos de esas mierdas". Y al bebé le traduje, señalando el aparato: "Caca. Pupa." Para cuando entré en la consulta, el dolor de cabeza había desaparecido. Pobre Roberto.

2/05/2019

CARTELERA CULTURAL: The end of Paqui's chollo

Título: The end of Paqui's chollo (en América Latina: "se te acabó el chollo, Paqui").
Género: Autobiografía de ficción
Duración: Depende de cuántas copas lleves encima.
Director: Enriquette Cagues
Productora:Tocca Teles un Pocket Productions
Idioma: esperanto (sólo las conversaciones de Paqui con la familia) y cristiano.
Actores: Cintya Crocket como la joven Paqui, Karina como hermana pequeña, Borja Porretas como Grogui Fernández, Goofy como presidente del Congreso de los diputados, Arancha S. Vicario como estatua del Retiro y Risto Mejide como Georges Moustaki en la tele del bar.
Argumento: Paqui es una joven universitaria que se enfrenta a su 30 cumpleaños sin haber terminado los dos másters y el doctorado que tenía planeados para cerrar su ciclo como estudiante. "Se me han pasado volando estos doce años, entre salir cinco días a la semana, hacer matrículas y solicitar becas, es que ni me he dado cuenta" comenta dramáticamente descubriéndose una cana frente al espejo. 
Sus padres la explican que ha llegado el momento de colgar la mochila y buscar trabajo, porque ellos se van a vivir a Benicarló. El pánico se adueña de Paqui: "Con sólo dos carreras y un máster, ¿a dónde voy? Tendré suerte si me dan curro de aprendiz en la ferretería, porque además de inglés, piden alemán". Su vida se convierte en un infierno llevando su CV a los trabajos menos especializados del barrio, porque para todos le faltan títulos.
Grogui Fernández, el jueves, de botellón
Un jueves en que sale a un botellón en la Ciudad Universitaria para visitar a sus antiguos compañeros, conoce a un chiquillo llamado Grogui que le confiesa que él, con sólo 40 años y sin haber acabado la carrera de humanidades, ha conseguido trabajo en un lugar que no recuerda (los dos van que no ven). Esto le devuelve la ilusión a Paqui y se enreda con Grogui que, al día siguiente le cuenta que puede entrar a trabajar sobre las 11 porque allí nadie controla. Antes de irse, la besa y le deja los datos de su trabajo para que ella eche el CV: Congreso de los Diputados. "Aunque creo que estás sobrecualificada", le advierte.
La peli termina con Paqui firmando el contrato para ser Secretaria General de un partido político de moda y pillándose un buen pedo con Grogui para celebrarlo. Las frases finales de este complejo guión son las más desgarradoras de todo el filme:
—Grogu... hip! Grogui... no nos pasemooos.... que mañ... hip! que mañana curro! Hip!
—No te preo... preo... cupes que aquí hay flex... flex... flex... (vomitona) flexibilidad horwarwia...

