El mes pasado me enteré de que, en esto de la escritura, existen los concursos. Concursos literarios a los que cualquiera puede presentarse, y el premio puede ser desde un vale descuento de Fairy hasta crema andina para el vello corporal o, incluso, dinero. Tina, la de la tintorería, me lo dijo claramente: "hay un concurso de poesía donde te dan un viaje a Mirroque de Mar con todos los gastos pagados en temporada baja". Aquello tenía que ser el destino. Literatura y Mirroque de Mar de nuevo reunidos en mi vida, era claramente una señal. "El que lo sabe es el portero del 58" dijo, y fui a enterarme.
Alfredo es el portero del 58 y el tío da pereza, porque tiene un ojo pipa y el que tiene bueno lo dirige siempre al mismo lugar en las mujeres, una vecina de su edificio incluso le empujó en una ocasión por las escaleras por guarro, pero luego se lo perdonan todo. Al preguntarle, sin dejar de apuntar con un ojo al balcón de arriba y con otro donde os digo, me contestó: "La comunidad de vecinos organiza el concurso. Escribes un poema, haces 25 copias tamaño A5, las encuadernas en espiral que no canutillo, cuerpo de letra 11 en fuente sin serifa, y me lo haces llegar por correo certificado bajo seudónimo con plica y ante notario, sin remite ninguno". "¿Es en serio?" "Muy en serio", me aseguró.
Yo tenía que ganar aquel premio, ni siquiera había trascendido más allá de la manzana donde vivo, ¿qué otro vecino podría ganar? Yo tenía que ser la única escritora decente, porque no podía imaginarme a ningún otro de la zona escribiendo con la pasión con que yo ando haciéndolo últimamente. Fui a casa y puse patas arriba el salón, todos los poemas escritos a mano en diferentes soportes (papel higiénico, contraportada de libro de sudokus, tickets de compra aprovechados por detrás, servilletas de bares... ) los colgué por las paredes o por el suelo
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En el acto de escoger poemas,
junto a la impresora láser de alta definición |
tirados, comparando unos con otros, sopesando, cavilando, descartando... me sentía como Rimbaud a tope de absenta, o como Paris Hilton teniendo que decidirse entre miles de zapatos esparcidos por su vestidor. Al final, tuve que escoger entre "Calla, calla, calla", "Hipster de turno", y "Gases extremadamente tóxicos, ¡Babúm!", y consultando con varios amigos por teléfono, me quedé con "Hipster de turno". Cuando creí que ya estaba casi todo hecho, llegó la segunda parte: ¿veinticinco copias? Portada y poema, o sea, cincuenta páginas impresas para un concurso de un poema de nueve líneas. Tuve que comprar tóner y cuartillas de A5, y a imprimir. ¿Alguien pensó que imprimir en A5 es fácil? Nooooooo. Entonces, otra sorpresita: encuadernar en espiral dos páginas, ¡veinticinco veces! Pago a tocateja en la papelería de enfrente. Dos euros por encuadernación, la encuadernación más ridícula que jamás hayas visto. Eso sumaban 50 euros más otros 40 del toner y los folios. Entonces vino el episodio de la plica y el pseudónimo, Dios mío, llevaba ya cuatro días preparando aquel poema para ese concurso de mierda, pero el premio sería mío, yo lo sabía. Al fin metí todo en un paquete y pagué algo más de quince euros por ir hasta la oficina de correos más cercana, a ocho manzanas, y enviar el manuscrito multiplicado certificado y con acuse de recibo al portal de al lado, entonces, recordé lo del p*** notario. Me flaqueaban las fuerzas y estaba a punto de tirar la toalla, cuando el propio empleado de correos me informó de que tienen servicio de notario allí mismo en Correos, y que por 70 euros me ponían también la apostilla de La Haya. Así que cedí, arruinada y esperanzada al mismo tiempo, era como comer cerdo agridulce, por la mezcla de sensaciones y eso.
Si pensáis que terminaría la historia hoy, no lo he hecho. La emocionante entrega de premios en la sala de juntas de la Comunidad de vecinos, la intervención de Harold (Haroldo Amat), el famoso escritor, y todo lo demás, os lo cuento mañana, que va para largo. Por supuesto, Hipster de Turno podrá leerse también en el próximo post.