"Espinete, ¿te vienes a la panadería de Chema?"
Don Pimpón, 1985


3/17/2020

CARTELERA CULTURAL: Perrería apocalíptica


Título: Perrería apocalíptica 

Género: Ciencia-ficción 

Duración: Nadie sabe hasta cuándo 
Director: V. Coronas 
Idioma: Parece que se ha extendido a todos los idiomas 
Reparto: Gente improvisada para que parezca aún más real. 
Una estudiante de filosofía se queda al cuidado de los dos hijos de sus vecinos mientras estos se largan a la Isla de Pascua a reavivar la llama de su matrimonio en brasas. 
Al cabo de pocas horas, Conchi pide ayuda a su novio porque ya no puede más, y en el momento en que Quique entra por la puerta se decreta el estado de alarma por un virus relacionado con cerveza o familia real a partes iguales. Los dos veinteañeros quedan confinados en la casa con los niños indefinidamente. 
Tras unos días de darle a la oca, al parchís, las tabas, al cantajuegos y a sesiones virtuales con los papás de los niños, que aparecen bronceados y fingiendo preocupación por no poder volver de momento, los dos estudiantes trazan un arriesgado y astuto plan para poder salir a la calle a tomar el aire. 
Ya que el único salvoconducto para salir de casa es pasear al perro, deciden coger un sucio peluche gigante de Cristinita, la pequeña, ponerle una correa y salir a pasearlo a ver si cuela. Para que el muñeco ande, le insertan unos patines de la Nancy y Quique emite ladridos sin articular los labios, algo que aprendió viendo a José Luis Moreno en la tele. 
La imagen apocalíptica en la que se les ve a los cuatro paseando a un perrazo gigante con patines y que ladra sospechosamente en mitad del bulevar vacío, pensando que están engañando a alguien, es lo más valioso y lo más patético de todo el film. 
Al final, una patrulla de la Guardia Civil los alerta por el megáfono: “SUELTEN EL PELUCHE DE FERIA. REPITO. SUELTEN EL PELUCHE, QUE NI SIQUIERA ES UN PERRO, QUE ES UNA ARDILLA GIGANTE. SUELTEN YA ESA BOLA DE PELO ARTIFICIAL Y VUELVAN A CASA CON LAS MANOS EN ALTO…” 
En un arranque heroico, Quique se la juega y mueve a la ardillaza con la mano por detrás e insiste con el falso ladrido, como si la mascota amenazara a la patrulla. Un sargento como un armario sale del coche con cara de malas pulgas y la familia de postín sale corriendo, dejando al perro-ardilla abandonado en mitad de la calzada, mientras la patrulla se aleja y suena la música de Rocky, nadie sabe por qué.

Quique en su arranque heroico,
ladra mientras sonríe
Angustiosa, aterradora, sin sentido, la película recoge una realidad paralela poco realista, incluso tratándose del género de ciencia-ficción. 


“No hay quien se trague que algo así pueda pasar en la vida real” Roque P. Tulante, El País 
“Un film apocalíptico con el que nadie se sentiría identificado, ni en sueños” K. Gón de ABC 
“Ni la mejor novela de Stephen King sería tan retorcida” Pablo H. Rodríguez, El Mundo