1/17/2019

La no despedida

La semana pasada abrí la puerta de casa y me encontré a C. agazapada en las escaleras. 
—¿Qué haces aquí? 
—Tengo que irme a alguna parte el fin de semana —dijo con desesperación.
—Puedes quedarte aquí —me ofrecí. 
—No, me refiero a irnos nosotras, las chicas, de despedida de soltera.
—Pero si ya estás casada.
— Me preguntaba si tú y el Pipas tenéis planes de boda, para irnos a celebrarlo. 
—El Pipas y yo llevamos años jugando al cu-cú tras, así que no sueñes. Seguramente me casaré antes con el hombre de los encurtidos que con él. 
C. comenzó a llorar desesperada.
—Necesito una excusa para dejar a los niños con mi marido y largarme con viento fresco a donde sea...
Me apenó tanto verla así... recordé cómo solíamos ir a bailar y a ligotear en Mirroque de Mar aquel verano del 99, y lo mucho que habían cambiado las cosas. Estaba desbordada con sus dos criaturas, que a menudo le untaban las paredes de crema facial o comían sales de baño con una naturalidad excesiva. 
—Cuenta conmigo –le dije sin pensarlo.
Llamamos a N., a M y a B, con quienes no habíamos hablado desde hacía tiempo, pero quienes, curiosamente se aferraron al plan como si no hubiese un mañana. Estuvimos horas haciendo skype  para decidir a qué lugar lejano iríamos, qué deportes de riesgo haríamos, en qué clubes de renombre bailaríamos... pero finalmente hicimos cuentas y no teníamos ni para coger un autobús a Talavera de la Reina. Nuestro presupuesto era tan ridículo, que ofrecí mi casa para esconderlas de sus familias aquel fin de semana de despedida.
C. embadurnada de crema Cien de Lidl.
N propuso contratar a su vecina esteticiene para que nos diese crema de Lidl y nos pintase las uñas y así empezar a caldear el ambiente. A parte de la reacción alérgica que tuvo C, todo fue de perlas y la vecina, de 16 años, nos dijo que admiraba nuestro espíritu juvenil porque nos comportábamos como "las más pavas" de sus amigas. 
Continuamos la tarde visualizando Bridget Jones uno, dos y tres en mi pc de 1997 y reímos, lloramos, bebimos vino barato y comimos kikos tumbadas en la esterilla del salón, como en los viejos tiempos, cuando quedábamos para ver Sensación de Vivir. N se hizo pis de risa en un momento dado y, aunque nuestra intención era salir a liarla parda, nos quedamos dormidas de una forma penosa hasta la mañana siguiente, en que, para colmo, madrugamos. 
B se restableció como pudo y nos echó la bronca, diciendo que no quedaba de nosotras ni un ápice de aquellas jóvenes salvajes que habíamos sido en algún momento, y nos preguntó si no nos daba vergüenza. Bajó sin decir nada a la calle y volvió con una bolsa gigante de Humana, donde estaba todo a 1 euro, y comenzó a repartir chalecos, botas de flecos, pantalones raídos y otras prendas que nos obligó a vestir al momento. No sé si parecíamos más jóvenes pero por descontado parecíamos algo cochinas, en el sentido tal cual de la palabra. 
—La verdad es que, doce horas lejos de casa y ya no me acuerdo del nombre de mis hijos —afirmó C triunfante. Entonces dio un grito por la ventana y se bebió un té de roibos de un trago, como si fuese tequila. 
C. bailando Chimo Bayo
con un desconocido




Lo que siguió a eso fue música de radiocasette, cigarrillos, espaguetis con orlando y salida al centro. Los bares a los que solíamos ir habían sido sustituidos por tiendas vintage, así que nos metimos en el primer local que encontramos, que era una cafetería vegana. Unos adolescentes nos miraron  espantados y huyeron al instante y el camarero nos advirtió que no tenía alcohol, así que pedimos cinco cafés vieneses, a los que N añadió whisky de una petaca que contenía lo suficiente para salir bailando la conga del local. Hicimos el limbo rock ocupando la calle y algunas almas perdidas nos condujeron a un bar clandestino donde se bailaba salsa lo mismo que Chimo Bayo y cuyo dueño era un egipcio de dos metros llamado Rashid. Bebimos margaritas y mojitos y gentes venidas de la calle se asomaban a ver el espectáculo: cinco chicas de edad indefinida disfrazadas de una mezcla entre Patti Smith y Bárbara Rey, dándolo todo en un bar de muerte. 
Domingo en la Casa de Campo
perseguidas por un enjambre de abejas
Saber cómo llegamos a casa y cómo alguien nos había puesto el pijama fue un misterio hasta que vimos salir del cuarto de baño a una mujer que hablaba con acento brasileño y que nos preguntaba si habíamos dormido bien y quién le iba a pagar la lectura de tarot que nos había hecho a las cinco de la mañana.
Me alargaría demasiado contando los detalles y la jornada del domingo, sin embargo, destacaré que mis amigas llegaron a sus casas en un estado diferente y con energía renovada hasta la próxima despedida que nos tengamos que inventar.
*C. tardó sólo unos minutos en recordar el nombre de sus hijos y el de la madre que los parió, o sea, el suyo propio.

