"Espinete, ¿te vienes a la panadería de Chema?"
Don Pimpón, 1985


6/06/2017

El fin de la psiquiatría barata

Estuve alarmada la última semana porque la paciente de mi vecino el psiquiatra, la que vengo espiando estos últimos meses, llevaba tiempo sin pisar consulta. En realidad estaba contenta por ella pero también preocupada. La había cogido tanto cariño, que ahora quería saber que todo le había ido bien. También barajé la posibilidad de que hubiese estado viniendo a otra hora, porque por las mañanas estoy trabajando como correctora de textos en la tintorería de abajo de casa (la que hace los resguardos de los clientes tiene muy mala letra y me pagan por corregirlas para que no haya confusiones).
El caso es que ayer por la tarde estaba saliendo del ascensor y la vi que entraba en el portal. ¡Era ella! Rebusqué  en mi bolso y me puse unas gafas sin cristales que me tocaron en una tómbola y me hice un moño express. Me coloqué junto al ascensor confiada y la sonreí:
—¿R.B? –le pregunté con acento de un país del este, no sé por qué. Ella asintió extrañada–. El Dr. está enfermo. Soy su colega, la Dra. Latvia (no preguntéis tampoco por qué Latvia).
—Bonito nombre –me dijo.
Mi recogido improvisado, justo antes de ponerme las gafas de
feria, junto al ascensor
—Acompáñeme, mi consulta estar en piso de al lado.
La conduje a mi casa consciente de que acabaría en el trullo si me pillaban, pero quería salvarla, de verdad. La senté en la mesa camilla ocultando bien el brasero que la portera me ha dejado este invierno y le dije:
—Cuénteme.
—Hace tiempo que no vengo.
—Hase bien –expresión de sus ojos de no esperar mi felicitación.
—Es que... me he enamorado.
—Eso es adorrable.
—Pero sigo dudando de mí misma. Además, hago cosas raras de vez en cuando que me hacen pensar que no estoy bien.
Me tomé un instante para inventar algo bueno y convincente.
—Señorra, mi amigo Edberg me envió un filete de ternera por correo.
—¿Por qué hizo eso?
—Es artista. Quierro desirle que la gente hase cosas diferrentes y rarras y por eso mundo ser divertido u odioso.
—Qué interesante...
—Usted si ser interresante. Guapa. Insegurra, ¿por qué no? Más atrractiva. Hase cosas rarras: usted ser artista.
—¡Qué revelador!
—Usted irse de aquí con viento fresco, nunca volver, por favor. El Dr. tiene mucho trabajo y yo ocupada atendiendo a la clase política. Ellos sí tener problemas mentales.
La mujer quería quedarse avec moi y tuve casi que echarla. Al volver al salón vi 70 euros encima de la mesa camilla. Tuve tentaciones de quedármelos porque sabía que mi sesión había sido mucho más efectiva que todas las demás. Pero también sabía que aquella mujer había pedido un crédito al banco de Luxemburgo para pagar aquello
, así que lo metí en una caja horrenda de adorno del mobiliario de mis caseros, la até a un hilo de lana y lo bajé manejando el ovillo por la ventana hasta que llegó a la puerta del portal a la vez que salía ella. Miró para arriba y la saludé estrictamente. Abrió la caja y me preguntó con la mirada. A las dos nos brillaban los ojos y luego yo lloré ya dentro de casa porque me había dado fuerte con la persiana.

5/04/2017

Cambios en la consulta del psiquiatra

Empiezo a percibir cambios en mi paciente favorita. La noto como en rebeldía y me da que podrá librarse del psiquiatra antes de lo que nunca hubiese pensado.

-Doctor, a veces me encuentro mejor y pienso que podría continuar este viaje que es la vida sin usted.
-Gran equivocación. Si decide continuar remando sola por aguas desconocidas, su barco se hundirá.
-Pero los únicos barcos que yo he visto en mi vida son los de Hundir la flota...
-Ahí lo tiene. Barcos que se hunden delante de sus narices.

Silencio ensordecedor y yo, desde el otro lado de la pared, queriendo gritarle a esa mema que salga corriendo camino de algún bar de moda.