2/18/2020

CENA DE YAYOS Y PRETENDIDA MODERNIDAD

Mis vecinos comentando que
la lasagna se ha retostado
Los padres de los niños a los que cuido, mis vecinos, me invitaron a cenar a su casa con unos amigos suyos de corte guay. Pedí al Pipas que me acompañase porque no termino de encontrarme del todo cómoda con gente con hijos, por mucho que esa gente afirme tener mi edad.
La fiebre viejoven es aún más aguda –si cabe- entre los que tienen hijos y mientras el Pipas y yo aparecíamos en vaqueros y vestido de flores respectivamente, mis vecinos iban vestidos con los pantalones de culo de pera que se han rescatado de finales de los ochenta y hombreras de un cuarto de lo mismo, sin favorecer la figura de ninguno de los dos. Pero quién era yo para hacérselo ver, si tenían espejos por toda la casa. Los amigos eran una parejita más cercana a los cincuenta pero con un atuendo tan juvenil que el siguiente paso habría sido ponerse un baby de preescolar. Él llevaba una gorra con la visera al revés, que no se quitó en toda la noche, luego mi vecina me aclaró que llevaba calvo veinte años. Sus atuendos parecían sacarnos ventaja juvenil, pero cuando confesamos a qué nos dedicábamos, les ganamos a todos: el Pipas trabajaba de profe particular y yo sólo aceptaba trabajos basura para poder seguir escribiendo, al estilo de los artistas neoyorkinos. Aquello los hizo trizas y se sintieron totalmente viejunos, estaba claro, además, el añadido era que no teníamos hijos. Ese último detalle hirió sin duda sus intentos desesperados por rejuvenecer a base de Botox y la moda retro de Zara. Los zapatones negros y la falda victoriana de la invitada pasaron a ser como las extensiones de pelo de Ana Obregón después de los 45: excesivos.
Ya que no podían ocultar lo que eran (padres), decidieron hacer gala de su modernidad en materia de educación: los colegas guays presumieron de que su hijo mayor, Junco, había sido al fin destetado (el chaval tenía nueve años…) y de que le acababan de regalar un móvil para que pudiese salir solo a la calle con un geolocalizador a través del cual los modernos papás le indicaban por dónde ir, si torcer en la esquina o seguir derechito hasta la panadería, a diez metros exactos de casa. “Es maravilloso que vaya a tener tanta libertad gracias a que monitorearemos cada uno de sus pasos” dijo el orgulloso papá, que se movió preso de un escalofrío. A mí también me dio un escalofrío, pero de miedito.

El Pipas había desconectado desde el minuto uno porque ni la tecnología ni la crianza enfermiza eran lo suyo. Era sólo un yanki que comía pipas y seguía llevando los mismos pantalones Dickies diez tallas más grandes que hacía veinte años. Sin embargo, denegó con la cabeza en silencio de un modo que yo no le había visto nunca mientras escuchaba aquel espanto. Mis vecinos tampoco iban tan lejos ni con la teta ni con la tecnología infantil. 
El Pipas y yo haciendo la
performance de Tip y Coll

Acabada la cena, haciendo gala de su gran modernez, se pusieron a hablar de Netflix y de que Stranger Things era su serie porque se sentían totalmente identificados con Eleven y Mike. Yo les miré sin poder aguantar más. Ellos eran los yayos de Eleven y Mike, que se dejasen de tonterías. Quisieron entonces subir a Instagram varios vídeos en directo de la velada, pero yo dije que no y me atreví a confesarles que era tan moderna que sus móviles me parecían una mierda y que no había nada más coñazo que todo lo que estaba en la red. El Pipas sacó un cigarrillo de manzanilla y yo un tarot y enseguida hicimos un gag de humor al estilo Tip y Coll. Aquello los dejó p´allá. Luego traje un radiocaset de casa y pinché una cinta grabada en la que ponía “verano mix 94”  y me puse a bailar con Arturo, el vecino. A continuación, borrachos de Dolce Vita, el Pipas recitó un poema de Emily Dickinson en inglés de Massachussets, el más sórdido de todos, y después hicimos una lista de palabrotas y proclamamos ganadora a “cojones en vinagre”.

Los invitados tuvieron que admitirlo con un aire de humildad: la juventud no estaba en sus atuendos ni en su botox, no estaba en sus móviles ni en su Instagram. Estaba en la capacidad de hacer el imbécil sin vergüenza ninguna y de poder imitar al Gran Wyoming aunque te falte fealdad para conseguirlo.
Al despedirnos nos dieron uno de esos abrazos modernos que se dan ahora, como si uno conociese al de enfrente de toda la vida y tuviese que aguantar el olor a hamburguesa de sus axilas a la fuerza.
El Pipas se quedó a dormir en casa; estuvimos toda la noche viendo pelis antiguas que en su día habían sido muy modernas.

