"Espinete, ¿te vienes a la panadería de Chema?"
Don Pimpón, 1985


8/11/2026

LA FIESTA MONTAÑESA DE EVELYNE WILSON

El lunes por la mañana recibí un misterioso mensaje de texto anónimo que decía:

MINA PATUCO, ESTÁS INVITADA A LA FIESTA MONTAÑESA DE EVELYNE WILSON. NO PUEDES FALTAR. TRAE MAROMOS.

Y a continuación, la dirección de la fiesta en un pueblo llamado Tranca de Petanca en la provincia de Segovia.

Qué intriga, qué pereza, qué abrumador, qué apasionante, pensé, sin descartar que pudiera ser un asesino en serie. Por eso llamé sin pensarlo a mi amigo Frederick y le hice jurar que me acompañaría sin rechistar. Fred es el amigo más alto, friki y fuerte que conozco y además está como un queso, por qué no aprovecharme de la situación, aunque sea altamente maniático y me estuviera pidiendo datos sobre el evento todos los días de toda la semana, pese a jurarle que no los tenía y que solo se trataba de una misteriosa fiesta en la montaña, de alguien que no conocíamos, ¿qué más necesitaba saber?

Pasó a buscarme en su buga impoluto vestido como el Duque de Alba y oliendo a Old Spice brisa marina. “Wow chico, no tengo datos de la fiesta, pero sabemos que es en la montaña y que no es una montería”. “Ah, ¿sí? Los maniáticos somos también previsores” contestó pulsando un botón oculto en el maletero que abría un compartimento de madera de haya con varias prendas almidonadas. “La camiseta de Sugus de Suchard siempre ayuda a hacer amigos” y, como Birly Birloque, pasó de ser Pocholo a convertirse en el Notas del Gran Lebowski.

Fred llegando a la fiesta montado
en otro de los inventos ocultos en su coche

Llegamos a Tranca de Petanca al atardecer y alguien a quien no esperaba ni en sueños salió a recibirnos: Pili Grossa. ¿A ti también te han convocado? Le pregunté inocentemente. Pili soltó una carcajada que hizo que su sujetador se desabrochara, ya que sus pechos cambiaron de situación de golpe. “Puedes llamarme Evelyne” guiñó un ojo y entendí todo de pronto. Pili y los viejos acertijos que conducen a fiestas clandestinas…

Se aproximaron unas ocho personas a ritmo de reggae y vestidas de negro para disgusto de Fred, pues yo también iba de negro y él con una camiseta de un sugus de piña gigante sobre fondo rosa fosforito. Sin embargo, los simpáticos asistentes nos agasajaron con mojitos y agua de Valencia y nos diluimos en su jarana en pocos segundos. Ellos eran mi prima Jarcha, que había llegado en autostop recogida por Kimonos, otro invitado de Pili de origen griego al que acababa de abandonar su mujer; Kimberty y Tato, una divertida pareja de australiana y getafense afincados en Valdemoro; un georgiano servicial que nos rellenaba el bebercio sin pedírselo y su mujer Savana, que ya se encontraba durmiendo la mona; un japonés bailador de jotas y su mujer, llamada Estrella.

La fiesta era autentica alegría. Algunos lugareños trataban de colarse por las ventanas sin éxito, el amigo servicial nos rellenaba las copas y el resto no podíamos para de bailar y canturrear viejos temas del pasado. En un momento dado, Kimberly extrajo un pan redondo del horno y comenzó a pasarlo en volandas de uno a otro como si fuese un disco ardiente a ritmo de twist hasta que, sin querer, Tato tiró mal y con todas sus fuerzas hacia la ventana donde un vecino mirón de más de 80 castañas nos espiaba, recibiendo un bestial panazo abrasador en la cara. Llamamos a la ambulancia del pueblo, que era un carrito con un burro que lo acercó a un hospital de campaña para veraneantes que montaban todos los veranos en la plaza de toros.