10/25/2018

Tortazo a gusto

Me habían llamado de un trabajo perfecto como guía de barrio para unos filipinos jubilados que iban a pasar unas semanas de vacaciones en el barrio de San Blas. Sólo tendría que llevarles a la mercería, al súper, a la licorería... muy compatible con mis tareas de escritora, con tiempo de sobra entre paseo y paseo  y con carnaza a manta para escribir la novela del siglo. 
También una amiga me había informado de que el Pipas había venido a Madrid desde Mirroque de Mar para hacerse una radiografía porque se había partido el dedo meñique tratando de rascarse un oído en el que padecía unas alergias tremendas. 
Todo me sonreía: iría al trabajo, quedaría con el Pipas, convertiría la jornada en un relato precioso y ganaría algún concurso. Fue aún mejor cuando mi viejo amor de verano me dijo que desayunaría conmigo antes de irme a San Blas, en la taberna de enfrente de casa, donde me esperaría.
Me levanté de la cama de un salto y empleé sólo dos horas en estar lista para sorprenderle. Habían pasado años desde la última vez que nos vimos en Albacete Capital jugando a la botella con sus compañeros de carrera. (Recuerdo que la mitad de ellos tenía un aliento fétido y que yo trucaba la botella para besar sólo a los que olían a Halls de eucaliptus). 
Panorámica de los pies del Pipas en el momento en que
yo aterrizaba con los dientes en el suelo.
Bajé muerta de hambre y allí le vi. Se había cortado el pelo, aunque conservaba las mechas californianas naturales, pero iba vestido tan informal como siempre y comía pipas tranquilísimamente. Llevaba una escayola en el meñique que no le impedía seguir dale que te pego con las semillas de girasol. Al mirarnos, nos sonreímos, y crucé el bulevar ciegamente, apresuradamente, ligeramente, tan estúpidamente, que tropecé con el bordillo de su acera, creyendo que llegaba a sus brazos y a sus pipas en un pequeño vuelo. Cuando quise darme cuenta de que no sabía volar, me había tragado parte de la acera, me habían saltado varios piños y éstos mismos me habían triturado el labio superior con una crueldad excesiva. Como avisadas por radar, cientos de viejas salieron de sus escondrijos preguntando si estaba bien, qué había pasado, qué horror, qué cuadro, pobre chica, madre mía qué estropicio, esta se queda para vestir santos... los comentarios eran abundantes en sólo unos segundos, así que me levanté tan rápido como pude, llorando como en regresión con una buena torta que me di en bici en la infancia, sacudí mis brazos para que me soltaran, y corrí a los del Pipas, que no había querido ni inmutarse, seguramente para no asustarme. 
Nos metimos en un taxi de camino al hospital mientras yo berreaba como un bebé y pensaba en cómo quedaría mi cara y mis dientes después de aquello, en lo perdidos que iban a estar esos pobres ancianos filipinos en San Blas y en la escayola tan exagerada que llevaba el Pipas, para tratarse sólo de un meñique.
Al llegar a urgencias me pasaron enseguida a maxilofacial, donde una doctora me durmió media cara y me cosió el estropicio, recomendándome que me buscase un buen dentista si quería volver a comer kikos alguna vez en la vida. Al salir de la consulta, dolorida, bordada y con media cara caída como un blandiblú, encontré a un agente de policía haciéndole preguntas al Pipas. Cuando llegué a ellos, me preguntaron si había sido él quien me había pegado. Yo no entendía nada. Luego caí en su superescayola. Me entró la risa, y no se me saltaron los puntos porque esa zona estaba dormida y sólo sonreía con el medio lado bueno. El Pipas era el ser más pasota de la tierra, no le haría daño ni a una pipa. "Que me he tragado un bordillo, señor agente" le dije sin poder parar de reír, secándome las lágrimas. 
El Ratón Pérez haciendo acopio de todos sus ahorros
para poder llevarse mis dientes aquella noche.
Salimos del hospital. El Pipas aún no había articulado palabra desde que nos habíamos visto, aunque sí había dejado de comer pipas un minuto antes. Estaba horrenda junto a él, tenía la dentadura de Mikel Erentxun y los morros de Yola Berrocal con pespunte añadido. Sin embargo, me miró como en el verano en que nos conocimos, me acarició con la escayola mohosa y grafiteada en el lado bueno de la cara y me dijo con su acento alicantino-californiano: "qué bien te veo, Mina Patuco".