1/14/2020

CONCURSO DE MIERDA PARTE IV

...y cuando al fin llegamos al colmado, Ruger nos recibió con una miradita que nos indicaba que de momento, la directora del centro no había parado de hablar sobre la nueva moqueta de la guardería y otras memeces.   
 Di un repaso a las personas que estaban en aquella trastienda del colmado, por cierto, un lugar cutre como ninguno, con humedades y aspecto de vivienda de duendes. Allí estaban, fingiendo que aquello era una tertulia literaria en lugar de un complot propagandístico: una chica de mi edad bastante fina, y me refiero a que era delgada como un hilo; un hombre con bigote a lo Galdós tan grueso que ocupaba todo el espacio extra que la primera dejaba libre; dos hermanas gemelas de edad indefinida, pero sin duda mayores de cincuenta años, con unas pecas que les daban aspecto travieso; una anciana encorvada de más de cien años que no sé por qué, servía cafés sin descanso; un último hombre que parecía de la Guardia Civil, porque iba vestido de Guardia Civil y llevaba un tricornio y una chapa en la que ponía Guardia Civil


Reunión en el colmado. La directora
se cree que es Simone de Beauvoir
 y el resto finge que se trata
de una reunión de intelectuales
existencialistas encabezados por Sartre.
 En realidad, mi contrincante sólo podía ser la chica fina. El resto no cuadraba con la franja de edad. La directora entró en bucle con las luces led de la guardería y el Pipas se hizo el gracioso pintándole cara a una pipa y poniéndola en media cáscara abierta, como si fuese un Moisés mínimo a punto de ser abandonado en el Nilo. Se lo pasó a Paqui, que aguantaba la risa, luego a mí, que les chistaba con la mirada divertida, y al fin yo se la pasé a Ruger, que al cogerla y verla, la tiró por los aires soltando un gritito en catalán, haciéndose mirar por los presentes y diciéndonos en bajo “cómo sois, con la grima que me dan los críos…” La tertulia se hacía enfermiza y yo ya me preguntaba si es que no habían invitado a ningún intelectual rancio para hablar de sí mismo, como en cualquier acto literario que se precie (véase Haroldo Amat), pero el hombre gordo del bigote galdosiano carraspeó, y otra vez lo hizo aún más fuerte, y otra más, de un modo que parecía que estaba en el excusado intentando no voy a explicar qué. 
Momento en que el hombre del
bigote carraspea hasta parecer
que va a hacerse caca
 La directora se calló por fin y todos le miramos horrorizados, entonces, el hombre aprovechó para dar las gracias por cederle la palabra y se puso a hablar de su obra, que eran tratados de tauromaquia y de cómo hacer kéfir, y cómo los había autoeditado con financiación del Estado (en serio, no pregunten). De pronto, se produjo una explosión. El Pipas había explotado la bolsa de pipas Facundo sin querer. Las gemelas traviesas reían a carcajada limpia y el Guardia Civil exclamó “callarse, coño”. Entonces, pasó un ángel y luego otro, las gemelas lloriquearon un poco y el del bigote dijo “qué vergüenza”. Ruger me susurró: “pero, ¿cuándo dan el premiet?” y la directora le oyó y dijo “primero leeremos el poema ganador del año pasado”. La chica fina se levantó con una hoja impresa y declamó:

Soy un hombre con sentimientos
y algunos vicios,
las tragaperras son mi fuerte, 
el chato de vino mi agua, 
la partidica de mus… 
pero me pusieron una guardería 
al lado de la oficina 
y ya sólo olía plastas de bebé 
y oía llantos constantes. 
Hice una broma Telefónica 
y dije que volaría el local 
si no se iban a otra parte… 
A cambio, pasé tres años en la cárcel 
y gracias a eso, 
ahora soy poeta.

