"Espinete, ¿te vienes a la panadería de Chema?"
Don Pimpón, 1985


3/22/2024

Cartelera cultural: El largo viaje a Bordó

Título: El largo viaje a Bordó
Género: Histeria
Duración: el largo viaje
Director: Jesús Calleja
Idioma: español con subtítulos cuando habla gente local
Reparto: El mismo elenco que en La Casa de Papel
Banda sonora: Day tripper
Productora: S-ALSA

Rhonda y Klaus se conocen en la performance de un famoso performer y terminan performando juntos en una cama de 1'90. El encuentro los sume en una nebulosa de enamoramiento y se lanzan a ir de viaje a Burdeos en el puente de la Almudena. Sin embargo, Klaus pone una difícil condición: pronunciar Bordeaux como los franceses, es decir, "Bordó". Este duro reto no lo consiguen hasta el puente de mayo, porque Rhonda tiene dificultades con los idiomas y Klaus tiene frenillo en la lengua. 

El 1 de mayo a las 7 de la mañana cogen un autobús a Donosti que llega a su destino a las 8 de la tarde, después de parar en todas las gasolineras, pueblos y capitales de provincia del país. Rhonda está desfallecida pero Klaus la anima diciendo que quedan solo tres horas de camino y que a las 11 de la noche estarán performando en su apartahotel de Bordó. 

Rhonda y Klaus, en el primer área de servicio
a 1 km de San Sebastián, ignorantes de lo que se
les venía encima

La ilusión se desvanece cuando suben al nuevo autocar y descubren pegatinas del mundial 82 aún pegadas en las ventanas, asientos rajados de hace cien años, y olor máximo a humanidad. La carraca parte de la estación de autobuses y kilómetro y medio más allá se detiene a repostar en un área de servicio. "ARRETE" dice el conductor tan contento, indicando que se bajen todos a cenar. Los pasajeros bajan sin dar crédito y abren las tarteras a regañadientes. Dos hipsters pamplonicas se acercan a los protagonistas para felicitarles por su atractivo y confiesan que se apearán en Bayona. Klaus se  burla preguntándoles por qué no han ido directamente desde Pamplona, y ellos tienen que confesar que haciendo aquel cambio en Donosti ahorraban 7 euros. Rhonda pellizca a Klaus en la nariz por su arrogancia y su relación peligra durante unos minutos de película, hasta que vuelven al autobús y se reconcilian, acurrucándose entre niños que berrean y abuelas que reparten cuscús. 

Al rato, el autobús hace parada en un pueblo vascofrancés, Rillete de Goritzia, donde queda atascado en una callejuela del casco urbano. Varios tipos con chapela francesa salen a reconducir el vehículo, desmontando a pelo, para ello, parte de la carcasa delantera de 1986, que se queda de recuerdo en el pueblo. Tan campante, el bus destartalado parte de nuevo, para llegar a las dos de la madrugada a Bayona. Varias personas aplauden y los navarros bajan desesperados y besan el suelo, como el Papa. Klaus aún es capaz de soltarles alguna mofa por torpes y uno de los hipsters se venga, gritándole "hemos dicho antes que erais atractivos, pero la verdad es que solo lo es ella". Klaus se queda descompuesto y deja que Rhonda le consuele prometiéndole performances novedosas a su llegada a Bordó.

Rhonda y Klaus, aterrorizados en el
autobús del infierno,  pintados con acuarela
por el pasajero de delante
Cuando parece que ya solo queda ponerle música a un final redondo, el conductor del bus es incapaz de salir de Bayona, y vaga por sus calles tratando de encontrar la salida, generándose una nueva escena terrorífica: tira por un sendero que se estrecha y el bus vuelve a quedar atrapado en mitad de un enorme y frondoso bosque francés. Una mujer libanesa llama a sus papás para despedirse, dos hombres tratan de cargarse al conductor, los bebés -hay varios- vomitan al mismo tiempo. Rhonda y Klaus solo le dan al amor. Varias pasajeras vascuences bajan a resolver el tema, y acaban desmontando la carcasa trasera, lo que les da una nueva oportunidad de salir de allí. 

La escena final es la de un autobús con el aspecto de un amasijo de hierros llegando a Bordó a las siete de la mañana, lleno de gente deshidratada y en pánico. En los créditos finales, escenas de los navarros enrollándose en los parques de Bayona, Rhonda y Klaus teniendo un accidente de bicicletas de alquiler y performando incansablemente, la chica libanesa discutiendo con su anciano padre, el conductor siendo llevado con camisa de fuerza por las autoridades, y los protagonistas de nuevo volviendo, esta vez en avión, a la capital.