10/15/2018

Torremolinos'18 (Primera parte)

   Este verano tuve que aceptar un empleo como instructora de aquagym para un grupo del IMSERSO en Torremolinos. El viaje en bus con los abuelos me recordó muy poco a aquel a Mirroque de Mar con mis amigas en 1999, pero muchas de las ancianas y algunos de los abuelos me recordaron por diferentes motivos a mi querida amiga Gavilán, no sé si por la edad, las grandes narices, las gafas sucias o qué, pero era como viajar con cincuenta de ellas a la vez.
   No os aburriré narrando la odisea que fue conseguir que los abuelos, no ya que levantaran las patitas agarrados al borde de la piscina y chapoteasen como niños, sino que simplemente no se ahogasen.
   Tampoco voy a hablaros del affaire que hubo entre el coctelero murciano de 23 años del hotel y una de las ancianas más operadas de la excursión, ni de que varios de los pensionistas comenzaron a gritar en el museo de arte contemporáneo del pueblo que dentro de la escultura de un torero había una persona real, consiguiendo que el guardia de seguridad hiciese añicos aquel mármol decimonónico y fuese a la cárcel con una multa de seiscientos mil euros.
Loli (de azul) y yo (al fondo) pasándolo pipa en 
nuestro día de descanso, 
justo antes de soltar las lolas al aire.
   Me centraré en contaros lo que sucedió en la playa con Loli, otra artista sin trabajo como yo, a la que habían contratado para enseñar el chachachá a los dinosaurios.
   Loli es poeta y cantante de rock, le gustan los estampados de leopardo, las bambas victoria y los hombres pasados de 30 pero anteriores a 45. La primera tarde que tuvimos libre me animó a hacer topless “dicen que la brisa marina alisa la piel, endurece el músculo, frena la caída y redondea el globo. Y sabes…” Saber, saber, yo ni idea, pero era cierto que con el calor, cuanta menos tela, mejor, así que nos destapamos y dimos un paseo por la playa a la fresca.
   Cinco pasos más allá de que nuestros pechos hubiesen sido liberados, tuvo que aparecer Ataúlfo, el de la tienda de cómics frikis del barrio, un tipo sin gracia, sin figura, sin chispa y, al parecer, sin nada que hacer en Torremolinos. Loli también lo conocía porque había performado algunos poemas galácticos (sobre Star Wars) en su tienda y, aunque dice que fue lo más artificial que había hecho en su vida, había tanto friki que ganó dinero y todo.
La cara de Ataúlfo el friki 
mientras le hablábamos de arte pop
 justo antes de ser atacado. 
   Hablamos con él sobre el recital de Loli y la posibilidad de repetirlo, hablamos con él del mérito que tiene sacar un negocio como el suyo adelante; hablamos incluso de los abuelos del aquagym, pero en ninguna de aquellas conversaciones Ataúlfo parecía prestar atención alguna, porque no dejaba de mirarnos los pechos como si no hubiese visto unos nunca antes en su vida. Era tan molesta su mirada que si hubiese sido un láser, ya os digo yo que ahora llevaríamos dos carboncillos colgando. Movida por un impulso desconocido, le agarré de la nariz fuertemente, haciendo pinza con los nudillos índice y corazón, y le hice cantar la violetera y fumando espero antes de dejar que se soltase, se levantase del suelo y saliese zumbando en dirección desconocida.
   Loli y yo, lejos de dejarnos llevar por las molestias derivadas de aquella mirada tan intensa, nos tronchamos de risa y chocamos esos cinco de un modo adolescente que me recordó a Mirroque 99 y me hizo pensar que, al fin y al cabo, ni yo ni el resto de cosas habían cambiado en absoluto. (Continuará...)