-La verdad es que estoy yendo a clases de natación, tal vez si el barco se hunde, yo podría salir a flote.

La paciente en plena rebeldía, con un gorro de baño
de 1920 inspirado en una novela de Boris Vian,
a punto de tirarse de la barca.
Ojos del psiquiatra desorbitados, el sudor le baja por la frente ante el peligro de que su nómina este mes se reduzca un pellizco.

-Antes quiero que esté segura. Realizaremos unos ejercicios prácticos durante las próximas treinta sesiones e iremos viendo la evolución.
-¿De veras, doctor? Es usted una gran ayuda...

Me parece que esta pobre va a necesitar que alguien le abra los ojos, y esa voy a ser yo. Seguiré retransmitiendo desde detrás del póster de la Pantoja. Corto y cierro.

3/28/2017

Psiquiatría barata a la hora del té III


El psiquiatra se ha comprado un diván, y comienzo a escuchar cosas realmente preocupantes entre mi paciente favorita y él..

Ayer:
–Doctor, creo que me estoy enamorando de usted
–Suele pasar
–Desde que ha sustituido el sofá por el diván me encuentro más cómoda y relajada, y como que los sentidos se me disparan
–Uhm...
–¿Ve? Hace usted ese ruidito con la garganta y me da una cosa...
–Ejem, retomemos lo otro
–¿Lo de que no alcanzo a entender por qué el conductor del autobús no abre si se ha pasado medio metro de la parada?
–Ahí tenemos trabajo.
–Madre mía, tiene razón, doctor. Voy a seguir con eso porque realmente me atormenta, y tengo para varias consultas. Y lo de echar un kiki lo dejamos ya para más adelante...


La paciente extasiada y a punto de lanzarse sobre el atractivo
psiquiatra, presa de una excitación inexplicable, sobre el nuevo
diván.
Hoy:
—Doctor, el gatito no me hace caso. Pasea por la casa y como que me hace de menos, creo que me está haciendo bulling.
—¿Está segura?
—Segura no... la verdad es  que no le denunciaría, doctor, no es mal gato, sólo me hace feos, como no comerse la latita de whiskas luxe, y eso me desquicia.
—¿Cuando era niña tuvo algún altercado con alguna persona de su barrio?
—Creo que no... aunque, si regresiono un poco, la verdad es que el pescadero nunca me daba pescado bueno, sólo si acudía con mi mamá.
—Ahí lo tenemos. Pescadero-pescado de mala calidad-gato- su mamá. Está clarísimo.
—Dios mío qué alivio doctor, no tengo ni idea de qué me está hablando, pero es usted un genio, un auténtico genio.
—Ho, ho, por favor...
—Miau


3/23/2017

Psiquiatría barata a la hora del té II

Llevo días enganchada al agujerito ese de la pared por el que espío al psiquiatra de mi edificio. Es mucho más interesante que la programación televisiva e incluso que los vídeos de animalitos torpes de youtube. La paciente estrella es la mujer de la que os hablaba el otro día... ahí os dejo otras dos perlas para la colección:

15/03/2017
–Doctor, me he dado cuenta de que, cuando nadie me ve, le evito
–¿Que me evita usted?
–No, no, que LEVITO. Noto una especie de airecillo por la zona de los pies, y se levantan como solos.
–Nunca he oído nada igual. ¿Está segura?
El psiquiatra de mi edificio, escuchando atentamente
a su paciente.
–Claro que estoy segura, doctor. Por eso vengo aquí a tratarme, su consulta es muy cara, pero merece la pena si al final consigo entender que no floto o, si lo hago, por qué lo hago. ¿Entiende, doctor?
–Claro que lo entiendo, es usted muy razonable. Y muy inteligente. Y muy valiente por invertir el dinero que no tiene en averiguar qué le pasa.
–A veces lo he comentado con las amigas. Les gusta que se lo cuente, nos reímos muchísimo, me dicen que soy fantástica y que debería estar contentísima de tener ese don. Luego hablamos de banalidades, fumamos cigarros, criticamos a nuestras parejas y a veces bailamos a Lou Reed embriagadas de algo.
–Qué gran error... no se debe banalizar con estas cosas. Profundicemos en ello...