 La flaca se desinfló y agregó: Néstor Turado. Los aplausos ensordecieron la cueva, la verdad es que el poema era bueno, pero el poeta, claro está, no había sido un alumno sino el loco que hizo el aviso de bomba. 
 “Y ahora”, dijo la directora, “el ganador de este año es… ¡Bertín Osborne, por el poema Loco por la guarde!” El guardia civil se levantó y fue a por el premio “un set de cremas de Primor” anunció la directora haciéndole entrega. Los cuatro estábamos atónitos. Pero, ¿se trataba de otro Bertín Osborne?  ¿Era su representante? ¿Su colega? ¿Un farsante? Y sobretodo, fuese premiado uno u otro, ¿qué pintaban en mi franja de edad? El resto de los presentes parecían encantados, como si entendiesen lo que estaba sucediendo. Salí arrastrada por mis tres amigos y Ruger nos condujo a la tasca de al lado que tenía cierto glamour de barrio, donde nos confesó que había llegado conduciendo el AVE de Barcelona tres años atrás y que había desertado de la conducción de trenes desde entonces, dedicándose a vender aceitunas de Camporreal, su sueño de toda la vida. Poco a poco volví a la realidad, disfrutaba de mis amigos y tomaba notas mentales para mi próxima novela o poema, entendiendo que jamás ganaría un certamen literario... a no ser que lo convocase yo.

1/08/2020

CONCURSO DE MIERDA PARTE III


  No pensé que volvería a participar en un concurso literario después de aquella experiencia de concurso de barrio hace un par de años. Pero ocurrió. Volvía a ser algo como hecho para mí: un concurso de poemas organizado por la guardería de mi infancia, donde sólo podían participar “niños que hubiesen asistido a la guardería Cuchi Cuchi en el año 198…” Aquel era mi curso y los asistentes, sólo cinco niños más. Mi madre trabajaba cuidándonos en casa, pero decía que yo no le dejaba ver Falcon Crest (lo único que le motivaba a vivir en aquel entonces, rodeada de hijos sin saber ni de dónde habían salido).

 En Cuchi Cuchi me enseñaron a beber de la taza, coger la cuchara y comer solita sin macharme, e incluso cambiarme el pañal. Prácticamente salí criada y, al parecer, en aquel concurso, buscaban textos que hablasen de aquella experiencia, como bebé que alcanza la autonomía y está listo para pasar al jardín de infancia.

 Revisé bien las bases y pedían cosas muy concretas: que tuviese, como máximo, tres versos y como mínimo dos; que tuviese, como mínimo, doce palabras y como máximo treinta; que no dijese porquerías; que contuviese todas las vocales… y otra serie de chorradas que se me cansan los dedos de escribir.

Seleccionando volúmenes de la enciclopedia
para escribir el poema de tres versos
 Tras varios días, escribí algo que cuadraba con las bases: mencionaba a la profesora y la canción de Pepito Conejo y contenía los pensamientos de un bebé (yo) de aquel tiempo. No estaba mal para haber utilizado solo 29 palabras divididas en dos versos alejandrinos y otro verso huérfano de una sola palabra como cierre.

 Esperé nueve meses y medio (teniendo en cuenta que éramos, como mucho, seis concursantes) y finalmente un domingo a las seis de la tarde miro por casualidad el correo electrónico y leo: deberán acudir a la entrega de premios del concurso bla bla bla esta misma tarde a las seis y media en el colmado de al lado de la guardería bla bla bla si el ganador no se presenta, el premio, aún no revelado, pasará a ser propiedad de la guardería. 

 Me levanté de un salto y desperecé al Pipas, que había venido de Mirroque a verme aquel fin de semana, y bajamos a toda prisa por la escalera, donde nos encontramos a Paqui, mi vecina, que se ofreció a hacer de taxista. Atravesando los barrios del centro, saltándonos a la torera las restricciones, nos encontramos con dos manifestaciones: una contra el cambio climático y otra a favor de continuar destrozando el planeta para demostrar que sobreviviremos gracias a aparatos estilo buzo que podremos llevar los humanos para respirar y con los que seguiremos viviendo aunque haya desaparecido el ecosistema por completo. Nos entró la risa floja y la llorera en el coche, en parte por los modelitos de la gente, que cada día son más feos, en parte por la incongruencia social y el circo en general, en parte porque íbamos a llegar tarde y perdería la jugosa recompensa. El premio sólo podía ser mío. 