Aquello nos provocó bajón y decidimos jugar a beso, atrevimiento, verdad. Evelyne confesó que era Pili Grossa. A Jarcha le tocó morrear al japonés delante de la novia, que le arreó un bolsazo y luego la pidió perdón. Tato se atrevió a hacer el pino en bolas. Kimonos confesó que trabajaba como profe de filosofía en la uni desde que veinte años atrás se colara en una clase haciéndose pasar por profesor, cuando ni siquiera había terminado la scuola secondaria. Kimberly confesó que a veces robaba vestidos caros en la sección de la tercera edad de El Corte Chino, y siguieron las perlas hasta que todos se durmieron como perros apaleados, excepto Pili o Eevelyne, Kimonos, Fred y yo. Entonces, Evelyne puso una mueca picaresca y sacó su mítico gong nepalí. “Pero Pili, que están ya todos durmiendo” le dije. “Son las siete, y de todos modos, puse dormidina en todas las bebidas, incluidas las nuestras, para que cuando caigamos dormidos no tengamos que aguantar las excentricidades del resto” respondió, haciendo un guiño y chascando la lengua como si se le hubiese pegado un tofe al paladar. Fred me envió un mensaje, pese a tenerle a mi lado, que decía “tengo miedo de lo que una mujer tan impresionante pueda hacer con un gong. PD: estas guapa incluso sin dormir”. A parte de sonrojarme, le expliqué en otro mensaje que Pili utilizaba el gong para convocar espíritus y pedir respuestas al más allá. Que un golpe de gong era un sí, y dos, no. Y que, aunque era ella quien daba al gong, lo hacía manejada por la fuerza del espíritu de turno. Vi en la cara de Fred que aquella sencilla explicación no le reconfortaba. 

Pili Grossa poseída por el espíritu
de Richard Channing, dándole al gong
Pili convocó a los espíritus y vimos como daba pequeños saltitos asegurando que había sido el espíritu de Richard Channing, uno de los personajes de Falcon Crest. Luego dijo “estás aquiiiiiiiii” y se tiró al suelo. Nos quedamos en silencio hasta que tomó un cucharón de madera y nos instó a hacerle preguntas. A punto de hacerle la primera, Kimonos se nos adelantó y comenzó a preguntar por su mujer o nueva exesposa. “¿Me sigue queriendo?” Dos golpes “¿Tengo posibilidades de volver con ella?” Dos golpes “¿Me sigue queriendo?” Dos golpes. “¿Alguna vez me quiso?” Dos golpes. “¿Al principio al menos me quería?” Dos golpes. Kimonos hacía pucheros a cada respuesta mientras Pili aseguraba que una fuerza superior de la familia Channing manejaba el músculo de su brazo curtido en aquagym. Pero ahí seguía el griego, hasta que Pili se hartó muchísimo, le dio dos toquecitos de gong en su propia cabeza griega, y le dijo que el espíritu de Richard Channing le estaba diciendo al oído que no se admitían más preguntas sobre su exmujer y que se olvidase de ella, que probablemente ya estaba con otro. Todos estábamos agotados, pero Fred me dijo si le acompañaba a la churrería, solo por combatir a la dormidina, porque es bastante competitivo, y así lo hice. Me confesó que lo había pasado mejor que nunca en su vida aunque desde un punto de vista científico todo aquello del gong, las energías y los espíritus, incluso lo de beso , atrevimiento, verdad, era del todo imposible. Yo me reí con la boca llena de chocolate y una porra a medio masticar. Definitivamente no se enteraba de nada, pero estaba como un queso.

3/08/2026

LA ACERTADA VISITA DE LA SENHORA REGINA PALMER DOS SANTOS

Cuando comienza el buen tiempo, Benito Camelas suele invitarme a su cabaña prefabricada en Fresnadillo de Atapuerca, en la provincia de Turlington Hills. Inauguramos los primeros calores con un bloody Mary de Ahorramás y nos tumbamos en las hamacas de punto de cruz que le teje su madre y que cuelgan de árbol a árbol. 
 Este año, sin embargo, la tranquilidad se disolvió como un Alkaseltzer cuando alguien aporreó la verja del jardín, que para colmo ya estaba abierta. "Es la senhora Palmer dos Santos, de nombre Regina" exclamó Ben, y antes de que yo pudiera preguntar a qué venía esa pronunciación excesivamente portuguesa, una mujer centenaria pero fuerte como un roble y coja como un balancín se encontraba ante nosotros, armada con unos mom jeans del 82, guantes de jardinería y corte de pelo como un marine. "Benito, filho" dijo en portuñol "¿Me jecuejdas?" y Benny no pudo disimular: claro que la recordaba. "Eu te podo o árbol y tu pagash a mí sien eurosh". Comprobé que Benny es bastante flojo con las viejas o tal vez muy buena persona, porque aceptó. Entonces, Regina Palmer dos Santos Ribeiro se metió en el cobertizo como Pedro por su casa y sacó la escalera de cinco metros y la cargó, rechazando nuestra ayuda, con su cadera dislocada, cojeando, hasta el árbol a podar, y se las ingenió para subir el descompensado cuerpo hasta arriba y ponerse a talar con un hacha de mano. 

