Todo estuvo muy parado
durante el confinamiento, y una de las cosas que más eché de menos fue espiar a
mi vecino psiquiatra y a sus peculiares pacientes (véase uno de los posts sobre este tema aquí). Sin embargo, en medio de tanto silencio, una mañana oí barullo al
otro lado de la pared y, al asomarme por el hueco de siempre, pude espiar, para
mi sorpresa, a un mujer muy pequeña que se había saltado el confinamiento
porque no podía más. A continuación, su calvario, su conversación con mi
vecino, el psiquiatra estafador de mujeres, y su frase final, que me devolvió
la esperanza en el ser humano:
—No podía más sin venir a
verle.
—No se preocupe, para eso
estamos. Ajústese bien la mascarilla, quédese ahí, en ese rincón, los 120 euros encima de la mesita, y cuénteme mientras yo me zampo un café con
magdalenas. Comprenda que me ha pillado de sorpresa.
—Qué sabiduría,
alimentarse para estar al cien por cien…
—Eso siempre.
—Ay doctor, que mi marido
ya no viaja y hemos pasado más tiempo juntos que en toda nuestra vida.
—Alguna vez tenía que
ser.
—Qué razón tiene. Sin
embargo, el hombre es un pesado.
—Póngale a régimen.
—Lo está. Pero es a
parte. Pasa el tiempo libre hablándome de la política de Gorvachov.
—¡Pero si eso está
demodé! La Perestroika ha pasado a ser vintage. Claro que, hablar de Putin es
sinónimo de decir un taco cada vez que se le menciona… (risita de
autofelicitación a su locuacidad).
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El psiquiatra agachándose a recoger las migas de las magdalenas |
—¿Qué otros problemas
tienen? Comprenda que tengo cosas que hacer…
—Contar con él para
elegir serie, tener que cerrar la puerta del baño cuando ya se imagina,
escucharle canturrear la Macarena a todas horas, las tapas del champú abiertas…
—Mujer, lo de las tapas
es algo entrañable.
—Usted es muy sabio, pero
en este caso... Ah, ya comprendo, ¡jajaja!, ¡es una broma! El humor como
terapia, ¡es usted supremo!
—Aaaaammmmm
—¿Está usted pensando?
—No, señora, es que las
magdalenas son muy tiernas y, para que no se escapen, he de abrir la boca así:
¡Aaaaaaaam!
—Ay, doctor, si tan sólo
ese inútil comiese magdalenas como usted lo hace… el muy patán remueve el café
con tenedor.
—Parece sí, bastante
imbécil. Pero mírele el lado bueno: nunca le será infiel porque, ¿quién puede
aguantarle?
—Le diría que es usted un
genio de nuevo pero es que, en realidad, lo que quiero es que alguna tonta me
lo robe.
—Robe… Robe Lowe.
—Me voy doctor. Es usted
subnormal de veras.