El otro
día me reuní con mis antiguas compañeras de la clínica podológica y quedé
impresionada al ver que habían reducido de talla visiblemente. La sorpresa
continuó cuando, en lugar de charlar sobre los pies de la gente del barrio o
poner a parir a mi ex jefa, como solíamos hacer, no callaron en dos horas
hablando de su nuevo interés: EL DEPORTE.
Me
sentí desplazada y totalmente “out” porque intercambiaban información sobre
objetos y aplicaciones desconocidas para mí, como contar los kilómetros
recorridos, pasos dados, calorías quemadas al practicar sexo o rascarse la
nariz, saturación sanguínea... Hablaban de pistas de runners, spinning, paddle
nocturno, kickboxing, mayas viscoelásticas, bragas compresoras y sujetadores
especiales para deporte (por cierto que esto último ya ni lo necesitan, dado el
nuevo tamaño de sus cuerpos y pechos).
Angustiada
por las nuevas circunstancias, salí a la mañana siguiente a correr a las siete
de la mañana con la energía de un rinoceronte enfurecido (eso sí, en bambas
victoria, a falta de otro calzado más deportivo). A los pocos pasos noté que me
ahogaba, tenía flemas de medio litro y tosía sin parar como un anciano. El
corazón también me iba a mil, así que me senté en el banco de la esquina de
casa y, aún ahogada y sudorosa por aquel minuto de infierno, levanté la cabeza
y leí en el cartel de Cafetería Manoli:
HOY CHOCOLATE CON 5 CHURROS, PRECIO ESPECIAL.
![]() |
La oferta de Manoli incluía un vaso de agua. |
Llegué
a casa con sensación de irrealidad, probablemente el azúcar, la grasa, o las
dos cosas; y rendida de la carrera de cincuenta metros, así que me eché un par
de horas.
![]() |
Mina Patuco cayendo en efecto tirachinas de las cintas elásticas, en su casa. |