22/03/2017
–Doctor, sueño con que nunca seré madre.
–¿Y?
–Que nunca podré amamantar hijos hasta los cinco años como hacen las madres de ahora.
–¿Y?
–Que me hace sentir maravillosamente bien.
–¿Pensar en ser madre y amamantar durante años?
–No. No querer hacerlo.
– Uhm... eso hay que tratarlo...

3/15/2017

Psiquiatría barata a la hora del té


Como en aquella película, he descubierto que al otro lado de mi pared está la consulta del psiquiatra del 3C. Hay una mujer que acude con frecuencia a la hora del té, y a través de un agujerito que descubrí detrás de un póster de Isabel Pantoja que dejó la inquilina anterior, puedo espiarla tranquilamente. Me parece muy interesante conocer más sobre el ser humano y la sera humana. Aquí va lo que pude captar esta mañana:

La paciente, despidiéndose del psiquiatra antes de irse.
Doctor, he vuelto
–Ya lo veo
–Usted cobra 120 euros la hora por estar aquí, y ni siquiera tiene diván
–Ahá
–No consigo entenderme. Gano 900 euros al mes. 600 van al alquiler y 240 van para usted porque vengo dos veces al mes. ¿Qué me queda?
–60 euros para comida y champú.
–Pero, ¿hago bien, doctor?
–Hombreeeeee, mujeeeeeeer...
–Me quedo mucho más tranquila entonces, doctor. Es usted un sabio.

3/09/2017

Hipster de turno

Como prometí, os muestro a continuación el poema con el que participé en el concurso de mierda del que os hablaba la semana pasada, y que no gané. Basado en un escarceo amoroso con un hipster a la moda en la puerta del súper, juzgad vosotros mismos.

Hipster de turno
barbita pomposa
¿sumergiste el pelo en los años 80,
o en el comienzo de los 90?
Eso sólo lo saben los New Kids on the Block
                                                                    block
                                                                           block.
Sólo dos cosas te digo,
querido hipster de palo:
                                         
               Una,
ahólgate los pantalones
si eres de pata ancha
o de patorra maciza;
                dos
desabróchate el botón
                                  superior
                                         de la camisa (isa... isa... isa...)
          que si tienes suerte
y ligas
        con la chica mona
Hipster de turno utilizando su barba como cuenco para
comer macarrones con chorizo después de darle calabazas
esa,
       no va a haber alma
                        que soporte el hedor
que salga de ahí
    cuando te desabroches
          para hacer de hipster lover.

Chico a la moda,
cultureta del cuerno,
coleccionista de folliamigas,

¡¡¡¡¡¡basta de robar chalecos
                               del armario
                                        de tu padre!!!!
Sigue el consejo
de tu abuela Isidra,
                   la del pueblo:
                                 déjate de gilipolleces.