Ben y yo comiendo palomitas mientras observábamos
a la Senhora Palmer dos Santos hacer malabarismos en lo
alto de la escalera
Solo dos minutos más tarde paró de lleno y sacó una cerveza que aparentemente debió estar en el bolsillo de su pantaca Lois, bebió media lata y con la otra mano sacó el móvil. Ben y yo observábamos tumbados en las hamacas de Woodstock 69, "como se caiga", "no lo hará", "¿cómo lo sabes?", "siempre es así", "¿la conoces?", "viene cada año. Necesita la pasta", "¿cuántos años tiene?", "ciento veinte mínimo", "¿por qué es coja?", "Se cayó de una escalera podando un árbol". Me llevé las manos a las rodajas de pepino que me había puesto en la cara. "Pero, ¿no la ves con la cerveza y el móvil? Se va a caer" "No le gusta trabajar" "Pero, ¿qué demonios está haciendo con el aparato?". Entonces, Benny recibió un mensaje, miró el móvil, soltó una risa contenida y me mostró: "Benito, soy Regina, asércate a falar con mego que me aburro". Antes de dar mi opinión, Ben se había colocado de un salto junto a la escalera y estaba "falando" con su podadora sobre el partido del atleti del domingo pasado. Ella hablaba lenta y tranquilamente, bebía sorbos de cerveza, aún manejaba el móvil con la otra mano y el hacha había quedado anclada en una de las ramas del árbol. 

La Senhora Regina Palmer dos Santos Ribeiro recién 
rescatada de lo alto de la escalera

En cierto momento Ben le dijo que bajara a tumbarse en su hamaca, porque no podía dejar que una mujer de su edad estuviese haciendo ciertos trabajos. Entonces él cogió el hacha y cortó todas las ramas sobrantes y algunas más con su musculosa anatomía de deshollinador. Observé a aquella anciana contrahecha que sin duda había desempeñado de forma real aquel duro trabajo durante muchos años y pensé en la suerte que tenía de tener a Ben entre sus clientes. "Mi melhor cliente" me dijo rematando la segunda cerveza. Eso pensé yo. La suerte que tenía la muy pájara y la que tenía yo, tumbada en aquella hamaca que la madre de Ben había tejido para todos nosotros. Sin embargo, cuando aquel amasijo de músculos terminó la faena, se acercó sudoroso a nosotras, nos miró casi por igual, y sentenció: "no puedo tener más suerte".

1/14/2026

La última performance de Pili Grossa

Hace unas semanas mi prima Pili Grossa compró una camisa hipster en una tienda de segunda mano y primera calidad en Almagro, Ciudad Real. El hombre de la tienda le aseguró que había pertenecido a su abuelo, y de ahí la etiqueta vintage. La convenció, y el primer día que se la puso observó que la gente la rehuía. Descubrimos que los sobacos de la camisa olían a rayo cósmico, más bien a sobaco de hace setenta años. La lavó con Norit, Ariel, Ecogel, Kalia, lejía y gasolina, pero el olor era más resistente que Putin, y decidió cortar ambas áreas sobaquiles en redondo. La camisa era lo más y se negaba a renunciar a ella. Y menos cuando había pagado 120 euros por la pieza. 

Pili Grossa con su camisa
demodé, marcando tendencia
Quedaron dos agujeros enormes que dejaban sus delicadas axilas al aire y le daban una libertad desconocida hasta entonces. Como está de moda el matojo, optó por dejar de depilarse aprovechando el espacio bajo el ala y aquellas matas sobresaliendo al ritmo al que se movían sus brazos comenzaron a crear tendencia y ahora tienen más que protagonismo en la noche de Malasaña y Lavapiés. Camisas recortadas con cabelleras sobresaliendo por todas partes. La gente no sabe de dónde ha salido la idea, algunos se la atribuyen, cuentan historias en redes... pero la realidad os la acabo de contar. Pili Grossa siempre marca tendencia.