Mina Patuco, el Pipas y un autoestopista que recogieron en la
manifestación, en la parte trasera del Renault 5,
presos de una nebulosa de idiotez generalizada
 Entre aquel histerismo contagioso dentro del Renault 5, surgieron un brainstorming de gilipolleces que me recordaron a mis mejores días en los cursillos de verano de Mirroque de Mar. Paqui se equivocaba de palabras como borracha y decía cosas como “me tiro un pedo” en lugar de “me pego un tiro”. El Pipas, con los nervios, se atragantó con una cáscara de pipa y exageraba diciendo “parad powr favowr que me ahogou” mientras nosotras dos nos moríamos de risa seguras de que era una de sus gracias, hasta el punto de ponerse morado y vomitar por la ventanilla para terminar de convencernos. Yo interpreté una canción de Dyango y Paqui hizo los coros con un sencillo “el premio será betún para los zapatos”. A punto de cumplirse la hora, estábamos aún lejos. Exageramos unos gritos por la ventanilla pidiendo clemencia, pero Paqui exclamó: “¿Y no vive por allí Ruger, el aceitunero de casa?” Me pasó su móvil y me obligó a llamarle para que se acercase en mi nombre y recogiese el trofeo. Ruger estaba terminando de ver Mogambo en la tele, tirado como una colilla, pero al explicarle el asunto, me aseguró que por encima de su cadáver perdería yo el premio de un concurso literario de guardería de barrio. Así lo dijo y así lo hizo, y cuando al fin llegamos al colmado, Ruger nos recibió con una miradita que nos indicaba…



Debo dejar el desenlace de esta historia para el próximo post, ya que éste sobrepasa la longitud máxima habitual, pero os aseguro que no decepcionará, en absoluto.

12/12/2019

Dospuntosnarizyboca, un encuentro extraordinario

¡Mina! ¡Mina Patuco! Me llamaban a mis espaldas, como si fuese alguien de confianza, tipo mi hermano o el pescadero. Al darme la vuelta, un rostro desconocido y simple como una vela. Pregunté con la mirada y  el chiquillo, sonriente y emocionado, continuó con lo que era para mí una farsa. ¡Mina Patuco! Por el amor de Dios... no tenía ni idea de quién era, pero ya me había plantado dos besos y preguntado qué hacía ahí.
–Pues ya ves que trabajo en el catering - le dije señalándome con la mirada la cofia y dándole a probar sushi de la bandeja que andaba pasando- soy escritora, y por eso...
El  tipo se rió como si acabase de contarle un chiste de Eugenio y al fin descifré la incógnita:
–¡Dospuntosnarizyboca! –exclamé sin poder controlarlo.
Fotografía de
Dospuntosnarizyboca
realizada por Mina Patuco
en la fiesta de Navidad
-¿Qué?- preguntó, con la falta de expresión que le caracterizaba.
"Dos-puntos-nariz-y-boca era un chico de mi clase del instituto. Le llamábamos así porque si pintabas dos puntos, una nariz y una boca en una hoja, aparecía su cara, ni más ni menos. Ahora fingía que no le sonaba el mote. No le quise decepcionar, ni borrarle la sonrisa tan maja que tenía, pero es que tampoco me acordaba de su nombre.
-Bobby... -me aventuré.
-Manolo - me corrigió. Había estado cerca. Le pregunté yo qué hacía en la fiesta de Navidad de PQM y me dijo "soy  consultor". Le di el pésame al pobrecito y me comí un escargot
a su salud, tan aliviada me sentí de no estar en su pellejo.  "Con lo simple que eras, Dosojosnarizyboca, y has acabado aquí, cuando podías haber sido perfectamente empleado de una papelería o taquillero de la Renfe; informático o técnico de laboratorio, cualquier oficio sin pretensiones, como  tu rostro", quise haberle dicho. Pero se ve que la elección de su  curro estaba relacionada con compensar precisamente aquella aburrida simplicidad. Una horita más tarde debía de seguir con el rollo de  compensar en la cabeza, porque inauguró el karaoke cantando nada menos que "Soy un truhán, soy un señor", de Julio Iglesias Senior, mirando directamente de sus ojirris a mis ojos. Yo hubiera esperado algo como Creep, que iba más  con quién era (o fue), pero al fin y al cabo, ¿por qué no iba a ser un señor? Al menos él no llevaba cofia.
Luego me lanzó un guiño desde el punto de su ojo y un beso con la palma de su mano que sopló y sopló hacia mí, tanto, que se mareó y cayó desmayado. Pude haberle rescatado y acompañado en su aventura karaókica igual que una vez estuvimos juntos en la palestra de clase de latín declinando el can, canis, pero pasé. Me esperaban dos horas de pasar bandejas y Dospuntosnarizyboca se disolvió en la fiesta, simplemente como uno más.