Dedicado al hipster del Caprabo

3/03/2017

Concurso de mierda Parte II

   La invitación a la entrega de premios me la dio el propio Alfredo cuando pasé por delante de su portal. "Toma, son meras formalidades" me dijo mirándome ahí mismo y al balcón a la vez, y entregándome un post it con las palabras "entrega de premios en el Bajo 1 esta tarde a las 7" escritas con una letra que ni el niño de cuatro años al que cuido. 
Subí a casa y comencé a prepararme para la ocasión. Como la casa que alquilo pertenece a una anciana que vive en la habitación del fondo, me decidí a hurgar en sus armarios, porque si quería parecer una poetisa no podía ir vestida de Primark, así que encontré un vestido victoriano que me daría el toque para parecer, por lo menos, Virginia Woolf o Emily Dickinson (me daba lo mismo una que otra), vinculándolo con el presente a través de mi melena Cleopátrica y unas bambas victoria que aún conservo de 1992.
Momento del ensayo ante el espejo,
poco después me aflojé el corsé
porque hacía pupa.
   Ensayé un pequeño discurso frente al espejo embadurnada de polvos de talco: "Queridos vecinos del portal 58: el poema lo compuse una noche en que me entró un payaso barbudo al que no pude decirle nunca que, a pesar de haberle besado con pasión en la puerta del Caprabo, no me interesaba. He limado demasiados callos y he trabajado en tantas cosas para llegar aquí, que no puedo creer que vuelva a Mirroque de Mar gracias a ustedes..." Era perfecto, y yo toda una dama.
   Llegué a las 6 al Bajo B, un pequeño local adjunto a la portería para juntas de vecinos. En la puerta colgaba un cartel: "VELADA LITERARIA". Dentro, las nueve personas que había me miraron admiradas y sin conocimiento "anda, el traje de luto de la Reme" le oí decir a Anastasia, la señora de la perrita raquítica del anorack, "y esta, ¿de dónde ha salido?" se atrevió a soltar Alfredo. "Es Mina, la del 5
4" contestó Carmensica, la presidenta, con cierta complicidad hacia mí. 
El atractivo perfil de Haroldo Amat
mientras chupaba un Strepsils
La primera faena fue que aquel conjunto de muermos leyeron el acta de la reunión de vecinos anterior, que duraba 16 páginas, leído por Alfredo, quien releía a veces lo mismo al retomar, sin quererlo, la lectura con el ojo pipa, que le llevaba más arriba una y otra vez. Luego discutieron si arreglar o no el montacargas, y si las propinas de Alfredo se contaban como parte de su sueldo. Todo aquello me quitaba la energía y me reportaba cierto bochorno. Entonces, Alfredo presentó a Haroldo Amat. "Aquí tenemos al famoso escritor novelístico y poeta, Haroldo Amat, más conocido como Harold". Todos aplaudieron rabiosamente, como si la palabra famoso les hubiese sacado de su atontamiento. Harold, que tenía 70 años, cuerpo de 50, cara de 60 y pelo de 80, y que llevaba boina, nos mandó callar y nos hizo una presentación de sus doce últimos libros, un paseo por su vida, sus gustos, sus habilidades y sus frasecitas de vida durante más de dos horas. Luego le entró la tos y   Alfredo le quitó la palabra porque era ya la una y media de la mañana, y anunció que el ganador del concurso era el propio Haroldo. Me pilló casi dormida y recé para que hubiese pasado como en los óscars. "¡Lée bien la tarjeta, Alfredo!" exigí. "No hay tarjeta, Mina, yo soy el jurado, y me sé quien ha ganado. Ha sido él".  Haroldo recogía los billetes de Alsa frente a mis narices empolvadas mientras se introducía un strepsils en la boca. 
   De camino a casa con picor por todo el cuerpo a causa de la naftalina, me entró un ataque de risa y comprendí que aquello era sólo el comienzo de una larga aventura, y que me sentía más fuerte que nunca. El lunes prometo deleitaros con la publicación de Hipster de Turno, el poema con el que no gané. 

