El domingo me llamó A.C., una vieja compañera de juergas pre-
universitarias, universitarias, postuniversitarias, y más allá de eso.
-Mina, querida, tienes que venir a casa y conocer a mis
churumbeles. Son de ricas… Estará China Town.
Como bien aparece en la novela de Gavilán Palomo (que podéis
solicitar gratuitamente en formato PDF pinchando aquí mismo), China es otra de
esas amigas con las que todo eran aventuras nocturnas, salidas con los tunos,
ponches con alcohol y persecución indiscriminada de tipos característicos (con
pelo largo, y/o buen cuerpo, y/o pendiente, o ya en cierto estado cualquiera
que se prestase).
La verdad es que trabajar cuidando a los dos niños robóticos
entre semana me produce una cierta alergia hacia los críos el resto del tiempo.
Aún no conocía a los críos de A.C, ni a los de China Town, pero al llegar allí
quedé muy impactada. Gritos, cantajuegos, olor a cacotas… Parecía mentira que fuesen
las mismas colgadas que en las fiestas de Serranejo de Parraolín se montaban en
el Dos Caballos del pescadero borracho y se dejaban llevar a casa azuzando al
hombrecillo con un látigo y asegurando que, puesto que eran “dos caballos”, irían
más rápido. Las mismas que participaban en los concursos nocturnos de “baile de
la Macarena sobre buey cabreado”. Las mismas que conocían los oficios y
profesiones más rudimentarios a base de haberse codeado con estos profesionales,
siempre mayores de 50 años, en un estado etílico importante. Las mismas que
bailaban a gatas el tractor amarillo en el pajar de Apolonio; las mismas que se
volvían locas por corear al grupo de rock folclórico “los Estrenos”…
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Pimpollín es el muñequito sin el que Nina, la hija pequeña de Ally, se niega a comer |
En fin, eran ellas quienes ahora iban de dulzainas con
cuatro criaturas muy monas, de menos de 90 cm cada una, hablando de lactancia
materna, partos y cesáreas, como si todo lo demás no hubiese ocurrido nunca. Me
plantaros a los críos encima varias veces, y hasta cambié pañales. Los maridos
se habían vuelto dulces como ellas, yo me puse a rezar para que alguna quisiese
retirarse para dar la toma de las 7 y dejáramos esa farsa… pero todos insistían
en continuar la velada. A las 8, después de los baños y los potitos, ocurrió el
milagro: los críos se durmieron.
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Momento en que Ally cantaba una canción de Rafaella Carrá en el salón |
A.C. (Ally Cornwell) se hizo una cola de caballo y sacó
comida basura y unas cervezas. Su marido, como adiestrado, hizo un calimocho de
Don Simón profesional y se quitó la camisa, dejando ver una camiseta de Extremo’97
que llevaba debajo. China Town se quitó las lentillas y se puso unas gafas
vintage y se pintó un lunar como el de Concha Velasco. Su marido la palmeó el
trasero y empezó a silbar estilo bakalao. La luz se atenuó y comenzó asonar “Laura
no está”, de Neck. Y de ahí a la perdición. Diversión, risas, bebida… Hasta que
uno de los críos se despertó a las 8,30. Entonces recogimos y nos fuimos a casa
sin pensarlo más.
No sé qué fue más surrealista de todo. Los críos. La
discoteca de media hora. O el lunar de China Town rodando por el ascensor a la
salida.