11/24/2019

Visitando al tío Toni

El tío Toni es ese hombre que venía de visita los domingos para sacarnos de paseo a mis hermanos y a mí. Era una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde porque tan pronto contaba unos chistes para mondarse como en un suspiro se ponía rojo como un tomate regañándonos a pleno pulmón por cualquier memez. Las ganas de verle eran contradictorias, pensando en la diversión y en las broncas a partes iguales.
El fin de semana pasado me acerqué a verle a él y a mi tía y me invitaron a un cocido de los de antes. Los comentarios fueron los de siempre: “por qué no te casas, búscate un trabajo serio, vete a misa…” Pero llegado el momento, el tío Toni se vino arriba y comenzó con su ristra de chistes, algunos groserísimos, como este que se inventó delante de mis narices, asegurando que se lo habían contado “ayer”:
El tío Toni con
tapones de botella
en los ojos, su gracia
favorita 
-A un hombre le regalan un espejo muy grande. Llevaba años sin tener uno en casa, así que se desnudó de inmediato y descubrió que tenía algo en el vientre, que no era otra cosa que el ombligo. Lo palpó y enseguida se hizo con un destornillador para empezar a desatornillarlo con gran curiosidad hasta que ¡CLONC!... ¡los huevos se le cayeron al suelo!

Mi tío soltó una gran carcajada, como si acabase de oír el chiste en boca de otra persona (probablemente se había sorprendido a sí mismo, ya que se lo había inventado); mi tía se llevó las manos a la cara y se tapó los ojos denegando con la cabeza y yo me mondé por su originalidad pero, sobretodo, por la imagen de ambos, cada cual en su papel. Al verme reír, se animó aún más porque su público favorito le acompañaba (casi seguro que la imagen de mis hermanos y yo desdentados, riéndole las gracias, le vino a la cabeza) y se aventuró en algo mucho más complejo que decía así:

El tío Toni vestido
como un chiquillo
moderno, leyendo
Gavilán Palomo 
-Un hombre trabajaba en una fábrica de agujeros… - mi tía se levantó fingiendo que iba a hacer café, la cosa se ponía crítica. El tío Toni tiene una vertiente mucho más allá de lo groserísimo y es la surrealista, la que termina de sacarle de quicio a mi tía- El hombre tenía un camión, y cargó un gran agujero en el vehículo para llevarlo a un cliente. A mitad del camino, siente cómo se le abren las puertas de atrás y suena un gran estruendo. El hombre para el camión para ver lo que ha pasado y al llegar atrás no le da tiempo a ver nada, porque se cae por el agujero.
Llegados a este punto, mi tío llevaba un cogorza humorística que no había quien lo frenase, a pesar de que el chiste es, aunque a mi juicio muy bueno, de un humor tan elevado que pocos lo reirían. Sin embargo, no pude evitar partirme y pedir otro mientras mi tía seguía refugiada “con el café”. Animado por los buenos resultados, se lanzó con un tercer chiste:
-Un tipo entra en un bar y pide una ración de mejillones. El camarero se hace el remolón y trae sólo la bebida. El cliente le pregunta: “oiga, ¿y los moluscos?” a lo que el camarero contesta “MOLUSCOMÍ”.
La magia se evaporó y a la tía se le cayó el café por el camino. Fue como un jarro de agua fría. El tío Toni arrancó a reír pero yo no lo conseguía y él tampoco acababa de creerse su propia risa. Entonces, le vi arrugar la narizota, un gesto que avisa de que la bronca-cabreo se avecina.  Sabía que, hiciese lo que hiciese, me caería la bronca del siglo. Así que me aventuré a decir “parece que estas nuevas elecciones…” y entonces me cortó y me cayó la del pulpo, puso verdes a “aquellos cinco payasos” y y echó la culpa a mi generación, rojo como un boniato y a punto del colapso cardíaco. Yo me acordé de Michael Jackson y de su moonwalker y me puse de pie mientras recibía la bronca (que me traía entrañables recuerdos) y me iba alejando marcha atrás, hasta que alcancé la puerta y salí por patas.
Adoro al tío Toni, y olvidé decirle que le quiero antes de irme y por supuesto, estoy deseosa y aterrada – a partes iguales- de volver a verle pronto.