9/17/2024

Mentiras arriesgadas o el retorno al pueblo de Pili Grossa

Ayer, mientras nos hacíamos la pedicura mutuamente, mi prima Pili Grossa filosofaba sobre el peligro de las mentiras, aun cuando son bienintencionadas. "Sin ir más lejos", me decía, "un vendedor de artilugios de cocina a domicilio con el que había flirteado me llamó después de ocho meses de venderme un cortacanapés eléctrico, y me ofreció una cita de 4 de la tarde a 10 de la noche."
Pili ni siquiera recordaba su rostro "solo algunas pecas traviesas", me dijo, y el hecho de que andaba liada con un polémico crítico cultural le hizo pensarse si quedar con él o no. "Como seis horas me parecían too much, le dije que lo ajustábamos a treinta minutens porque estaba viviendo ahora con mi tía Reme, la del pueblo. En el propio pueblo. Aunque tú y yo sabemos que nunca he salido de esta ciudad". Le propuso quedar a tomar una horchata junto a la estación de autobuses (que Pili no había utilizado en la vida) para volverse luego al pueblo que no existía. A cuidar a la Reme. Que tampoco. 
La conversación en torno a estas trolas se desarrolló de la siguiente manera:

Pili y el vendedor de utensilios durante la conversación en torno
a las trolas, donde Pili se cambia de modelo y peluca varias veces
Vendedor: Te llevaré luego al pueblo.
Pili: No, si está lejísimos.
Vendedor: No tengo nada que hacer.
Pili: Yo sí. Acostar a mi tía.
Vendedor: La acostamos juntos.
Pili: Debo ir en bus.
Vendedor: Soy tu chófer.
Pili: (en el pensamiento: tú lo flipas) Debo usar el abono, que caduca.
Vendedor: Lo renovamos.
Pili: Una horchata y ya otro día, si eso.
Vendedor: Como veas.
Pili: Cristalino como el agua. Media horita.
Vendedor: Ya veremos...
Se encontraron en la horchatería. El tipo casi se cae de culo al ver su bronceado y Pili se llevó una grata sorpresa. Era fornido y decía disparates sin parar, justamente su tipo. Hicieron gárgaras y se metieron pajitas por las narices al estilo gilipollas, practicaron el moonwalker recordando la infancia y hasta hicieron el "ay que sí, que no, que síiiiii" al ir a darle el dinero al camarero por las horchatas.
Por principios y más bien por ocultar su trola inicial, Pili se despidió fastidiosa para irse al bus. Él insistió con lo de llevarla al pueblo, pero ella, que no. (¡A dónde iba a llevarla!) "Pues te acompaño al autobús". Pili dudó si confesar que no había ni pueblo ni tía, pero su orgullo la hizo continuar hacia la plataforma cuatro, por decantarse por una. 
Paco y Pili, despidiéndose de modo informal
en la Estación de Autobuses de Moncloa

El cielete vendedor no se le despegaba "¿Es ese?", la preguntó, y ella asintió sin más. VILLAMANRIQUE DE TAJO. "Ese es, tú vete, que ya me subo yo". "Quiero decirte adiós y verte ir. Es romántico". Tenía una sonrisa encantadora, por algo le compró el cortacanapés en su día, que era un churro. 
Pili quería volver a verle, así que  siguió con el teatro por no quedar mal y tuvo que subirse al bus hacia Villamanrique, pagar cinco con diez, y ponerse en la ventana para que Paco la viese bien. 
El bus arrancó y ella mantenía una sonrisa de Gioconda que encerraba tacos muy fuertes y preguntas como "¿qué cojones hago aquí? o ¿Seré gilip...?"

5/24/2024

El galán de noche

 Hace pocos días Darío Pinneaple hizo una reseña apoteósica sobre una película titulada El galán de noche que me dejó entre hacerme acordeonista callejera o ver la peli chutada de calmantes y escondida detrás del sofá. Le telefoneé de inmediato, y estas son las frescas que intercambiamos:

-Darío, soy Mina.

-¿De lápiz?

-Siempre haces la misma gracia.

-Hola, mamuasel.

-He visto tu reseña.

-¿Por la calle? ¿La saludaste?

Silencio de mi parte, risitas comprimidas por parte de Darío.