3/01/2017

Concurso de mierda Parte I

El mes pasado me enteré de que, en esto de la escritura, existen los concursos. Concursos literarios a los que cualquiera puede presentarse, y el premio puede ser desde un vale descuento de Fairy hasta crema andina para el vello corporal o, incluso, dinero. Tina, la de la tintorería, me lo dijo claramente: "hay un concurso de poesía donde te dan un viaje a Mirroque de Mar con todos los gastos pagados en temporada baja". Aquello tenía que ser el destino. Literatura y Mirroque de Mar de nuevo reunidos en mi vida, era claramente una señal. "El que lo sabe es el portero del 58" dijo, y fui a enterarme. 
Alfredo es el portero del 58 y el tío da pereza, porque tiene un ojo pipa y el que tiene bueno lo dirige siempre al mismo lugar en las mujeres, una vecina de su edificio incluso le empujó en una ocasión por las escaleras por guarro, pero luego se lo perdonan todo. Al preguntarle, sin dejar de apuntar con un ojo al balcón de arriba y con otro donde os digo, me contestó: "La comunidad de vecinos organiza el concurso. Escribes un poema, haces 25 copias tamaño A5, las encuadernas en espiral que no canutillo, cuerpo de letra 11 en fuente sin serifa, y me lo haces llegar por correo certificado bajo seudónimo con plica y ante notario, sin remite ninguno". "¿Es en serio?" "Muy en serio", me aseguró. 
Yo tenía que ganar aquel premio, ni siquiera había trascendido más allá de la manzana donde vivo, ¿qué otro vecino podría ganar? Yo tenía que ser la única escritora decente, porque no podía imaginarme a ningún otro de la zona escribiendo con la pasión con que yo ando haciéndolo últimamente. Fui a casa y puse patas arriba el salón, todos los poemas escritos a mano en diferentes soportes (papel higiénico, contraportada de libro de sudokus, tickets de compra aprovechados por detrás, servilletas de bares... ) los colgué por las paredes o por el suelo
En el acto de escoger poemas,
junto a la impresora láser de alta definición
tirados, comparando unos con otros, sopesando, cavilando, descartando... me sentía como Rimbaud a tope de absenta, o como Paris Hilton teniendo que decidirse entre miles de zapatos esparcidos por su vestidor. Al final, tuve que escoger entre "Calla, calla, calla", "Hipster de turno", y "Gases extremadamente tóxicos, ¡Babúm!", y consultando con varios amigos por teléfono, me quedé con "Hipster de turno". Cuando creí que ya estaba casi todo hecho, llegó la segunda parte: ¿veinticinco copias? Portada y poema, o sea, cincuenta páginas impresas para un concurso de un poema de nueve líneas. Tuve que comprar tóner y cuartillas de A5, y a imprimir. ¿Alguien pensó que imprimir en A5 es fácil? Nooooooo. Entonces, otra sorpresita: encuadernar en espiral dos páginas, ¡veinticinco veces! Pago a tocateja en la papelería de enfrente. Dos euros por encuadernación, la encuadernación más ridícula que jamás hayas visto. Eso sumaban 50 euros más otros 40 del toner y los folios. Entonces vino el episodio de la plica y el pseudónimo, Dios mío, llevaba ya cuatro días preparando aquel poema para ese concurso de mierda, pero el premio sería mío, yo lo sabía. Al fin metí todo en un paquete y pagué algo más de quince euros por ir hasta la oficina de correos más cercana, a ocho manzanas, y enviar el manuscrito multiplicado certificado y con acuse de recibo al portal de al lado, entonces, recordé lo del p*** notario. Me flaqueaban las fuerzas y estaba a punto de tirar la toalla, cuando el propio empleado de correos me informó de que tienen servicio de notario allí mismo en Correos, y que por 70 euros me ponían también la apostilla de La Haya. Así que cedí, arruinada y esperanzada al mismo tiempo, era como comer cerdo agridulce, por la mezcla de sensaciones y eso.

Si pensáis que terminaría la historia hoy, no lo he hecho. La emocionante entrega de premios en la sala de juntas de la Comunidad de vecinos, la intervención de Harold (Haroldo Amat), el famoso escritor, y todo lo demás, os lo cuento mañana, que va para largo. Por supuesto, Hipster de Turno podrá leerse también en el próximo post.

1/24/2017

El DJ de la fiesta de C.P.

La madre de los niños a los que cuido, C.P., me invitó la semana pasada a su fiesta de 40 cumpleaños. Quise escaquearme diciéndole que yo cuidaría de sus hijos, pero me dijo que había contratado a otra niñera, creo que lo hacía para rebajar la media de edad de la fiesta, así que no me quedó otra.  
Rick, en uno de sus momentazos de la noche
Como imaginé que sería una fiesta de papis con gente démodé, me puse una camiseta sosa, un pantalón suelto, y unas bailarinas doradas que encontré una vez junto a un contenedor, pensando en darle a mi look un toque festivo.  Cuando llegué al local que habían alquilado (un garaje del barrio), me sentí como Marty McFly llegando a 1955, pero en mi caso, lo hacía a los 80: había más hombreras en aquellos 150 metros cuadrados, que en Galerías Preciados en 1985. Varios pelos leonescos bien enlacados dirigieron sus miradas hacia mí con reproche porque estaba "out", pero al menos era la más joven, y superé aquel ridículo en los 3 segundos que tardé en encontrar unos pechos caídos mal disimulados.