10/07/2019

CARTELERA CULTURAL: Frustración en Paguí

Título: Frustración en Paguí
Género: Nouvelle Vaga (que no Vague)
Duración: Dos hogas y tgese minutes
Director: Ann Fanterrible
Idioma: español y francés de los bajos fondos (mec, putain, flic, etc)
Reparto: Tuque Sabes, Johny Dea, Apu Esnada y B.T. Yah. Cameo de Quique Sanfrancisco haciendo de galerista ciego de la calle Rochefort (galería de alimentación).

Argumento: Paula sueña con ir a París y en una tómbola benéfica le toca una batidora con ticket regalo de El Corte Inglés. Al ir a cambiarla por algo más práctico, le devuelven mil eurazos, con lo que se decide a sacarse unos billetes low cost y reservar los 800 restantes para le voyage, de 4 días.
Su sueño es cortarse el pelo a lo garçon, comer filet mignon y crème brûlée y llamar a les flics desde el Bois de Boulogne diciendo que se ha perdido.

Nada más llegar, descubre que los 800 euros que lleva no le durarán ni 24 horas y que cucú se dice igual pero se escribe diferente. Ilusionada por ir directa a Montparnasse a descubrir por qué Simone de Beauvoir se enamoró perdidamente de Jean Paul Sastre, que era espantoso, se decide a coger le métro desde su hostal en la Rue Perignac, donde le ocurren dos cosas extraordinarias: una, se encuentra por casualidad a su amor de verano de veinte años atrás y dos, al irse a saludar, el chico tropieza y se rompe le peroné. Los cuatro días siguientes los pasa la pobre Flora (su nombre ya era una fatalidad) acompañando a Elmer (sí, Elmer) a los distintos despachos médicos donde requiere tratamiento, sin poder tomarse ni un café en el Flore, cantar la Marsellesa o ver la tumba de Jim Morrison. 
Despedida Flora-Elmer 
antes del gran bofetón
Pasados los cuatro días, Flora se despide del pobre Elmer junto al Sacré Coeur, quien le dice inocentemente: “han sido unos días idílicos, he disfrutado de Paguí aún yendo en la silla de ruedas, y qué bien la has empujado” a lo que Flora, hasta el moño de guardar las formas, le atesta un solemne bofetón y le empuja Montmartre abajo, escaleras incluidas, mientras la imagen se funde de negro al grito de un NOOOOOOOOOOOO difuminado.
Elmer al aterrizar en el
Carrousel de Saint-Pierre, aún vivo.
Reveladora, reivindicativa y crítica con las personas que tienen accidentes domésticos sin pensar en los demás. El sindicato de vendedores de castañas asadas subvenciona la película, apareciendo de fondo en muchas de las imágenes del film.
Si uno se queda hasta el final de los créditos, se rompe la incertidumbre de si Elmer sobrevive o no al accidente: Chicago, 2023, una oficinista parece mirar con amor a un compañero de trabajo, que al fin se le acerca y la pide salir. Es Elmer, algo canoso, que da pequeños saltitos de alegría al recibir un sí, pero que tropieza fatídicamente con la impresora y se parte la clavícula, dejando a la chica espantada y regalándole al espectador un final abierto y emocionante.