-Me dejas de piedra. ¿Es tan chunga?

-Yo no he dicho eso. He dicho que deseaba que acabase desde el minuto 28, lo cual es en realidad lo mejor que podría ofrecer una película, hacía siglos que ninguna peli me producía emoción alguna.

-Ya... pero la emoción no era buena.

-Es la mejor película del mundo precisamente por eso, al menos sentí algo. Es diferente a todas. Me tenía absorbido y aterrado, me produjo picor en la nariz y en el bajo vientre.

-No sé cómo interpretar eso. No la veo, que paso miedo. 

-No es de miedo, solo desconcierto y sensación de carraspera. 

-Que no me la veo.

-Es más bien una peli angustiosa con poderes hipnóticos, te replanteas tu vida y la del vecino del quinto en cuanto acaba.

-Darío, basta. Quiero ir a ver la peli de los Planetas, si eso.

-Ni muerto me metes a esa. Yo recomiendo ver El galán de noche. Es lo mejor que he visto en el cine.

-¡Pero si la has visto en tu casa!

-Mejor me lo pones. El hecho de no tener galán de noche y contrastar mi casa con la de la peli, ese vacío junto a mi cama, llega a provocarme alucinaciones y me pregunto cómo he sobrevivido hasta ahora sin tener un lugar donde exponer mi ropa, usada o elegida para el día siguiente. Además, desde que la he visto, metabolizo mejor los guisantes. 

-Mira, tío, no me gustan los galanes de noche, mi abuelo tenía uno y una vez lo metió en la cama con mi abuela para que pensase que seguía ahí mientras visitaba a la del tercero...

-Se han tratado temas parecidos, pero nunca el suceso inhóspito de El galán de noche. Es una cinta con la que llegas a sentir lo que podría pasarte sin que te pase nunca nada. Es que no te puedo contar más, que te desvelo la cosa en sí, que es lo más eso que nunca tal.

-Creo que voy a escribir sobre esto, Darío, empiezas a darme miedo. 

-Si eres honesta contigo misma, deberías ver la peli primero. Y por supuesto, te prohíbo que me cites en tu escrito. Si quieres una cita, eso es otra cosa. Podemos quedar para ver la peli. Solo tienes que verla, aunque no quiero estar relacionado si te causa un trauma de por vida, Eres tan maja, que sería una pena...

-Pero, ¿cómo puedes ser tan plasta?

-¡Pero si me has preguntado tú! No voy diciéndole a todo el mundo que es un filme agónico inexplicable, mucho menos que la vean si no están preparados. Hay casos de gente que ha muerto viendo un filme.

-Claro, Boris Vian, sin ir más lejos. Hicieron una peli sobre su libro Escupiré sobre vuestras tumbas sin tener en cuenta su parecer, y el pobre la cascó viendo proyectada aquella bazofia. ¡Y yo nunca veré El galán de noche, Pineapple, me niego absolutamente!

Darío Pinneaple esperando junto al Kebap,
haciendo alarde del título de su nuevo filme favorito
-Nadie debería cerrarse a sentir, y eso es lo que haces, Mina, cerrarte a abrir esa puerta que te ofrece El galán de noche y ver qué pasa. Puede que todo siga igual, puede que te conviertas en una ortiga, que te salgan pezuñas, o que no puedas volver a pegar ojo hasta los sesenta y tres. Ahí está la gracia

-Lo más parecido a un galán de noche que conozco eres tú, Darío, ya tengo bastante con eso. Creo que te debo una pizza o un kebap. Déjate de rollos.

Quedamos en la pizzería-kebap de la esquina y lo único que pudo frenar la incontinencia verbal de aquel auténtico galán de noche fue un atragantamiento y el rapapolvo de la trabajadora del SAMUR, que le recomendó no hablar al comer, ni siquiera sobre aquella película de culto que también ella conocía.



3/22/2024

Cartelera cultural: El largo viaje a Bordó

Título: El largo viaje a Bordó
Género: Histeria
Duración: el largo viaje
Director: Jesús Calleja
Idioma: español con subtítulos cuando habla gente local
Reparto: El mismo elenco que en La Casa de Papel
Banda sonora: Day tripper
Productora: S-ALSA

Rhonda y Klaus se conocen en la performance de un famoso performer y terminan performando juntos en una cama de 1'90. El encuentro los sume en una nebulosa de enamoramiento y se lanzan a ir de viaje a Burdeos en el puente de la Almudena. Sin embargo, Klaus pone una difícil condición: pronunciar Bordeaux como los franceses, es decir, "Bordó". Este duro reto no lo consiguen hasta el puente de mayo, porque Rhonda tiene dificultades con los idiomas y Klaus tiene frenillo en la lengua. 