Tierna, aterradora, cansina, deshidratante y malolinete, esta película de género fluido podría quitarle la vida a cualquier enfermo del corazón.

3/09/2024

La cita circular con Stuart Wilson, el queso irlandés

Stuart, el queso irlandés, en COU
 Hace unas semanas contacté con Stuart Wilson. Mi prima Pili Grossa me dijo que había vuelto al país para dedicarse a criar ovejas y que estaba viviendo en Almagro, Ciudad Real. Stuart se puso contentísimo con mi llamada y me pidió que fuera a pasar el día al campo con él porque no podía dejar solas a sus ovejas. Claramente aquello era una cita porque, desde que vino a estudiar COU de intercambio hace veinte años, siempre nos habíamos gustado.

Me acicalé como nunca, recordando que le llamábamos "el queso irlandés" porque era apuesto y pelirrojo, aunque ambos adjetivos en principio sean opuestos, y me subí al tren de la mañana. El AVE iba lleno de gente dando palmas y armando barullo pero, al bajar en Ciudad Real, no había un alma ni una voz. Solo un tipo barbudo y cascado en un banco, con una enorme sudadera y pantalón de pana que no pegaban ni con cola. Al verme, dio un salto hasta mí. "¡Mina, Mina, Mina!" Pues parecía que era él, y me achuchó con desesperación. Me montó en una vieja vespino para irnos a sus tierras en Almagro, sin cascos ni nada, y, mientras me mantenía abrazada a él, busqué como loca en su cabellera castaña y canosa algún resquicio de pelo rojo, o alguna peca en su piel madura. Ni rastro. Solo su naricilla respingona me daba la pista de que era Stuart Wilson, el queso irlandés. 

Stuart en 2024, en la estación
de Ciudad Real

Después de una hora de paseo con sus ovejitas, que a penas nos permitían avanzar porque Stu les daba "chuches para perros" a cada paso, y ellas se lo sabían, nos fuimos a tomar algo a la plaza del pueblo. Mientras me contaba teorías sobre engordar a las merinas para sacar más lana, yo seguía buscando al viejo joven Stu entre la barba y el atuendo, y me daba cuenta de que oírle hablar me daba dolor de cabeza. Me agobié pensando que no tenía escapatoria y, sin saber cómo, me puse el móvil en el regazo y le envié este mensaje: 

ESTOY CON UNA CITA EN TU PUEBLO. RESCÁTAME. 

Al segundo se oyó un pitidito en su móvil y paró el monólogo, girándose para mirar disimuladamente y leer el mensaje que yo acababa de mandarle. "Me vas a perdonar, Mina, pero tengo que ir a socorrer a una amiga que está en apuros. Gracias por venir". Y se largó con viento fresco en su moto de pacotilla. Yo tuve el descaro de decirme en alto "qué sinvergüenza".


Al rato llegó él de nuevo, peinado para atrás, con la barba recortada y oliendo a jabón de Marsella, con otro atuendo más atinado. Abrió los brazos, nos besamos y me preguntó qué hacía allí. "No sabes bien, he quedado con un antiguo compi de instituto, uno que vino de intercambio. Desmejorado a tope, no callaba, y ahora le ha dado por ser pastor..." Comenzamos a recordar los tiempos del instituto y me llevó a un parque muy bonito y me contó que iba a clases de claqué. Trató de hacerme un pasito allí mismo, y al repiquetear los pies contra el suelo, se hizo un lío y se cayó de bruces. Tuve que levantarle con ayuda de dos mujeres de Cáritas que estaban con la hucha. Aquello fue demasiado y no me quedó otra que ponerle otro mensaje de socorro. Él lo miró a escondidas y se largó de nuevo para volver vestido de escalador, con bigote. Le conté todo lo ocurrido y me llevó al monte, donde me enseñó a hacer los nudos de escalada más importantes y cómo ponerme los pies de gato. A la media hora me dolía la cabeza con tanta teoría e hice de nuevo la jugada. Y otra. Y otra más. Él apareció vestido de hombre de negocios, en otra ocasión me presentó a su abuela, y en otra se plantó allí con un autocar lleno de jubilados. Consiguió aburrirme todas las veces y al final tuve que llamar al panadero de debajo de casa y decirle que me sacara de Almagro y de la provincia de Ciudad Real. Aquella cita circular me afectó seriamente porque el Stu de mis sueños era claramente el de mis sueños, y aquel Stu y todas sus versiones, no. Y el panadero, aunque se lo curró aquel día, tampoco. 

Stu, en su última versión,
como conductor de autocares Julià