M, el marido de C, mi jefe, ya sabéis, el que me había visto hacía unos días corriendo medio desnuda por el descansillo, se acercó con una copa gigante llena de ginebra y frambuesas, y me dio la bienvenida con cara de haberse bebido ya unas cuantas antes. C., su mujer, estaba en medio de la pista, bailando a Tino Casal, con sus colegas alrededor palmeando y dando ánimos. Pero al acercarme, descubrí que a quien palmeaba el corrillo en realidad, era a un tipo de figura gallinácea, con micrófono en mano, que cantaba y bailaba algo desacompasado... me recordaba a Power Ranger (si no has leído Gavilán Palomo, la novela, ya estás tardando), pero no era él. Era EL PINCHA del guateque. Llevaba camisa retro con medio pecho al aire y Stan Smith blancas, y realmente él era el protagonista de aquella fiesta. 
Delicioso churrasco de ternera, que
recuerda al olor que dejó Rick después
de su numerito con el mechero.
Volvió a su sitio y a continuación puso a los Panchos mientras la multitud vitoreaba moviendo las caderas frente a él. Decidí hacerme con una de esas copas-grial y tratar de bailar aquello si no quería pegarme un tiro en frente de todos. Varios moscones cuarentones se me acercaron, pero los alejé gracias a que imito perfectamente a Massiel bailando, y eso no lo aguanta nadie. De pronto, el DJ de nuevo cogió el micrófono y dijo: "yupi, chicos. Soy Rick, vuestro DJ de la noche, y vamos a liarla parda" y a continuación se puso a cantar Dire Straits como si se tratase de los Sex Pistols. Aquello se desmadró, mezcló horriblemente Raffaella Carrá con la Creedence, Azúcar Moreno con los Beatles, Chimo Bayo con Ramones y Junco, y Camela con los Pixies y Sara Montiel... y cada canción tenía su sorpresa: que si me cuelgo de los fluorescentes del techo, que si hago un calvo, que si morreo a la del cumpleaños para sellar la canción... A todo esto, la policía se acercó varias veces a decir que bajaran el volúmen, y cuando mi jefe se acercaba a bajar su mesa de mezclas, Rick volvía a subirlo cuatro veces más con una sonrisa burlona y a varias copas de distancia de cualquier ser humano limitado. Cuando todo el mundo comenzaba a estar un poco hasta los cuyons de él, porque había entrado en una espiral de canciones de la Trinca, se le ocurrió encender un mechero como si la melodía fuese de balada, y se incendió sin querer la melena y las cejas, empeorándolo con un intento de apagado a base de Jack Daniel's. Se quedó calvo como un pollo pelado, y vino la ambulancia para llevarle al hospital al pobre con todo el cuero cabelludo al rojo vivo, pero él seguía cantando a Peret y moviéndose como una gallina, y oímos que el médico le susurraba al camillero que pusiesen rumbo al manicomio de Guadarrama directamente. 
La fiesta se quedó en nada sin él, y yo he aprendido una valiosa lección: si quieres triunfar en una fiesta realmente carca, vuelve a los 80. 

1/14/2017

Poema inverosímil

Amaranto es un amigo nuevo que me he hecho. Es poeta y asesor fiscal, y el tipo no ha superado cumplir los cincuenta, tiene una espinita clavada de los 80 o así, que le hace empeñarse en cosas como las que él mismo expresa en el siguiente poema:

Fas fas fas
¿quién anda ahí?
¿Ratones?
Nadie responde.
Silencio
y la voz del vendedor de lotería
entrando por la ventana
¡de la once para hoy!
Frisky frisky frisky
¿Cómo? ¿Qué sucede?
¿Es acaso la vecina espiando?
Silencio de nuevo,
canturreo Camela porque puedo
y nadie me oye.
Ñi ñaaaac  ñi ñaaaaaac
busco como asustado,
¿es una señal divina?
¿Debo engrasar las puertas?
Comienzo a sudar
y llaman al timbre,
cu-cúu me dice Roldán,
el portero,
al otro lado.
Al correr a abrirle
otro ruido me persigue:
Chíiiiiiiis chíiiiiiis.
–Roldán, Roldán, ¿oyes eso? 
Viene como de por aquí abajo...
Roldán me mira las piernas
y el empaquetado,
y responde
con su acento de Segovia:
–¡Pero cómo no van a sonar 
esos pantalones de cuerazo
que te aprietan que estás morao?
Adiós, sueño
              de mi vida...
y una pregunta bucólica
queda en el aire:
¿cómo lo hacía
                        Miguelito
                                    Ríos?
El cuerpo de Amaranto embutido en los pantalones,
mientras éste busca por toda la casa la procedencia
del chirrido que hacen sus pantacas de cuerazo
friccionando.


1/02/2017

Gavilán sabotea la segunda edición

Acababa de llegar a casa la segunda edición de Gavilán Palomo, la novela, cuando recibí una llamada anónima.
–¿Sí?
–¿Eres Mina Patuco?
–Sí, soy...
–¿La farsante que se está forrando a mi costa? –tardé unos segundos en caer.
–Loreto...
Colgaron. A continuación me sentí confusa y con cierto temor a volver a ser raptada, así que, sin quitarme el pijama de osos gordos que llevaba, me bajé al Chemita, el bar de al lado, y pedí un poleo menta. Cuando trajeron la cuenta, en el reverso del ticket, descubrí un mensaje dirigido a mí: 
¿Crees que eres Allen Ginsberg en 1970, y que este bar es el Hotel Chelsea? ¡Lo llevas claro! 
No tenía ni idea de quién era ese Ginsberg ni a qué hotel se refería, pero me dio un escalofrío de aúpa pensando en la vieja Gavilán escribiéndome mensajes encriptados a sólo unos metros.
Amenacé al camarero con no dejar propina a menos que me explicase cómo había llegado el mensaje ahí, pero me dijo que sus labios estaban sellados con amenazas inimaginables y que no abriría su pico de camarero. Me imaginé a Loreto simplemente insinuando que volvería por allí, y comprendí muy bien al pobre chico.
La sentí más que nunca a mi alrededor, tratando de sabotear mi trabajo, y me entró mal rollo y cierta sensación de ahogo, algo estaba a punto de pasar y no era el carrito de los helados. Dejé el poleo a la mitad y subí como loca las escaleras de mi casa, con tan mala suerte que la goma del pantalón del pijama de ositos gordos debió darse de sí o algo, pero cayó por el camino y yo, en mi alarma, no me había dado cuenta. A punto de abrir la puerta en el descansillo jadeante, en bragas, abrigo, calcetines a media pierna y bambas Victoria,  salió el vecino de al lado. El padre de los niños a los que cuido. Se podría decir mi jefe. Fue verme y volverse para dentro. Mis bragas eran descaradas, lo admito. 
Loreto Tinoco escribiendo dedicatorias en mi salón, sobre los
libros de la segunda edición de Gavilán Palomo, la novela.
(Parece Quevedo, pero no, es Gavilán Palomo en mi salón)
Sin tiempo para lamentaciones, abrí temblando y temiendo lo peor. Si, Gavilán había estado allí. Había desorganizado los libros de la segunda edición, se había llevado la mitad y había sobeteado y magullado los que quedaban, además de haber escrito, con letra de pájara, lo siguiente en cada uno de ellos:

Querid _______ (espacio para escribir el nombre), este libro es todo falso, mentira, y una gran mierda. Una pena que lo hayas comprado. En cualquier caso, te lo firma la protagonista, la gran engañada, Loreto Tinoco, aún no sé ni por qué se llama Gavilán Palomo, porque esa no soy yo.
Chimpún.

No lo pude evitar. Esbocé media sonrisa al tiempo que maldecía a sus antepasados avícolas; recordé el aroma marino de Mirroque mientras olía el tufo que había dejado allí; me sentí confundida y en paz conmigo misma. Tengo 20 nuevos ejemplares, segunda edición, firmados por Loreto y por mí. Recomiendo lo pidáis a los Reyes YA, que quedan tres días.