El 1 de mayo a las 7 de la mañana cogen un autobús a Donosti que llega a su destino a las 8 de la tarde, después de parar en todas las gasolineras, pueblos y capitales de provincia del país. Rhonda está desfallecida pero Klaus la anima diciendo que quedan solo tres horas de camino y que a las 11 de la noche estarán performando en su apartahotel de Bordó. 

Rhonda y Klaus, en el primer área de servicio
a 1 km de San Sebastián, ignorantes de lo que se
les venía encima

La ilusión se desvanece cuando suben al nuevo autocar y descubren pegatinas del mundial 82 aún pegadas en las ventanas, asientos rajados de hace cien años, y olor máximo a humanidad. La carraca parte de la estación de autobuses y kilómetro y medio más allá se detiene a repostar en un área de servicio. "ARRETE" dice el conductor tan contento, indicando que se bajen todos a cenar. Los pasajeros bajan sin dar crédito y abren las tarteras a regañadientes. Dos hipsters pamplonicas se acercan a los protagonistas para felicitarles por su atractivo y confiesan que se apearán en Bayona. Klaus se  burla preguntándoles por qué no han ido directamente desde Pamplona, y ellos tienen que confesar que haciendo aquel cambio en Donosti ahorraban 7 euros. Rhonda pellizca a Klaus en la nariz por su arrogancia y su relación peligra durante unos minutos de película, hasta que vuelven al autobús y se reconcilian, acurrucándose entre niños que berrean y abuelas que reparten cuscús. 

Al rato, el autobús hace parada en un pueblo vascofrancés, Rillete de Goritzia, donde queda atascado en una callejuela del casco urbano. Varios tipos con chapela francesa salen a reconducir el vehículo, desmontando a pelo, para ello, parte de la carcasa delantera de 1986, que se queda de recuerdo en el pueblo. Tan campante, el bus destartalado parte de nuevo, para llegar a las dos de la madrugada a Bayona. Varias personas aplauden y los navarros bajan desesperados y besan el suelo, como el Papa. Klaus aún es capaz de soltarles alguna mofa por torpes y uno de los hipsters se venga, gritándole "hemos dicho antes que erais atractivos, pero la verdad es que solo lo es ella". Klaus se queda descompuesto y deja que Rhonda le consuele prometiéndole performances novedosas a su llegada a Bordó.

Rhonda y Klaus, aterrorizados en el
autobús del infierno,  pintados con acuarela
por el pasajero de delante
Cuando parece que ya solo queda ponerle música a un final redondo, el conductor del bus es incapaz de salir de Bayona, y vaga por sus calles tratando de encontrar la salida, generándose una nueva escena terrorífica: tira por un sendero que se estrecha y el bus vuelve a quedar atrapado en mitad de un enorme y frondoso bosque francés. Una mujer libanesa llama a sus papás para despedirse, dos hombres tratan de cargarse al conductor, los bebés -hay varios- vomitan al mismo tiempo. Rhonda y Klaus solo le dan al amor. Varias pasajeras vascuences bajan a resolver el tema, y acaban desmontando la carcasa trasera, lo que les da una nueva oportunidad de salir de allí. 

La escena final es la de un autobús con el aspecto de un amasijo de hierros llegando a Bordó a las siete de la mañana, lleno de gente deshidratada y en pánico. En los créditos finales, escenas de los navarros enrollándose en los parques de Bayona, Rhonda y Klaus teniendo un accidente de bicicletas de alquiler y performando incansablemente, la chica libanesa discutiendo con su anciano padre, el conductor siendo llevado con camisa de fuerza por las autoridades, y los protagonistas de nuevo volviendo, esta vez en avión, a la capital.

Tierna, aterradora, cansina, deshidratante y malolinete, esta película de género fluido podría quitarle la vida a cualquier enfermo del corazón.

3/09/2024

La cita circular con Stuart Wilson, el queso irlandés

Stuart, el queso irlandés, en COU
 Hace unas semanas contacté con Stuart Wilson. Mi prima Pili Grossa me dijo que había vuelto al país para dedicarse a criar ovejas y que estaba viviendo en Almagro, Ciudad Real. Stuart se puso contentísimo con mi llamada y me pidió que fuera a pasar el día al campo con él porque no podía dejar solas a sus ovejas. Claramente aquello era una cita porque, desde que vino a estudiar COU de intercambio hace veinte años, siempre nos habíamos gustado.

Me acicalé como nunca, recordando que le llamábamos "el queso irlandés" porque era apuesto y pelirrojo, aunque ambos adjetivos en principio sean opuestos, y me subí al tren de la mañana. El AVE iba lleno de gente dando palmas y armando barullo pero, al bajar en Ciudad Real, no había un alma ni una voz. Solo un tipo barbudo y cascado en un banco, con una enorme sudadera y pantalón de pana que no pegaban ni con cola. Al verme, dio un salto hasta mí. "¡Mina, Mina, Mina!" Pues parecía que era él, y me achuchó con desesperación. Me montó en una vieja vespino para irnos a sus tierras en Almagro, sin cascos ni nada, y, mientras me mantenía abrazada a él, busqué como loca en su cabellera castaña y canosa algún resquicio de pelo rojo, o alguna peca en su piel madura. Ni rastro. Solo su naricilla respingona me daba la pista de que era Stuart Wilson, el queso irlandés. 

Stuart en 2024, en la estación
de Ciudad Real

Después de una hora de paseo con sus ovejitas, que a penas nos permitían avanzar porque Stu les daba "chuches para perros" a cada paso, y ellas se lo sabían, nos fuimos a tomar algo a la plaza del pueblo. Mientras me contaba teorías sobre engordar a las merinas para sacar más lana, yo seguía buscando al viejo joven Stu entre la barba y el atuendo, y me daba cuenta de que oírle hablar me daba dolor de cabeza. Me agobié pensando que no tenía escapatoria y, sin saber cómo, me puse el móvil en el regazo y le envié este mensaje: 

ESTOY CON UNA CITA EN TU PUEBLO. RESCÁTAME. 

Al segundo se oyó un pitidito en su móvil y paró el monólogo, girándose para mirar disimuladamente y leer el mensaje que yo acababa de mandarle. "Me vas a perdonar, Mina, pero tengo que ir a socorrer a una amiga que está en apuros. Gracias por venir". Y se largó con viento fresco en su moto de pacotilla. Yo tuve el descaro de decirme en alto "qué sinvergüenza".


Al rato llegó él de nuevo, peinado para atrás, con la barba recortada y oliendo a jabón de Marsella, con otro atuendo más atinado. Abrió los brazos, nos besamos y me preguntó qué hacía allí. "No sabes bien, he quedado con un antiguo compi de instituto, uno que vino de intercambio. Desmejorado a tope, no callaba, y ahora le ha dado por ser pastor..." Comenzamos a recordar los tiempos del instituto y me llevó a un parque muy bonito y me contó que iba a clases de claqué. Trató de hacerme un pasito allí mismo, y al repiquetear los pies contra el suelo, se hizo un lío y se cayó de bruces. Tuve que levantarle con ayuda de dos mujeres de Cáritas que estaban con la hucha. Aquello fue demasiado y no me quedó otra que ponerle otro mensaje de socorro. Él lo miró a escondidas y se largó de nuevo para volver vestido de escalador, con bigote. Le conté todo lo ocurrido y me llevó al monte, donde me enseñó a hacer los nudos de escalada más importantes y cómo ponerme los pies de gato. A la media hora me dolía la cabeza con tanta teoría e hice de nuevo la jugada. Y otra. Y otra más. Él apareció vestido de hombre de negocios, en otra ocasión me presentó a su abuela, y en otra se plantó allí con un autocar lleno de jubilados. Consiguió aburrirme todas las veces y al final tuve que llamar al panadero de debajo de casa y decirle que me sacara de Almagro y de la provincia de Ciudad Real. Aquella cita circular me afectó seriamente porque el Stu de mis sueños era claramente el de mis sueños, y aquel Stu y todas sus versiones, no. Y el panadero, aunque se lo curró aquel día, tampoco. 

Stu, en su última versión,
como conductor de autocares Julià